El “búnker” en Mendoza impulsado por el multimillonario Martín Varsavsky y el actual embajador argentino en Estados Unidos, Alejandro Oxenford, mutó de secreto corporativo a dilema geopolítico global. La estancia de 32.000 hectáreas, en la precordillera de San Carlos, cobró centralidad tras una entrevista a Varsavsky del Financial Times que reveló el propósito del complejo: operar como seguro contra el apocalipsis para magnates de Silicon Valley ante la eventualidad de una Tercera Guerra Mundial.
Detrás de Campo Wamani SA, la firma que controla este latifundio en una zona de seguridad de frontera, se esconde una estructura pensada para la supervivencia autárquica frente a un hipotético conflicto atómico. Varsavsky controla un proyecto que contempla servidores de Inteligencia Artificial descentralizada, pista de aterrizaje privada y acceso exclusivo a cuatro manantiales puros, en sintonía con la doctrina de repliegue de Peter Thiel (ver recuadro). El nexo es directo: Varsavsky admitió ante el Financial Times un vínculo profesional con Thiel y haber debatido con él “las ventajas geográficas de la Argentina ante una conflagración global”, además de integrar delegaciones que acompañaron a Milei con la élite tecnológica de San Francisco.
Ante el revuelo internacional y los cuestionamientos locales por el acceso al agua en una provincia con emergencia hídrica, Varsavsky activó un control de daños en medios mendocinos: en horas, el discurso viró de refugio nuclear para la élite global a “un campo común y corriente para comer un asado”. Una doble narrativa que algunos leen como ocultamiento de poder político, soberanía y recursos estratégicos bajo un manto turístico.
La paradoja de Alec Oxenford. Su principal socio, el embajador argentino en Estados Unidos, quedó ante el artículo del Financial Times en el centro de una contradicción institucional: el cruce de sus funciones públicas con su actividad empresarial privada. Como máxima representación diplomática ante la Casa Blanca, Oxenford convalidó en Washington la firma, el 26 de junio, de la Pax Sílica, una opaca iniciativa para administrar el suministro global de minerales críticos para tecnologías avanzadas: un intento de la gestión Trump por controlar recursos clave para la IA y así “retrasar” el avance de China.
Este convenio ya forma parte de la agenda de PERFIL: el 24 de julio, la periodista Giselle Leclercq expuso el hermetismo del gobierno de Milei sobre el acuerdo, lo que motivó un pedido de informe presentado el 21 de julio por el diputado Maximiliano Ferraro, quien advirtió que no se conocen las obligaciones reales asumidas por el país.
Mientras el Congreso exige explicaciones por el secreto estatal, Wamani revela el reverso de la trama: en el ámbito privado, Oxenford es socio de una firma que proyecta instalar servidores de IA descentralizados en la precordillera mendocina, exactamente lo opuesto de lo que Pax Sílica apunta. Wamani busca garantizar la autonomía de agua, alimentos e informática de un selecto grupo de empresarios ante un conflicto atómico en el hemisferio norte. Paradójicamente, el embajador se protege previendo el colapso de la misma potencia ante la cual representa al Estado argentino.
Consultada por PERFIL sobre si el funcionario compartía las definiciones de Varsavsky en el Financial Times -que el mundo atraviesa “la Tercera Guerra Mundial” y que la estancia opera como seguro contra el apocalipsis-, la respuesta llegó off the record: su inversión “no tiene ninguna relación con consideraciones geopolíticas”, sería “minoritaria y pasiva”, sin participación del embajador en el management, liderado por Varsavsky, ni en el marketing del proyecto. El descargo lo desmarca de la campaña que promociona el predio como refugio de supervivencia en el Cono Sur.
El marketing de supervivencia. La aparición del proyecto en el Financial Times respondería a una meditada estrategia de captación de capitales: una preventa premium para expandir el pool de inversores y seducir a otros CEO de Silicon Valley. El negocio combina dos modalidades: inyectar millones de dólares para el desarrollo tecnológico autónomo, o comercializar estadías de lujo estimadas en 200 dólares la noche, vendiendo el activo más escaso del siglo: la inmunidad ante un potencial colapso mundial.
En el plano internacional, Varsavsky sostuvo en inglés que el mundo ya transita una tercera guerra mundial, con las líneas de batalla trazadas, y que tener un refugio resulta razonable.
Su plan contempla servidores locales con IA descentralizada, coordinados por su socio Matías Nisenson, para sostener una “sociedad compleja” en el Cono Sur cuando las redes del norte caigan. De hecho, escribe una novela donde la estancia se convierte en el último bastión de la civilización occidental posnuclear.
Sin embargo, cuando la prensa internacional impactó en Mendoza, el discurso mutó en estampa costumbrista: “Wamani es un campo como cualquier otro, no tiene ningún búnker... somos gente normal que nos gusta comer un asado y empanadas”. La doble estrategia expone el arbitraje de audiencias de la era digital: la supervivencia nuclear tracciona billeteras en San Francisco, mientras el asado calma a la sociedad mendocina.
La anatomía de Wamani. La noción de un búnker subterráneo de hormigón fue descartada por la propia geografía del predio, cuya superficie equivale a cinco veces la Ciudad de Buenos Aires. Según Varsavsky, la seguridad no radica en enterrarse bajo el suelo sino en la distancia física respecto de los objetivos militares del norte y la inmunidad natural del Cono Sur ante la radiación atómica: aislamiento geográfico, no ingeniería civil.
A esto se suma el control de recursos críticos: el predio cuenta con cuatro manantiales y acuíferos propios de máxima pureza, en una provincia con crisis hídrica estructural, lo que genera tensión con los sectores ambientales locales. Para evitar alarmas de extranjerización, el estatuto de Campo Wamani SA declaró como objeto actividades tradicionales como la vitivinicultura y la hotelería. La infraestructura se completa con domos geodésicos, paneles solares y una pista de aterrizaje privada de ripio, que permite la desconexión del transporte comercial y reduce al mínimo la fiscalización estatal.
La doctrina de Thiel y la Pax Sílica
Las 32.000 hectáreas mendocinas son la manifestación local de una estrategia de repliegue territorial promovida a escala global por Peter Thiel, cofundador de PayPal y cerebro de Palantir. La doctrina postula que la cúpula tecnológica debe valerse de su poder financiero para adquirir latifundios con recursos críticos –agua, tierra, energía– en el hemisferio sur, lejos de los focos de un eventual conflicto entre potencias del norte, y fundar allí enclaves de soberanía privada capaces de operar de manera autárquica, con antecedentes ya emblemáticos en Nueva Zelanda.
El nexo entre Varsavsky y Thiel es directo: el desarrollador de Wamani admitió ante el Financial Times mantener un vínculo profesional con él y haber debatido “las ventajas geográficas de la Argentina ante una conflagración global”. Varsavsky integró las delegaciones que acompañaron a Milei en sus reuniones con la élite tecnológica de San Francisco, un ecosistema donde Thiel ejerce como tutor doctrinario.
La coincidencia temporal no es menor: mientras Oxenford avala en Washington la Pax Sílica -el intento de la Casa Blanca por controlar el suministro global de minerales críticos frente a China-, su propio proyecto privado en Mendoza replica, a escala reducida, la misma lógica de acumulación estratégica de recursos que esa doctrina dice combatir.






