Agotamiento moral

Después del individuo

Hoy. En tiempos de vicios, hablar de virtud es necesario. Foto: shutterstock

Una sensación generalizada de la época que vivimos, expresada mayormente como angustia o ansiedad, es que lo que estamos viendo –tanto en nuestro país como a nivel global– ya no se parece a una crisis económica, ni siquiera a una crisis política en sentido amplio. Se impone, más bien, la idea de que algo más profundo se está rompiendo: una suerte de agotamiento moral, una erosión del sentido de lo común, una normalización de lo antihumano en sentido estricto.

Está ahí, lo presenciamos todos los días. En las redes sociales que premian la humillación. En los discursos de los “ganadores” que hacen del desprecio por los que quedan atrás una humorada. En la imposición de una cultura, que confunde fortaleza con agresividad e indiferencia y libertad, con sentir que no se le debe nada a nadie. En la soberbia exacerbada de los billonarios caprichosos del 1%, convertidos en influencers que presentan la falta de empatía como virtud, la discriminación como norma y la autosuficiencia (ilusoria) como ideal máximo a alcanzar.

Este clima responde a una visión del mundo cada vez más extendida, que podríamos llamar un nietzscheanismo de derecha: una ética que, a partir de una lectura pobre y simplificada del filósofo alemán, sostiene que lo único valioso es imponerse. En ella, la fuerza –física, económica o simbólica– aparece como principio legitimador de cualquier cosa, mientras que la moral, la ley o la compasión son reducidas a meros artificios de los débiles para contener a los fuertes. Un darwinismo social con finas hierbas sobre colchón de fisicoculturismo, misoginia y Tik Tok. En ese universo, ser vulnerable es un fracaso moral. Necesitar al prójimo, en cualquier sentido, un pecado y una humillación. El individuo aparece como un héroe solitario que se construye solo, se explica solo y se basta solo. No hay comunidad que lo preceda, no hay tradición que lo forme, no hay deudas con quienes nos criaron, nos formaron y nos acompañaron. Cualquier coincidencia con la prédica de un presidente erráticamente peinado es pura casualidad.

Esta visión, que hoy se presenta como rebelde o antisistema para conquistar espacios de poder en todo el mundo, es en realidad el resultado lógico de un largo recorrido cultural. Durante siglos, Occidente fue moldeando un sujeto cada vez más aislado: con la salvación individual de la reforma protestante y sus derivas teológicas, después como razón autónoma en el proceso del iluminismo, y finalmente con la constitución del ciudadano abstracto del liberalismo, definido por derechos y convertido en consumidor según sus preferencias. Y al final del camino, aparece un individuo que no encuentra sentido, porque ya no sabe ni cómo empezar a buscarlo: sin pertenencia y sin horizonte, lo que queda es la autoafirmación brutal o el nihilismo, y como respuesta práctica, las pastillas antidepresivas.

Frente a ese escenario, reaparece una pregunta incómoda que la modernidad quiso archivar: ¿para qué vivimos? No “cómo producimos más”, no “cómo competimos mejor”, sino qué significa la vida buena. Qué tipo de personas queremos formar. Qué vínculos necesitamos para sostener el aspecto crucial de lo humano, que es el espíritu gregario, el estar juntos y entender nuestra ineludible interdependencia. Es ahí donde ciertas ideas, hoy tildadas de “antiguas” o “incómodas”, recuperan una vigencia inesperada. La idea de comunidad. La noción de virtud. La convicción de que el ser humano no es un átomo flotando en el vacío, sino un ser situado, formado por relaciones, historias y prácticas compartidas. Constituido y miembro de una tradición, con la que puede discutir pero de la que no puede escapar. Que nadie se realiza solo, que es importante buscar el equilibrio armónico entre bien personal y bien común.

Para el peronismo este debate no resulta ajeno, lo interpele o no. En su mejor versión histórica, el movimiento peronista fue, justamente, una respuesta a la desintegración social producida por la imposición de la lógica del mercado sin frenos: puso en el centro la dignidad del trabajo, la justicia social y la comunidad organizada. No como consignas vacías, sino como una antropología concreta: la idea de que la persona se realiza en un proyecto colectivo y no en la selva del “sálvese quien pueda”. Una idea del hombre virtuoso y una economía subordinada a sus necesidades.

Reintroducir hoy –en una Argentina que alterna entre OnlyFans, el vicio de las apuestas, las criptomonedas entendidas como guita fácil, el narcotráfico ocupando roles donde el Estado cedió su lugar y una cultura generalizada del “sálvese quien pueda”– una reflexión profunda sobre comunidad, virtud y bien común no es un ejercicio académico ni un gesto nostálgico: es una necesidad política y social urgente. Porque si el futuro se define solo por la lógica del más fuerte, del más apto o del más exitoso, casi nadie tiene lugar en ese futuro.

Bien Común es el resultado de un trabajo colectivo (junto a Hilario Bielsa, Mauricio Vera, Agustín Courel, al equipo de Vino X) y fundamentalmente del diálogo con una generación que se resiste a aceptar la disolución de todo lazo como destino inevitable. Una fe entendida no como repliegue intimista ni refugio privado, sino como una apuesta pública por lo humano, que concibe a la persona como esencialmente relacional y a la comunidad como condición de posibilidad de toda vida digna. Si de los ideales de la Revolución Francesa la modernidad llevó a que las izquierdas pusieran el acento en la “igualdad” y el liberalismo en la “libertad”, hoy resulta urgente volver a levantar el estandarte olvidado de la “fraternidad” para pensar un porvenir distinto. En un siglo que avanza hacia la deshumanización, volver a preguntarnos qué nos debemos unos a otros –y cómo organizamos la vida en común– no constituye una debilidad sino uno de los actos más trascendentes que podamos exigirnos.

Los contenidos del proyecto pueden encontrarse en el canal de YouTube Vino X: “https://www.youtube.com/watch?v=BKdBYEkrMak” \h/www.youtube.com/watch?v=BKdBYEkrMak)

*Director provincial de Asuntos Electorales en el gobierno de la provincia de Buenos Aires.