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El reino de las crisis

Cómo se piensa la economía argentina.

El reino de las crisis
Hoy 04:06

Hacia finales del siglo XIX, ya concluido el proceso de unificación nacional, la Argentina se encontraba entre los países que mostraban las más altas tasas de crecimiento económico. Ese período de crecimiento se extendió hasta mediados de los años 40, aunque con algunas interrupciones (la Primera Guerra Mundial, la crisis de 1929-1930). Por aquel entonces la Argentina, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda compartían la expectativa de un destino de desarrollo común que contrastaba marcadamente con lo mal que le iba a Europa, cuya preeminencia económica comenzaba a ser desafiada. El capital y el trabajo europeo (a través de una masiva inmigración) fluían hacia el nuevo mundo y la Argentina competía exitosamente ofreciendo las mismas oportunidades que sus pares.

¿Qué pudo haber pasado para que el destino de desarrollo de la Argentina haya quedado sepultado hace más de 80 años? ¿Por qué el crecimiento ha resultado una cuestión tan elusiva para la Argentina? ¿Cuáles son las causas del fracaso argentino?

Pero ¿de qué fracaso estamos hablando? No podemos hablar de fracaso solo porque hay pobreza en la Argentina. Porque en todos los países hay pobres. Pero tal vez sí podamos hablar de fracaso si vemos que la Argentina no solo no ha podido resolver el problema de la pobreza, sino que dicho problema también ha aumentado con el transcurso de los años (a diferencia de la mayoría de los países).

La percepción de cómo estamos o de cómo podríamos estar involucra una comparación. Las comparaciones con el propio pasado argentino y con el pasado y presente de otros países permitirán en las próximas páginas ir dando respuesta a algunos de los interrogantes anteriores.Y esas respuestas irán dando paso a otras preguntas, igualmente complejas. ¿Estamos condenados al fracaso y a las crisis? ¿Se puede recuperar el terreno perdido? ¿Es la globalización una amenaza o una oportunidad? ¿Campo o industria o campo e industria? ¿Cómo debemos enfrentar la encrucijada en la que nos encontramos?

Efectivamente, estamos frente a una encrucijada que nos paralizó durante años. Una gran mayoría de argentinos eligió aceptar (ya sea por comodidad o por temor al cambio) que la Argentina es el reino de las crisis, y que el fracaso no es tal, porque la otra Argentina no existe. Pero la irrupción de Javier Milei y su elección como presidente dan cuenta que una nueva mayoría de argentinos cree que esa otra Argentina existe y que puede ser nuevamente un lugar donde es posible soñar con el progreso individual y el bienestar general.

Establecer un nuevo orden de cosas no es sencillo e involucra riesgos e incertidumbres. Pero la Argentina de las crisis puede y debe darle paso a la del crecimiento sustentable. Los argentinos durante mucho tiempo nos hemos olvidado que el fin último de la política y de la política económica es el bienestar general. Nos hemos olvidado, o bien hemos puesto en un segundo plano, la cuestión del crecimiento económico. Sin embargo, las crisis recientes y la aceptación (dada la abrumadora evidencia empírica) de que nos hemos quedado en el túnel de la historia, han determinado que el objetivo del crecimiento vuelva a ser una prioridad.

Y para alcanzar ese objetivo se requiere de un diagnóstico de las causas que han hecho de la decadencia una característica esencial de nuestra economía de los últimos 80 años. Según una clasificación que se le atribuye a MarioVargas Llosa: “Hay países que son ricos y países que son pobres. Y hay países pobres que se están haciendo ricos. Y luego está la Argentina.” Con este telón de fondo, contar con un diagnóstico acerca de las causas que han conducido a la Argentina a ser esa rareza en el mundo, no es una cuestión sin importancia. En la implementación de cualquier estrategia de crecimiento el primer paso es el diagnóstico de por qué nos pasó lo que nos pasó.

Entre amigos, en el trabajo, en compañía de nuestros afectos, o en cualquier evento social, los argentinos, cuando hablamos de nuestro país y de sus problemas, nos dedicamos casi exclusivamente a mirar hacia atrás, a hablar del pasado, a discutir sobre el pasado. Lo cual podría ser una práctica aceptable si ella condujese a propuestas superadoras. Pero el pasado nos atasca y nos divide y, casi siempre, nos distrae del futuro. Al menos, eso es lo que la realidad nos trasmite. Si hubiésemos sabido leer y aprender de ese pasado, y superarlo, tal vez hoy la Argentina sería diferente, al igual que este libro. El riesgo de concentrar nuestros esfuerzos en un diagnóstico, es precisamente, el de caer en ese pasado paralizador. Aun así, debemos correr ese riesgo.

La tesis de este libro es que la Argentina se encuentra estancada o limitada en su capacidad de progreso debido a la repetición constante de ideas y enfoques obsoletos o ineficaces. Muchos de ellos subsistieron sin oposición durante muchísimo tiempo y aún subsisten a pesar de que no resisten el rigor de los datos y la evidencia empírica. Para elaborar una estrategia de desarrollo exitosa, hace falta romper con algunas trabas culturales y mentales. Hace falta salir de varios lugares comunes.

Los “lugares comunes” son esas ideas preconcebidas que se repiten de manera recurrente en el discurso público y que no son producto de una reflexión profunda o de un análisis crítico de la realidad. Estas ideas, han pululado durante décadas el debate público y han influido en la formulación de políticas, en la toma de decisiones y en la percepción de la realidad nacional. A menudo, se presentan como verdades incuestionables que condicionan la manera en que se abordan los problemas y limitan las soluciones u opciones disponibles para resolverlos.

John Quiggin (2010) utiliza el concepto de “ideas zombis” para describir teorías económicas desacreditadas que, a pesar de haber fracasado en la práctica, continúan moldeando el discurso público y las políticas. Estas ideas se mantienen activas, no porque sean efectivas o empíricamente sólidas, sino porque apelan a la comodidad de explicaciones simplistas y se alimentan del temor al cambio. En este sentido, los lugares comunes pueden considerarse ideas zombis: repeticiones de supuestas verdades que han sido desmentidas, que no encuentran validación empírica o cuya validez es, cuanto menos, dudosa.

A diferencia de Quiggin, quien critica principalmente ideas liberales que resurgieron tras la crisis financiera de 2008, este libro hace hincapié en una variedad local o argentina de lugares comunes que atraviesan un amplio espectro político-ideológico de nuestro país. Nuestro objetivo es mostrar cómo ciertas ideas persistentes actúan como barreras para la adopción de políticas más efectivas. Ya sea por la resistencia al cambio o por el anhelo de soluciones rápidas, los lugares comunes y las ideas zombis actúan como frenos al debate y al progreso económico.

En otras palabras, quedar atrapados, o deambular entre estos lugares comunes no solo impide pensar soluciones nuevas, consolida también un statu quo que se resiste a cambiar. Al limitar el margen de debate, estas ideas naturalizadas terminan por obturar la formulación de estrategias más efectivas, reproduciendo los mismos errores una y otra vez.

A lo largo de este libro abordaremos aquellos lugares comunes que, por su persistencia e influencia, creemos fundamentales para entender por qué a la Argentina le cuesta tanto avanzar. Como veremos, no se trata de ideas aisladas ni de errores dispersos, sino de un conjunto de creencias y reflejos intelectuales que, aun cuando adoptan formas distintas, tienden a reforzarse entre sí y a condicionar la manera en que la sociedad argentina interpreta sus problemas económicos.

Algunos de ellos desplazan la responsabilidad del fracaso hacia explicaciones que terminan funcionando como excusas o simplificaciones. Tal es el caso de la tendencia a sostener que el problema argentino es, ante todo, político y no económico; o de la inclinación a responsabilizar por nuestros fracasos a los economistas, a las crisis, o a actores externos e internos —los poderosos, los mercados, el FMI, “los de afuera”— antes que a nuestras propias decisiones, errores o inconsistencias. En todos esos casos, lo que subyace es una dificultad persistente para reconocer que sin una economía viable, sin buenas políticas y sin instituciones razonablemente estables, no hay construcción política duradera ni salida sostenible del estancamiento.

Otros lugares comunes remiten a la ilusión, tan arraigada como la anterior, de creer que la Argentina dispone, de manera casi natural, de todos los atributos necesarios para prosperar.Y que, por lo tanto, el desarrollo debería llegar tarde o temprano, casi por decantación. La idea de que somos un país rico, la confianza depositada en nuestra dotación de recursos naturales, en la existencia de una población joven o en la persistencia de una clase media numerosa y relativamente educada forman parte de ese mismo repertorio. No se trata de negar la existencia de esos activos —aunque deben ser correctamente evaluados y matizados—, sino de discutir la mejor forma de aprovecharlos para garantizar crecimiento sustentable y bienestar o progreso generalizado. La experiencia argentina muestra que entre contar con ventajas potenciales y convertirlas en prosperidad efectiva media una distancia considerable; lo cual plantea la necesidad de analizar si esa distancia no podría achicarse mediante instituciones adecuadas, reglas estables, una macroeconomía sana y políticas públicas capaces de resistir la alternancia democrática.

Un tercer grupo de lugares comunes se organiza alrededor del debate sobre los mercados, la competencia, la globalización, la apertura económica y el proteccionismo. Allí se advierten algunas de las tensiones ideológicas más persistentes del debate público argentino. La economía de mercado suele ser presentada como una fuente de abusos, la globalización como una amenaza para el desarrollo nacional, la apertura como sinónimo de destrucción de la industria y el empleo, y el proteccionismo como condición casi natural del crecimiento. A ello se suma la extendida convicción de que la Argentina no puede crecer sobre la base de sus recursos naturales y que, por lo tanto, necesita de una política industrial entendida muchas veces como sinónimo de protección, subsidios y discrecionalidad. En este terreno, el libro intenta mostrar que buena parte del debate argentino ha oscila- do entre caricaturas, simplificaciones extremas, falsos dilemas y oposiciones demasiado rígidas, que dificultan pensar con mayor realismo cuál debería ser la relación entre apertura, competencia, productividad, innovación y desarrollo.

Existe, además, otro núcleo de lugares comunes vinculado al rol del Estado, a la equidad distributiva, a la inflación, a la deuda y al populismo. En él convergen una serie de creencias que, con distinta intensidad, han tendido a justificar la subordinación de la estabilidad macroeconómica y del crecimiento a objetivos distributivos de corto plazo o a preferencias políticas que no siempre se mostraron compatibles con una economía sana y sustentable. La idea de que la equidad puede perseguirse con independencia de la creación de riqueza, la indulgencia frente a la inflación cuando ésta se presenta como un mal menor o como el costo inevitable de ciertos objetivos sociales, la tendencia a transformar a la deuda en la causa de todos los males en lugar de verla como consecuencia de desequilibrios persistentes, y la pretensión de presentar algunas experiencias populistas como variantes fiscalmente responsables for- man parte de una misma zona problemática. No se trata de debates completamente distintos, sino de dimensiones emparentadas que nacen de la dificultad de aceptar que sin estabilidad, sin disciplina fiscal y sin crecimiento sostenido, las promesas de equidad terminan perdiendo sustento y deteriorando, más temprano que tarde, las condiciones materiales que buscaban mejorar.

Finalmente, el libro se ocupa de un conjunto de lugares comunes que afectan de manera más directa la posibilidad de construir una salida duradera del fracaso argentino. La desconfianza respecto de la posibilidad de tener una moneda propia sana, la identificación casi automática de las reformas estructurales con los costos y traumas asociados a los años noventa, y la convicción de que no es posible pensar en el largo plazo mientras el corto plazo siga dominado por la urgencia, forman parte de ese entramado. Son ideas que, por caminos distintos, tienden a convalidar el presentismo argentino, la dificultad para sostener políticas en el tiempo y la tendencia a considerar como políticamente inviables aquellas transformaciones que, precisamente, podrían volver más estable y previsible el funcionamiento de la economía. En tal sentido, más que reflejar una imposibilidad objetiva, muchas de estas creencias han terminado funcionando como frenos intelectuales y políticos a la hora de discutir reformas, ordenar la macroeconomía y construir horizontes de más largo alcance.

Este repertorio de lugares comunes puede lucir parcial, y de hecho lo es. No pretende agotar todas las ideas simplificadoras que han condicionado la discusión económica argentina, sino concentrarse en aquellas que, a nuestro juicio, resultan más relevantes para entender el largo fracaso argentino y los desafíos del presente. No sólo por su influencia en el debate público, sino también porque, de no salir de ellas —o de volver a caer en ellas—, podría frustrarse, una vez más, la posibilidad de construir un régimen económico más estable, más productivo y más compatible con el desarrollo sostenido.

Detrás de cada lugar común se advierten tensiones históricas, políticas e ideológicas. Muchas tan viejas como la misma Argentina y otras que han cobrado vida o ganado en intensidad más recientemente. Algunos son específicos o idiosincrásicos de nuestro país mientras otros tienen un carácter más global. En su gran mayoría giran en torno al rol y el tamaño del Estado y sus formas de relacionarse con el sector privado y casi todos ellos involucran posturas o visiones ideológicas enfrentadas u opuestas.

Este libro no pretende ser aséptico desde el punto de vista ideológico. Reconocemos que, al abordar cuestiones que involucran posturas ideológicas opuestas, nuestras preferencias y convicciones se verán reflejadas. Esto es inevitable y, en muchos sentidos, necesario para un debate honesto y productivo. No obstante, no nos contentamos solo con expresar opiniones; aspiramos a poder fundamentarlas. Por ello, siempre que sea posible, aportaremos datos y evidencia que respalde nuestras posiciones.

De todas maneras conviene que dejemos sentado una buena dosis de realismo. Tal como sostiene Yuval Noah Harari (2018):

Proporcionar a la gente más y mejor información es poco probable que mejore las cosas. [...] Bombardear a la gente con hechos y exponer su ignorancia individual puede ser contraproducente. A la mayoría de la gente no le gustan demasiados hechos, y desde luego no les gusta sentirse estúpidos. [...] El poder del pensamiento grupal es tan omnipresente que resulta difícil romper su dominio incluso cuando sus puntos de vista parecen más bien arbitrarios. [...} Incluso los científicos no son inmunes al poder del pensamiento de grupo. Así, los científicos que creen que pueden cambiar la opinión pública pueden ser ellos mismos víctimas del pensamiento grupal científico.

Hecha esta salvedad, antes de pasar a considerar más en profundidad cada uno de los mencionados lugares comunes y de cómo afectan la capacidad para encontrar la salida al largo fracaso argentino, haremos en el próximo capítulo una reseña de ese fracaso. En particular, nos ocupamos de mostrar cómo se perdió el tren del crecimiento y la performance decepcionante de la productividad. La cual captura, siguiendo nuestra línea argumental, las consecuencias de estar tantos años deambulando entre los perversos lugares comunes que son el foco de este libro.

☛ Título
Perversos Lugares Comunes

☛ Autor
Luis Secco

☛ Editorial
Del Dragón

☛ Edición
2026

☛ Páginas
346

Datos del autor

Licenciado en Economía en la Universidad Nacional de La Plata en 1988. Magister en Disciplinas Bancarias de la Universidad Nacional de La Plata.

Director de Perspectivas económicas.

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