El caso Rocca y la Argentina cobarde
No es que Javier Milei quiera destruir a la industria nacional.
Eso es solo una consecuencia de su política de apertura indiscriminada de importaciones asociada con la caída del consumo interno, lo que en estos dos años ya generó el cierre de 21 mil empresas y la pérdida de 270 mil empleos, según datos oficiales.
Así, la destrucción de la industria sería un daño colateral de un proceso virtuoso originado en el libre mercado global, que permite que los países más desarrollados compitan con las firmas de un país empobrecido como la Argentina.
Cierto establishment está sorprendido por los ataques de Milei...
Es el modelo contra el que Donald Trump viene luchando: terminar con la lógica librecambista y aplicar severas trabas para defender a las empresas y al empleo de los estadounidenses.
Milei anti-Trump. Milei hace lo contrario. Por eso es un aliado ideal para los Estados Unidos: mientras que allá bloquean el ingreso de mercaderías importadas, aquí se les abren las puertas.
Si Trump fuera argentino, sería el presidente que Paolo Rocca elegiría para que lo protegiera de la avanzada china y de otros poderosos competidores. Pero se tiene que contentar con un hombre al que apoyó y que hoy lo destrata e insulta.
Aunque Milei no cambió. Es el mismo anarcocapitalista de la campaña que intenta llevar a la práctica sus promesas de acabar con un Estado que pretende intermediar en los conflictos entre los países, las empresas y los ciudadanos.
Su reacción frente a la derrota de Techint ante la india Welspun en la provisión de caños para un gasoducto desde Vaca Muerta fue la de aplaudir las reglas del mercado abierto internacional que pregona. Que haya o no habido dumping, como deslizan desde la multinacional argentina, es un problema solo para aquellos que no entienden que –para un libertario como Milei– todas las herramientas son válidas si sirven para competir y ganar mercados.
Es cierto que, a su ideología, él le agrega su habitual falta de respeto hacia los que piensan distinto. Sea el mayor empresario del país o los economistas y periodistas “ensobrados y operadores”.
Es la dramática coherencia que en esta columna siempre se le reconoce.
Si Milei hubiera tratado de presionar para revertir la decisión del consorcio comprador de los caños o si se hubiera quejado luego del resultado del concurso, entonces sí llamaría la atención por su giro ideológico. De igual forma, si hubiera expresado su satisfacción por el resultado de la licitación sin insultar a nadie, también hubiera sorprendido.
Pero Milei es el mismo, pese al shock que sus ataques generaron en el establishment.
El mismo que les dijo en la cara lo que iba a hacer con igual virulencia verbal que ahora. Es el mismo al que una parte del empresariado aplaude en cada evento en el que se burla de otros empresarios, políticos, economistas y periodistas.
Y es el mismo frente al cual otros empresarios solo critican por lo bajo por temor a incomodarlo.
El silencio. Cada vez que en estos dos años se preguntaba en ese establishment por qué festejaban a un hombre que les prometía ir en contra de sus intereses o por qué no criticaban en público lo que pensaban en privado, la respuesta era similar: el Presidente les parecía un líder disruptivo capaz de llevar adelante transformaciones liberales que los beneficiarían a ellos y al país. Además de ser conscientes de su baja tolerancia a las ideas ajenas.
Creer que Milei era liberal y republicano fue el justificativo que se dieron para convencerse de que aplaudirlo o silenciar las críticas era lo mejor.
... a Rocca, pero es el mismo Milei al que aplaudían cuando insultaba a otros
El siguiente error fue suponer que lo podían cambiar o controlar.
Por eso, el “Don Chatarrín” cayó como una bomba entre las familias y las organizaciones empresariales. El grupo Techint es el mayor empleador privado del país (25 mil trabajadores en forma directa, unos 80 mil incluyendo las pymes que viven en su entorno). Que la única reacción generada en el círculo rojo haya sido la carta del titular de la UIA, Martín Rappallini, sobre el rol de los empresarios y sin hacer referencia a los agravios (cuatro días después del primer ataque) es una señal inequívoca del desconcierto y del temor que cunde en esos sectores.
El resto fue silencio. No hubo nadie relevante del empresariado local y del mundo económico que haya salido en defensa del mayor empresario nacional. Ni siquiera de la política: una ingratitud manifiesta frente a un grupo que históricamente aportó dinero a las campañas de los partidos tradicionales. También lo hizo con La Libertad Avanza.
La falta de solidaridad contrastó con un Milei que volvió a atacar a Rocca otras dos veces. En la última llegó a replicar en sus redes, sin presentar pruebas, la acusación de que el dueño de Techint había estado involucrado en una operación para derrocarlo: “Jubilate, tano. Perdiste”, terminaba el mensaje difundido por Milei.
La crisis. Lo que subyace detrás de los ataques oficiales y el malestar empresarial es la crisis económica.
La semana que pasó se conoció el último informe de la consultora Equilibra. Señala que la actividad económica está estancada desde el tercer trimestre de 2023, que solo se expandieron 19 de los 55 sectores productivos y que las importaciones de origen chino crecieron por sobre las demás, en especial después de las restricciones arancelarias de Trump al gigante asiático.
Según los últimos datos interanuales del Indec, la industria retrocedió un 8,7% y la construcción un 4,7%. La caída afectó a 15 de los 16 sectores de la industria manufacturera. En el caso de textiles, automotores y productos metalmecánicos, la retracción se acerca o supera el 20%. El consumo cayó un 1,4%. Todo en comparación a un 2024 ya en baja en su actividad económica. La industria, la construcción y el comercio explican casi el 50% del PBI nacional.
Más allá de los genuinos debates sobre por qué Techint perdió esa obra (¿precios excesivos?, ¿dumping indio?, ¿materiales subsidiados provistos por China?) o sobre si un Estado debe, o no, intervenir de alguna forma en defensa del trabajo nacional, lo llamativo es la soledad en la que quedó rodeado uno de los hombres más poderosos del país.
Ni siquiera los medios y periodistas que más relación tienen con él salieron en su defensa. ¿Qué hubiera pasado si la ofensa hubiera provenido de otro presidente; Cristina Kirchner, por ejemplo? ¿O es que el temor que hoy les infunde Milei es superior al que sentían en los años duros del menemismo y el kirchnerismo?
En el mismo ánimo de naturalizar o silenciar los desbordes presidenciales, casi pasó desapercibido que el Poder Ejecutivo acaba de decretar que 2026 será denominado en todos los documentos públicos como el “Año de la grandeza”.
Naturalizar lo ridículo. Es la contradicción que se mencionó en una columna anterior entre el Milei anti-Estado y el Milei estatista.
Así como refuerza al Estado en materias como seguridad, espionaje y control mediático, también lo hace avanzando con la simbología de lo público sobre el calendario. Al igual que hacen los gobiernos estatistas que él tanto detesta. Como el norcoreano Kim Jong-un (“el Año de la prosperidad”, “el Año de la gran victoria”), la Cuba de los Castro (“el Año de la solidaridad”, “el Año del esfuerzo decisivo”) o la Venezuela de Maduro (“el Año del Comandante eterno” o “el Año de la ofensiva revolucionaria”).
Por oportunismo o cobardía, cuando los gobiernos se muestran empoderados, hasta sus mayores ridiculeces son aplaudidas o silenciadas.
Hasta que un día se recuerdan.
Todas juntas.
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