COLUMNISTAS
EUFORIA DEL CONSUMO Y LA NATURALIZACIÓN DE LA EXCLUSIÓN

La Argentina de dos velocidades

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¿Ganadores? Los aeropuertos llenos forman parte de un costado de la narrativa libertaria. | cedoc

La realidad argentina actual se puede definir con una imagen cruda y nítida: estamos viviendo en una sociedad de dos velocidades. Basta con recorrer cualquier centro urbano o polo turístico en este verano para notar la fractura. Por un lado, aeropuertos llenos y sectores que parecen vivir una burbuja de dinamismo; por el otro, una mayoría silenciosa que pelea el día a día, que ve cómo caen las “changas” y le suben los costos fijos. Y, lo más doloroso, cómo se reduce el consumo de productos esenciales como la leche.

Esta brecha no es solo una percepción; es el reflejo de una estructura económica que se está volviendo profundamente despareja. Mientras algunos motores de la economía como la minería, la soja, el sector financiero y la economía del conocimiento avanzan a paso firme, otros pilares que sostienen el empleo masivo están en crisis. La construcción, la industria textil, la producción de alimentos, el reciclado y las tareas de cuidado están sufriendo un parate que impacta directamente en el tejido social.

Estamos asistiendo a un proceso de fuerte concentración económica. Cuando el consumo baja en los sectores más pobres, no solo se resiente la calidad de vida, sino que se rompe el mercado interno. Que suba la producción de lácteos pero, al mismo tiempo, baje el consumo de leche es una señal de alerta máxima: estamos hipotecando el desarrollo de las futuras generaciones. La desigualdad no es solo de ingresos, es de oportunidades y de nutrición básica.

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El mundo de las “changas”, que históricamente ha sido el colchón de resistencia de los sectores populares, hoy está herido. Al frenarse la obra pública y privada, y al contraerse el poder adquisitivo de la clase media (que es la que suele contratar esos servicios), el sector informal cae en una precariedad aún mayor.

Ante este escenario, el debate no puede quedar atrapado en las recetas del pasado. Debemos construir nuevas ideas. No se trata de volver a un modelo de Estado que pretenda regular todo, crear empresas para cada sector o asfixiar la iniciativa privada. Esa mirada “hacia atrás” ya mostró sus límites.

Pero tampoco la solución es el Estado corriéndose por completo, dejando que el mercado acomode las piezas a su antojo. El resultado de ese vacío es lo que vemos hoy: una minoría que vuela y una mayoría de dos tercios que queda a la deriva.

El mundo de las “changas”, que históricamente ha sido el colchón de resistencia de los sectores populares, hoy está herido.

El verdadero desafío es lograr un equilibrio. Es fundamental estabilizar la economía y controlar la inflación, eso es indiscutible. Nadie puede planificar su vida con una economía descontrolada. Pero el éxito de esa estabilización no puede medirse solo en planillas de Excel; debe medirse con los 47 millones de argentinos adentro.

Necesitamos un modelo de desarrollo que mire hacia adelante. Esto implica potenciar lo que funciona (como la economía del conocimiento), pero tender puentes urgentes hacia los sectores que hoy están rezagados. El desarrollo no es un derrame natural; es una construcción política y social.

Debemos pensar en esquemas modernos de crédito no bancario para desendeudar a las familias, en fortalecer la formación profesional vinculada a las nuevas demandas laborales y en garantizar una red de seguridad alimentaria que no sea negociable.

La Argentina tiene futuro, pero ese futuro depende de nuestra capacidad para entender que no hay país viable si dos tercios de la población se quedan afuera. Es hora de abandonar los fanatismos y trabajar en un esquema racional, con un Estado inteligente que promueva la inversión, pero que también proteja los ingresos de cada familia. Solo así pasaremos de una Argentina de dos velocidades a una nación que camine unida hacia el progreso.

*Politólogo, exministro de Desarrollo Social y actual diputado nacional.