Clarice Lispector en la cocina
Hay una frase latina que los bibliómanos suelen invocar cuando algo extraordinario aparece donde menos se lo espera: habent sua fata libelli, los libros tienen su propio destino. Es una frase cómoda, porque desplaza la responsabilidad hacia una fuerza abstracta y ahorra tener que explicar por qué durante cincuenta y seis años nadie prestó atención a un librito de recetas infantiles publicado en 1970 por el Centro Nestlé de Economía Doméstica de Brasil, con tapa colorida y un prólogo firmado por Clarice Lispector. Clarice, como sencillamente la llaman en Brasil, le puso su nombre al libro que Nestlé regalaba –o vendía, o distribuía en supermercados, nunca quedó claro– para que los niños aprendieran a cocinar usando leche condensada y chocolate semi amargo de la marca.
El ejemplar apareció en la feria de antigüedades de São Paulo, en manos de Gilvaldo Santos. Santos le escribió a su amigo Benjamin Moser. Moser pasó cinco años escribiendo la biografía de Clarice (Por qué este mundo, de 2009) y casi dos décadas traduciendo y publicando su obra completa al inglés. Es, en este momento, junto a Teresa Montero, una de las personas en el mundo que más sabe sobre Clarice Lispector. Y Moser jamás había oído hablar de ese libro (aunque si lo consigna Montero en la biografía de la escritora, Eu sou uma pergunta, de 1999, y en su versión ampliada, À procura da própria coisa, de 2021).
Todo eso dice simultáneamente dos cosas: que el libro era prácticamente desconocido y que el clima húmedo y caluroso de Brasil hace con los libros lo que el tiempo hace con todo lo demás, solo que más rápido. Moser afirma que puede identificar un libro brasileño por su olor a moho. No es un comentario despectivo sino una observación de entomólogo: el clima, los departamentos pequeños, el desinterés institucional, conspiran para que libros que en otras latitudes habrían sobrevivido en decenas de ejemplares existan aquí en uno solo, húmedo y oloroso, como un ser vivo.
Cozinha para brincar –Cocina para jugar– reunía recetas como “barcos de salchicha”, “tortilla quitapenas” y “torta pellizcón”. Todas con productos Nestlé, claro. Las ilustraciones eran de Odiléa Helena Setti Toscano, diseñadora gráfica que también pintó murales para el subte de São Paulo y que murió en 2015. El libro estaba dividido en siete capítulos, y los siete compartían exactamente la misma introducción. Es posible que este error de producción explique por qué el libro nunca llegó a circular: alguien habrá advertido el problema demasiado tarde, los ejemplares habrán sido retirados, y solo uno escapó, por pura distracción del destino.
El prólogo de Clarice es breve e inconfundible. Habla de experimentos que después se comen, de visitantes que alabarán a los pequeños cocineros, tanto que “parecerán fuegos artificiales, como los que estallan de noche en el cielo en una lluvia de mil estrellas doradas”. Quien conoce la escritura de Clarice la reconoce aquí, dice Moser, porque no se puede imitar. Tiene razón. Hay escritores que uno identifica por el vocabulario, por los giros, por los temas. A Clarice se la identifica por cierta relación con el lenguaje que hace que las palabras parezcan estar siempre a punto de decir algo distinto de lo que dicen.
La pregunta obvia es: ¿qué estaba haciendo Clarice escribiendo un prólogo para un libro de recetas para niños? Su relación con la cocina era nula: su propio hijo, Paulo Valente, no recuerda a su madre preparando nada más elaborado que una taza de café. La respuesta es menos glamorosa que la pregunta: necesitaba dinero. Después de separarse en 1959 de su marido diplomático, Clarice volvió a Brasil sin red de seguridad. Escribió columnas periodísticas. Dejó que la marca Pond’s le pagara por mencionar sus cremas en sus artículos. Hizo, en una palabra, lo que hacen todos los escritores que no tienen un ingreso fijo: cualquier cosa que pagara las cuentas. Clarice era alguien que trabajaba, que traducía su tiempo en palabras, que firmaba lo que le pedían cuando hacía falta y que era capaz de escribir, cuando la ocasión lo requería, sobre fuegos artificiales que estallan de noche en el cielo en una lluvia de mil estrellas doradas.
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