Aulas

Ansias de saber

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Fueron dos etapas contrapuestas de la vida social argentina: los años de represión de la dictadura militar y los años de ilusión del restablecimiento de la democracia. Una consabidamente oscura, de una cerrazón opresiva, y la otra de apertura a una miríada de futuros posibles, independientemente de que a esos futuros se los fuera a encontrar o a desencontrar (porque eso sólo se sabría después). A los años de recelo, o de franca hostilidad, hacia los espacios de producción de conocimientos, siguieron años especialmente estimulantes en el ámbito de las ideas, los lugares donde se investiga, donde se enseña y se aprende, donde se piensa y se discute.

Fueron dos etapas contrapuestas, pero hubo líneas que las enlazaron, que traspasaron de un período al otro. De eso se trata, en buena medida, Literatura, saber y deseo, el libro que editaron Edgardo Dieleke y Julieta Mortati. En los años del espanto, transidos de chatura y miedo, funcionaron distintos grupos de estudio impartidos, entre otros, por Beatriz Sarlo, Josefina Ludmer, Nicolás Rosa, Ricardo Piglia. Existieron en lo fundamental por las expulsivas condiciones de nulidad imperantes en las universidades, entre el vaciamiento del saber y la implementación de un régimen irrespirable de vigilancia y delación. Pero pasados la dictadura militar y sus impedimentos, reinstaurada la democracia y sus potencialidades, la carrera de letras de la Universidad de Buenos Aires se nutrió sustancialmente de los docentes que habían dado aquellos cursos privados en espacios de intramuros y de varios de los que los tomaron. Quienes ingresamos en la carrera apenas algo después (yo mismo, en 1986) accedimos a una escena extraordinaria que acababa de lograrse (esa en la que, además de Sarlo, Piglia, Ludmer, Rosa, darían clase además David Viñas, Noé Jitrik, Enrique Pezzoni, Jorge Panesi, Susana Zanetti, María Teresa Gramuglio, y varios más de ese calibre), pero que se forjó en buena medida en los años previos, los de las sombras y el oprobio.

María Eugenia Villalonga estudió hace unos años este fenómeno en La universidad de las catacumbas (denominación que se discute). No es un dato menor que los propios participantes le resten con firmeza el tenor de alguna clase de épica, y que tengan perfectamente claro que en términos de clandestinidad y peligro había otros que se la jugaban en escalas evidentemente mayores. Pero en esas reuniones de estudio, tan discretas y tan intensas como pueden serlo las de aquellos que conspiran, maniobrando con fotocopias pasadas de mano en mano ante maestros y maestras que lo fueron sin declararlo ni pretender serlo, se generó un espacio de saber de un valor inmenso. Su traspaso posterior a las aulas de la universidad, cuando se las recuperó como lugar dedicado cabalmente al conocimiento, no hizo sino acrecentar su relevancia.

Literatura, saber y deseo reúne textos de quienes participaron de aquellos grupos de estudio y luego se incorporaron como docentes a la universidad (Graciela Montaldo, Gabriela Nouzeilles, Isabel Stratta, Alan Pauls, Renata Rocco-Cuzzi, Adriana Rodríguez Pérsico, Nora Domínguez, Daniel Link) y de quienes ingresaron como estudiantes a la carrera de letras que acertó a recomponerse del previo sopor y la previa chatura (Pablo Alabarces, Florencia Garramuño, Pablo Ansolabehere, Gonzalo Aguilar, Alejandra Laera, Álvaro Fernández Bravo, Claudia Torre, David Oubiña, Adriana Amante). Las prácticas del conocimiento fueron un ámbito donde replegarse en los malos tiempos, pero iban a desplegarse después en las aulas de “Marcelo T”.

“Éramos una sociedad secreta basada en una intriga simple: leer y pasarse libros”, escribe Gabriela Nouzeilles. “La invención de una forma de estar juntos fundada en una serie de necesidades tan básicas como la de leer, pensar, discutir, en un momento signado por el terror, la diáspora, la inoperancia obligatoria”, escribe Alan Pauls. “Eran épocas en las que regían saludables ansias de saber”, escribe Adriana Rodríguez Pérsico. Cuando los saberes aprendidos en aquellos grupos de estudio pudieron hallar su lugar ya en la universidad, ocurrió lo que describe Gonzalo Aguilar: “Fue como comenzar a aprender una lengua nueva”.

Y escribe, en este sentido, Graciela Montaldo: “No fue tanto los saberes lo que llevé a las aulas de la facultad, sino mi relación con el saber”. Y es que, en efecto, lo decisivo es transmitir, no ya un saber determinado, no ya estos saberes o aquellos nada más, sino la propia relación con el saber: la premisa de su valoración intrínseca y el fervor de su aprendizaje en el tiempo. Que es lo que buscan dañar, en su afán de embrutecer, los gobiernos autoritarios, ya provengan de la fuerza o ya provengan de las urnas.