Estela llegó del Paraguay dejando atrás a seis hermanos y su madre, y sin saber que la viviendapor la que que había pagado en Asunción estaba en la Villa 31 de Retiro. Vicente, en cambio, logrósalir de un asentamiento siendo joven, pero volvió cuando no pudo pagar más un techo en el mercadoformal; mientras que Susana nació en una familia de clase media que fue cayéndose del sistema conlos continuos vaivenes de la economía, aunque de ser una “víctima” se transformó en unaluchadora por los derechos de los villeros.
Historias como éstas se repiten en las más de veinte villas de la Ciudad, en donde unas 150 milpersonas comparten vidas de privaciones e inseguridad, pero también de trabajo, esfuerzo yesperanza. Todo forma parte de una “identidad villera”, esa forma de ser de loshabitantes de las villas que cada vez atrae más a antropólogos y a investigadores sociales, quienescomenzaron a trazar los elementos básicos de la idiosincrasia de los barrios precarios.
María Cristina Cravino, de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), es una de lasespecialistas que más conoce del tema en la Argentina. Su reciente libro, Vivir en la villa, revelahistorias de personas como Estela, Vicente y Susana, y analiza en detalle cómo son, qué dicen queson y cómo viven los residentes en las villas. Para ello entrevistó en profundidad a 67 personas,narró la historia de vida de otras 12 e hizo 298 encuestas en tres villas de la ciudad.
Los resultados sorprenden y muestran que la falta de soluciones al problema habitacional hamodificado la “forma de ser” de los villeros. En los asentamientos, por ejemplo, dondetodo parece ser pobreza homogénea, ya es posible diferenciar dos clases sociales,“propietarios e inquilinos”; encontrar a niños que no salen de su casa durante días porlos brotes de violencia ligada al narcotráfico; o bien dar con prácticas de elecciones de“presidentes” de las villas.
Son todas novedades respecto a los primeros estudios realizados en los años 90, aunque dos cosasparecen primar. Una de ellas es que la situación de precariedad ha empeorado. El padre LuisFarinello daba cuenta de eso cuando decía que cuando llegó a las villas, hace más de cuarenta años,“era todo chamamé y cielo abierto”, lejos de las “drogas y miseria” deahora. Un habitante de la Villa 31 lo relata a su manera: “Antes sólo ponían unas chapas ycompraban un lote en la provincia para construir mientras envejecían en la villa. Ahora construyenaquí con materiales y buscan mejorar su condición”.
¿Pero qué es ser villero?, ¿existe una identidad común? “Identidad única y estática noexiste, se construye todo el tiempo teniendo en cuenta la relaciones que se establecen en el barrioy por la forma en que son vistos desde afuera; las villas son barrios que tienen una funciónresidencial y son también un espacio productivo”, explica Cravino, que tiene otros dos librosescritos sobre el tema.
Al menos donde fue realizado el estudio, en las villas 21-24 del barrio porteño de Barracas, la31 y 31 bis de Retiro y la 1-11-14 de Bajo Flores, perciben cómo, afuera, la villa es vista muchasveces como “gueto”, al primarse la condición étnica o la nacionalidad y al ser tratadoscomo “espacios relegados”. Ser villero aparece, en Vivir en la villa, como una“contradicción” y “contrasentido”, ya que si bien esos barrios precariosson símbolo de pobreza, quienes viven llegan para salir de esa circunstancia, muchas veces depaíses limítrofes o del interior.
Clases sociales. El arraigo de décadas dio lugar a un extraño fenómeno que es ladiferenciación, dentro de la villa, entre “ricos y pobres”, y que en los asentamientosse produce entre “propietarios e inquilinos”. La investigadora explica que “es unfenómeno nuevo”, ya que “antes era impensable el alquiler”. Los inquilinoshabitan las villas en una situación de “mayor fragilidad”, dice Cravino, porque puedenser expulsados en cualquier momento: su contrato de alquiler es mensual.
Entre quienes han nacido en la villa o viven desde hace varias décadas, los conceptos de“contrato”, “boleto de compra” o “escritura” han desaparecido.La investigadora dice a PERFIL que “todos en las villas saben que no son propietarios dellote pero sí de lo que construyeron”, o incluso de lo que han comprado. Un estudio recientede la Universidad de La Plata (UNLP) asegura que un 20 por ciento de los habitantes de todas lasvillas de la Ciudad y el Gran Buenos Aires pagan alquiler por la casilla en la que viven.
Delegados del Gobierno macrista que trabajan en las villas, consultados por PERFIL, opinaron quela “vivienda” es el “valor supremo dentro de las villas”, ya que determinano sólo la condición social, sino el acceso a subsidios: “Tener una casa, cualquiera sea, esla esperanza máxima de todas” las madres que allí viven y es el bien que da másprestigio.
Buenos y malos. Las historias recogidas por PERFIL de los residentes, de las ONGvinculadas al tema y de los llamados “curas villeros” muestran que los lazos familiaresy de solidaridad son más fuertes en las villas, incluso más que “en el mundo exterior”.El padre Guillermo Torre, uno de los encargados de las tres capillas que funcionan en la Villa 31 y31 bis de Retiro, consideró a PERFIL que “estos lazos son aún más importantes que elclientelismo o las políticas meramente asistenciales del Estado, porque son ayudas que sacan delpaso, pero también permiten ser a la gente promotor de su propio desarrollo”.
La cumbia villera y el fútbol, de acuerdo a los entrevistados, son dos condimentos esenciales dela idiosincrasia de quienes viven en los asentamientos, ya que forman parte de la esperanza detrascender que sobrevuela en las villas. Un deseo juvenil de ser reconocido fuera del asentamiento,que entre los adultos –en especial entre las mujeres– se plasma en el sueño de lavivienda propia.
Se enfrentan con la inseguridad y la droga, dos flagelos que afectan tanto fuera como dentro dela villa, y que han transformado la forma en la que viven. En las entrevistas de Cravino hablanmadres de hijos que sólo salen para ir a la escuela, si es que van; revelaciones que se mezclan conlas de las Madres del Paco, cuyos hijos fallecieron por esa causa. Para la autora de Vivir en lavilla, los delincuentes son rechazados por el común de los habitantes de las villas, quienes sontambién víctimas del delito.
Vida democrática. Entre los cambios más llamativos de las villas está la intensavida democrática de los villeros, plasmada en la elección de consejos de delgados –uno pormanzana– y hasta sistemas presidenciales en los asentamientos. “Hay experienciasfuertemente democráticas, entendiendo que existe una participación de los habitantes en lasdecisiones de las demandas barriales y hay otros que no tanto... muchos ganan experiencia ydemandan por el derecho a la ciudad”, explica Cravino.
Las elecciones de presidente de villa o delegados por manzana es regulada por Justicia y seguidade cerca por autoridades civiles; una de ellas es la ACIJ, cuya coordinadora de Redes de Trabajo enVillas Urbanas, Luciana Bercovich, explicó a PERFIL que “si bien las históricas Federación deVillas o el Movimiento Villero ya no tienen tanta llegada como décadas atrás, hay un procesocreciente a la reorganización”.
“La gente necesita resolver los problemas, y por eso hay más vínculos que en cualquierotro barrio; participan organizaciones políticas, sociales y la iglesia, pero se está formando unamanera autogestiva de organizar y reclamar sus derechos, algo que antes no se veía”, finalizóBercovich.




