El cuadro sigue ahí
Firmar una petición toma unos segundos y produce una satisfacción instantánea: uno hizo algo. Después puede seguir con su vida mientras se suman adhesiones, y una opinión se convierte en un número al que uno debe prestar atención. El inconveniente empieza cuando ese número se presenta delante la puerta de un museo con la pretensión de decidir lo que van a poder ver los que nunca firmaron.
En noviembre de 2017, Mia Merrill, una visitante del Metropolitan Museum de Nueva York, inició una petición para que el museo retirara de sus salas “Thérèse Dreaming”, el cuadro pintado por Balthus en 1938, o agregara una explicación que hiciera saber que se trataba de una obra controvertida. El cuadro muestra a Thérèse Blanchard, una nena de unos doce o trece años, sentada con los ojos cerrados y una pierna levantada, de manera que se ve su ropa interior. Merrill consideraba que exhibirlo sin aclaraciones contribuía a la sexualización infantil. Su reclamo invocaba el clima de denuncias de abuso sexual que atravesaba EE.UU. Aclaró, por si hacía falta, que no pretendía destruir la pintura.
La petición tuvo diez mil adhesiones, pero el museo decidió mantener el cuadro expuesto. Kenneth Weine, responsable de comunicación del Met, explicó que una controversia de ese tipo ofrecía una oportunidad para conversar y que las artes visuales permitían reflexionar sobre el pasado y el presente. El desacuerdo iba a tener que convivir con la pintura.
Poco después, Daniel Weiss, presidente y director ejecutivo del museo, dio más detalles sobre el alcance de esa decisión. Los visitantes tenían derecho a pasar de largo, a protestar y a publicar sus críticas, “Pero no tenemos la obligación de censurar nuestra colección en respuesta a cada crítica recibida”, dijo en una entrevista, y recordó (por si hacía falta) que las obras expuestas no estaban allí para complacer a todos los que entraban.
Mia Merrill consideraba que exhibir sin aclaraciones “Thérèse Dreaming” en el Metropolitan Museum de Nueva York contribuía a la sexualización infantil.
Conviene detenerse en esa respuesta, porque podría ahorrarnos unas cuantas discusiones en el futuro. Weiss admitía la legitimidad de la protesta sin concederle autoridad para organizar la colección. Incluso una objeción atendible, nacida de una experiencia dolorosa o sostenida por argumentos válidos, puede desembocar en una exigencia que una institución cultural está obligada a rechazar. La sinceridad de quien se siente ofendido no resuelve qué corresponde hacer con la obra que lo ofendió. Mucho menos resuelve lo que corresponde hacer con el resto del público que no se siente ofendido.
El museo tampoco necesitaba demostrar que Balthus era una persona inobjetable, ni conseguir que sus detractores salieran de la sala convencidos de que habían interpretado mal el cuadro. Una institución que acepta esa obligación queda atrapada en una tarea imposible: cada exposición tendrá que superar, además de las decisiones de sus curadores, un examen moral cuyo programa va a cambiar según las personas que presenten la siguiente denuncia. La amenaza de la protesta decidiría todo de antemano. Algunas obras desaparecerían sin que llegara a presentarse una petición, por pura prudencia de los ya aprendieron cuál es el precio de exhibirlas.
La respuesta del Met sirve también para una biblioteca, un festival, una universidad que invita a un escritor. Sus responsables pueden explicar sus decisiones, escuchar argumentos, corregir errores. Resulta mucho más difícil justificar que retiren una invitación o escondan un libro porque un grupo exige que los demás tampoco tengan acceso. Sobre todo cuando llaman diálogo a esa retirada: el invitado ya no va a estar para responder, el libro va a quedar fuera de alcance y la conversación va a tener lugar entre quienes consiguieron hacerlos desaparecer.
Para el próximo pedido de censura, la decisión del Met de 2017 ofrece un antecedente. Se puede recibir a quienes protestan y al mismo tiempo mantener la programación. Se puede publicar una crítica junto a las razones de la institución que la desestiman. Y se puede soportar que la discusión siga, que alguien se vaya enojado, que aparezca otra carta con más firmas. En Nueva York, los que objetaban a Balthus pudieron seguir objetándolo. Y los que querían mirar el cuadro conservaron la posibilidad de entrar a la sala.
* Escritor y periodista.