Del ritornello (parte 2)
Ya está, ¿qué más quieren? ¿Van a seguir esgrimiendo especificidades históricas? La AfD de Sachsen-Anhalt ganó las elecciones. Ahí tienen a la ultraderecha alemana a punto de hacerse con el poder. Por supuesto, entre las primeras medidas (si es que llega a formar gobierno, lo que es altamente probable) se cuentan: prohibir la exhibición de banderas arcoiris (LGBTQ+) cerca de los edificios escolares locales, desfinanciar los estudios poscoloniales y de género y prohibir a los funcionarios y al personal escolar el uso de lenguaje neutro en cuanto al género (¡pero el alemán tiene género neutro!). En cambio, será obligatorio el izamiento de la bandera alemana y cantar el himno nacional, se ampliará la enseñanza de ruso en las escuelas públicas y se obligaráa educar a los niños “con espíritu de amor a la patria y al pueblo alemán” (sea esto lo que fuere). Así dicho todo es medio cachivache, y lo es deliberadamente, para escamotear los rasgos de neofascismo (¿haremos un escándalo por el izamiento de la bandera y por cantar el himno o Aurora? ¿No es lo que hemos hecho siempre?).
Pero detengámonos en dos obsesiones de la AfD. La primera la comparte con toda la derecha europea: el migrante como enemigo (su plataforma propone evaluar las solicitudes de asilo en comités centralizados) y el Mediterráneo como fosa común. La otra es más trivial, pero significativa: odian a la Bauhaus (1919-1933), a la que consideran ein Irrweg der Moderne (“un extravío de la modernidad”). El nazismo pensó lo mismo y obligó al cierre de la escuela (uno de los movimientos más importantes del siglo XX) en 1933.
Ese año maldito designa también un libro notable (que el Papa Francisco solía recomendar a todo el mundo), Síndrome 1933, de Siegmund Ginzberg. Allí el historiador descarta identificaciones mecánicas del tipo Trump es Musolini, Milei es Hitler, pero pone el acento en procesos que son estructuralmente homólogos y que, por lo tanto, deberían hacernos temer por su final. Por ejemplo, lo de la Bauhaus o la “ley contra la crueldad hacia los animales”, promulgada en abril de 1933 (Hitler había sido nombrado canciller a finales de enero), apenas después del decreto que disponía la expulsión inmediata del Reich a los inmigrantes clandestinos (casi todos judíos). Fue una ley pionera, y la más avanzada del mundo. Mutatis mutandis, Milei promulgó la propia.
Lo que Ginzberg subraya es el debilitamiento, por un lado, de un sistema de valores (que permite anteponer la vida animal a la vida humana) y, por el otro, de las instituciones de la política, que en un ambiente de desquicio total, avala la aparición de comportamientos neofascistas y de fantasías de gobierno y de movilización total (¡la casta, la casta!).
El año pasado publiqué aquí mismo una columna en relación con el centenario de Mi lucha y sus advertencias. Un año después, el Sr. Milei dice que hay “terroristas disfrazados de estudiantes y profesores”.
Esto no es todavía el 33, pero si no nos ponemos serios, ya vamos a llegar.
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