Extremos

El caso Harwicz y el wokismo fascista

A la hora del fanatismo y el oportunismo woke, la sororidad se deja de lado.

Harwicz. Expulsada del Festival de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh. Foto: cedoc

"Puede que la derecha sea más peligrosa, pero la izquierda de hoy se ha privado a sí misma de las ideas que necesitamos si queremos resistir el brusco viraje hacia la derecha”. Esta definición de la filósofa estadounidense Susan Neiman (doctorada en Harvard, profesora en las universidades de Yale y Tel Aviv y residente en Berlín) se encuentra en su libro Izquierda no es woke, y viene al caso por la expulsión de la escritora argentina Ariana Harwicz del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh de Granada, España. Las razones esgrimidas por los organizadores (entre los que se encuentran la Universidad de Granada, que luego reculó confusamente sin asumir su responsabilidad) confirman hasta qué punto los extremos se tocan, sobre todo en materia ideológica. 

Harwicz (autora de Matate amor, La débil mental, Degenerado y Perder el juicio, novelas que figuran entre lo más significativo de la actual literatura argentina) vive en la campiña francesa desde 2017, ha merecido importantes premios y reconocimientos internacionales y es una sólida intelectual con una lúcida mirada sobre este mundo y estos tiempos, como se puede advertir en las reflexiones que expone en su libro ensayístico El ruido de una época. Allí señala lo que considera la misión del escritor: “Escribir lo que tiene que escribir. Aunque no sea el libro que le conviene, aunque destruya su figura de autor, aunque no sea lo que se espera de él, aunque le adviertan que así no tendrá muchas traducciones ni premios. Y, sobre todo, aunque lo puedan cancelar”.

Reveladora premonición. Ariana Harwicz acaba de ser cancelada por presión de agrupaciones estudiantiles y de algunas pandillas de intelectuales presuntamente progresistas que esgrimieron dos motivos. Uno inconfesado: su condición de judía. Y otro falaz: se le atribuyeron declaraciones que avalan el genocidio de Gaza, algo que nunca dijo. Entre quienes tergiversaron sus ideas se encuentran la argentina Rita Segato, la chilena Lina Meruane, la mexicana Brenda Navarro y la ecuatoriana María Fernanda Ampuiero. A la hora del fanatismo y el oportunismo woke la sororidad se deja de lado. 

Mientras el gran escritor irlandés John Banville (una de las figuras invitadas) se bajaba del festival en solidaridad con Harwicz, ella mantenía su posición de estar dispuesta a participar y debatir. Los organizadores, que se llenan la boca con los derechos humanos, le negaron la libertad de expresión. Una de las razones fue que no podían garantizarle a la escritora su seguridad física en caso de participar. Esta no es una excusa intrascendente. Significa que, a la hora de las discrepancias, el wokismo puede apelar a la violencia física en lugar de discutir ideas. Es decir, puede adoptar los mismos métodos de aquello a lo que dice oponerse: el fascismo. Es que la cancelación, que exige prohibiciones, exclusiones, silenciamientos y otras formas de eliminación real y simbólica de aquellos o aquello con lo que no acuerda, es el formato que el fascismo adquiere cuando se viste de izquierda. Es el progresismo que retrocede. El retroprogresismo, excluyente y endogámico. Contrario al universalismo, solo admite lo igual y expulsa a lo diferente, es incapaz de argumentar y debatir, pero capaz de envilecer, desvirtuar y pervertir las mejores causas, las que alguna vez supo defender y ennoblecer la izquierda. Así es como los extremos ideológicos se tocan y fertilizan ambientes tóxicos para la libertad verdadera y la convivencia creativa. Al partir al exilio, de Viena a Londres, Sigmund Freud ironizó: “El mundo evoluciona, hoy queman mis libros, ayer me hubieran quemado a mí”. Quizás hoy dudaría.

*Escritor y periodista.