El imperialismo sin escrúpulos que encarna Donald Trump
La retórica de la conquista, desde Groenlandia hasta América Latina, amenaza con romper la OTAN y el orden multilateral.
WASHINGTON, DC – La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha envalentonado claramente al presidente Donald Trump, quien luego amenazó con desplegar fuerzas militares estadounidenses contra Cuba, Colombia y, hasta que se retractó esta semana, Irán. Más inquietante aún, también planteó la posibilidad de apoderarse por la fuerza de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, un aliado histórico de Estados Unidos y de la OTAN.
Si Trump avanzara sobre Groenlandia, la alianza atlántica se desintegraría, socavando la seguridad de Estados Unidos y de Occidente en su conjunto. Peor aún, ese comportamiento normalizaría la depredación territorial por parte de las grandes potencias, aumentando la probabilidad de una acción china contra Taiwán y de una mayor expansión rusa en el Báltico e incluso en Asia Central.
Aunque Trump presenta la toma de Groenlandia como una necesidad imperiosa de seguridad nacional, Estados Unidos ya cuenta con un acuerdo de defensa con Dinamarca, mantiene presencia militar en la isla y goza de amplios derechos de base. Resulta difícil imaginar qué beneficios marginales –si es que existen– podría aportar una ocupación ilegal.
No está claro si Trump realmente pretende llevar su retórica a los hechos o si se limita a fanfarronear. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, sugirió que el tono cada vez más agresivo del presidente no sería más que una táctica de negociación destinada a presionar a Dinamarca para que venda Groenlandia. De ser así, el intento fracasó estrepitosamente, provocando indignación pública tanto en Dinamarca como en la propia Groenlandia.
Aun así, ni Dinamarca ni el resto de Europa deberían confiarse. Es momento de reforzar aún más las defensas de Groenlandia frente a Rusia y China, socavando la justificación esgrimida por Trump, y de garantizar la estabilidad interna de la isla. Al mismo tiempo, Dinamarca y sus socios deberían acelerar el desarrollo de los recursos minerales y energéticos groenlandeses, reduciendo los incentivos comerciales que parecen impulsar el interés de Trump por una eventual anexión.
El riesgo de una fractura de la OTAN es demasiado grande como para que quienes apoyan la alianza en el Congreso estadounidense –tanto demócratas como republicanos– permanezcan en silencio. Un ataque impulsivo contra un aliado histórico como Dinamarca sería catastrófico: empujaría a Japón, Taiwán, Corea del Sur, Canadá y otros países a considerar acuerdos de seguridad alternativos que reduzcan su dependencia de un Estados Unidos cada vez menos confiable.
Las amenazas de Trump también comprometen las perspectivas económicas estadounidenses. Dinamarca y la Unión Europea en su conjunto son socios indispensables para cualquier estrategia de crecimiento realista frente al auge de China. Los mercados de consumo, la base manufacturera, las cadenas de suministro y los ecosistemas de investigación europeos resultan claves para los avances en inteligencia artificial, computación cuántica, energía limpia y de fusión, y ciencias de la vida. Alienar a Europa debilitaría prácticamente todos los sectores de la economía estadounidense.
Más de mil millones de consumidores acomodados en América del Norte, Europa, Japón, Corea del Sur y otras regiones de Asia –unidos por una extensa historia de alianzas económicas, a veces inestables pero exitosas– constituyen la base más sólida para una prosperidad sostenida. Si se suma India, cada vez más cercana a Estados Unidos y sus aliados como contrapeso a China, el resultado sería una coalición prácticamente imbatible.
El imperialismo insensato de Trump amenaza con incendiar ese futuro. Los republicanos que se oponen a él, como el senador Mitch McConnell, deberían unirse a los demócratas y alzar la voz. Deben dejar en claro que Trump se equivoca al coaccionar a Dinamarca y que, si se apodera de Groenlandia, Estados Unidos la devolverá una vez que deje el cargo. Esto expone la fragilidad de la promesa de riqueza de Trump –los beneficios tardarían décadas en materializarse– y responde a una urgencia actual: los aliados ya están perdiendo la fe y, sin una oposición clara, asumirán que el silencio equivale a consentimiento.
A partir de esa premisa, los aliados se protegerán profundizando sus vínculos con China y otras potencias emergentes para contrarrestar a una administración estadounidense cada vez más deshonesta. Si eso ocurre, la próxima administración tendrá enormes dificultades para reconstruir la confianza. Incluso si los demócratas recuperan la Casa Blanca en 2028, persistirá el temor al regreso del trumpismo en 2032.
Sin posibilidades realistas de recomponer el orden multilateral, el próximo gobierno se verá obligado a operar entre los escombros que deje Trump. Su aventurismo internacional expone su extralimitación, su corrupción y su disposición a convivir con regímenes cleptocráticos y autocráticos. Algunos recomiendan paciencia y sugieren “esperar y ver” si sus tácticas rinden frutos estratégicos. Sería un error: la vacilación solo transmite debilidad y agrava los daños.
Las motivaciones comerciales también resultan centrales. Las iniciativas de política exterior de Trump suelen orientarse a crear oportunidades de negocios privados que lo beneficien personalmente. Su plan de utilizar fondos públicos para subsidiar empresas petroleras en Venezuela es un ejemplo elocuente. Sus opositores deberían enfatizar el riesgo de futuras investigaciones del Congreso, escrutinio regulatorio, sanciones y procesos penales para quienes se sientan tentados a participar de esos esquemas.
Los magnates sin escrúpulos y el imperialismo van de la mano. Al intentar rehacer la política exterior estadounidense a su imagen y semejanza, Trump revive un orden internacional basado en la fuerza bruta, donde los países poderosos se apropian de territorios para enriquecer a sus líderes.
Aunque ese enfoque favorezca los intereses personales de Trump, es una estrategia perdedora para Estados Unidos. Algunos republicanos tal vez estén dispuestos a desintegrar la OTAN, pero los líderes demócratas que aspiran a volver al poder deben hablar ahora con claridad o corren el riesgo de heredar un mundo en el que los cimientos de la seguridad y la prosperidad estadounidenses ya hayan sido dañados de manera irreparable.
*James C. O’ Brien fue subsecretario de Estado de Estados Unidos para Asuntos Europeos y Euroasiáticos durante la administración Biden.
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