Cuando Gregorio Samsa despertó, se encontró acostado en una cama de Pilates convertido en un gigantesco insecto que movía las patas sin ton ni son. A su alrededor, tres mujeres en la mediana edad (que cada tanto recordaban sus juventudes de fiestas electrónicas), un veinteañero blanco como la nieve y la instructora evitaban mirarlo para que el desagradable espectáculo no les arruinara el día.
Gregorio se dedicaba, desde hacía semanas y años, a atender las indicaciones de sus médicos (es decir, de la sociedad entera, que había delegado en la medicina y sus maquinitas el poder de decir la verdad sobre toda vida). Tomaba sus pastillas contra la presión alta y contra el colesterol elevado, había modificado su dieta (desayunaba sólo mate, para evitar fumar, y medio yogur natural mezclado con arándanos) y hacía gimnasia.
Hacia las 11 comía un huevo duro y almorzaba ligero, lo que en los periódicos se llama “comer sano”. Por la noche se contentaba con un sándwich de pan integral, tomate y jamón (o lomo de cerdo).
Un día, la instructora de pilates declaró que el joven blanquísimo y de piernas lampiñas era su mejor alumno. Gregorio imaginó que al comienzo de la clase siguiente (en ese momento el joven no estaba presente) iba a derramar sobre su cuerpo perfecto y sus líneas puras la cantidad de ácido necesaria para convertirlo en una baba humeante. Había descubierto la semilla de su propio desierto. Su punto de no retorno.
Gregorio comprendió que hacer buena letra (aceptar los mandatos sociales) puede soportarse por un tiempo limitado. La olla sigue borboteando por dentro, y lo que antes se vivía con ironía se convierte en un odio cada vez más reconcentrado y sin salida. Entendió cómo se forman los asesinos de masas, y encontró el punto exacto a partir del cual él mismo comenzaría a acopiar armas para eliminar a la mayor cantidad de personas posibles (partidarios de la comida sana, cultores de yoga y de pilates, médicos y laboratoristas, veinteañeros de posición acomodada y piernas impecables, mujeres casadas con melancolía por sus años mozos), gente de bien, en general. Esta vez, la cucaracha iba a llevarse consigo unas cuantas víctimas.