Asuntos internos

Del boicot a la hoguera

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Uno puede levantarse de una conferencia, no comprar un libro, rechazar una invitación, escribir una diatriba contra un escritor, organizar una manifestación en la puerta del lugar donde habla y pasarse dos horas gritando que lo que dice le parece abominable. Todo eso forma parte, con distintos grados de cortesía, de la misma libertad que ejerce el que está adentro hablando. El problema empieza cuando los manifestantes no quieren manifestarse: quieren que la conferencia no tenga lugar.

El episodio de Ariana Harwicz en Granada sirve para observar ese pequeño desplazamiento. La escritora había sido invitada al festival Cultur-ALH para conversar sobre literatura. Después de las objeciones de grupos que rechazaban sus posiciones públicas acerca del boicot cultural a Israel, la dirección retiró la invitación; la Universidad de Granada se desligó posteriormente de la decisión y afirmó que una universidad pública debe ser un espacio abierto al contraste de ideas, también cuando resultan controvertidas. Otras escritoras y un escritor que participaban del festival respaldaron, en cambio, la exclusión. Muchos escritores salieron a respaldarla, muchos a denostarla. John Banville, que debía asistir al encuentro, renunció a participar.  

Es perfectamente posible considerar detestables las opiniones de Harwicz y, al mismo tiempo, preguntarse qué se consiguió impidiendo que hablara. Incluso podría pensarse que cuanto más detestables sean esas opiniones, más interesante resulta escucharlas en público, donde pueden ser discutidas, contradichas, ridiculizadas, desmontadas o confirmadas en toda su estupidez, si efectivamente son estúpidas. El silencio tiene una ventaja extraordinaria para las ideas que odiamos: nos evita el trabajo de refutarlas.

Entre sacar a una escritora del programa de un festival y quemar sus libros hay, ya sé, una distancia enorme. Nadie tiene un derecho adquirido a participar de un festival. Tampoco existe el derecho a ser publicado por determinada editorial. Una editorial puede rechazar un manuscrito y un festival puede decidir a quién invita. Los libros, además, se queman todos los días por accidente y hasta por voluntad de sus propios dueños sin que la civilización occidental tiemble. La pregunta cambia cuando aparece un tercero dispuesto a decidir que los demás tampoco deben escuchar, publicar o leer.

Puedo negarme a leer a Harwicz. Puedo decir que sus libros son pésimos y recomendar que nadie los compre. Puedo plantarme delante de una librería con un cartel. Otro paso consiste en presionar a una editorial para que no los publique. Y llegado ese punto la discusión acerca de si los libros son buenos, malos, ofensivos o repugnantes ya perdió bastante importancia: se empezó discutiendo de literatura y se terminó administrando circulación.

No hace falta imaginar que toda cancelación contiene en miniatura una hoguera. Esa genealogía automática pertenece al mismo tipo de pensamiento que pretende combatir: si cada invitación retirada conduce fatalmente a Fahrenheit 451, entonces ninguna conduce a ninguna parte. Pero tampoco hace falta hacerse el distraído ante el parentesco entre ciertas operaciones. La diferencia reside en los instrumentos, en la escala, en el poder de quien los utiliza, y sobre todo en el verbo que se conjuga. Una cosa es no escuchar y otra es impedir que los demás escuchen.  

Quemar libros pertenece a otra historia y a otra temperatura. La imagen nos resulta insoportable porque el fuego suprime incluso la posibilidad futura de leer lo que alguien decidió destruir. El lector que hubiera podido abrir ese libro mañana ya no va a poder hacerlo. Por eso los biblioclastas rara vez se conformaron con anunciar que un libro les disgustaba: necesitaban ocuparse también del ejemplar ajeno.

En Granada no se quemó ningún libro. Harwicz va a seguir publicando, sus novelas van a seguir en las librerías y cualquiera va a poder leerlas. Sería absurdo describir este barullo de otra manera. Lo que pasó es bastante más modesto y por eso mismo merece atención: un grupo consideró que una escritora no debía participar, quienes organizaban el encuentro aceptaron ese criterio y otros escritores juzgaron correcta la decisión. Cada uno ejerció su libertad. Excepto los que querían escucharla.