El periodismo ante las guerras cognitivas
Así como las redacciones exploran hacia dónde va el periodismo, los militares piensan cómo pelear en las nuevas guerras.
Y en un mundo más inestable, el periodismo tiene que entender estas nuevas batallas.
La OTAN está discutiendo la idea de que hay seis campos de la guerra: el aire, la tierra, el mar, el espacio, el ciberespacio y la mente humana.
Esto último es lo que se llama guerra cognitiva, la que intenta interferir la racionalidad de los líderes y las emociones de los pueblos, y también apunta a los soldados en el frente, realizando análisis de sus sentimientos y operando sobre ellos.
El coronel Sergio Skobalski, director del Centro de Investigaciones Sociales y Humanas para la Defensa-Conicet, de la Universidad de la Defensa Nacional, quien realizó estudios en China, Estados Unidos e Israel, dice que “el conflicto contemporáneo se desplaza desde el enfrentamiento físico hacia una disputa por la arquitectura de la subjetividad. La saturación informativa, la construcción de realidades alternativas y la manipulación emocional de audiencias masivas se convierten en herramientas de intervención que diluyen los límites entre verdad y percepción”.
“La manipulación cognitiva es la saturación informativa y explotación de emociones que deterioran la confianza en el debate público”, dice Skobalski.
Por supuesto, las doctrinas militares incluyen al periodismo entre los actores más influyentes en la guerra cognitiva.
LA NEBLINA DE LA GUERRA
Desde el origen de los medios de comunicación modernos, la doctrina militar los convirtió en un arma, ya sea de ataque o de defensa. Fue siempre evidente la sensibilidad especial que provocaba incluir a los medios en sus actos de guerra.
La Segunda Guerra Mundial comenzó con una noticia falsa sobre un medio de comunicación. En la noche del 31 de agosto de 1939, los nazis inventaron un ataque de militares polacos a una radio alemana en la frontera. A las tres horas, en inmediata represalia, un millón y medio de soldados alemanes empezaron a invadir Polonia.
Es obvio que la historia de la guerra nunca desconoció lo cognitivo. Todo conflicto militar es una fábrica de desinformación. Aumentar la neblina del enemigo es esencial. De hecho, la guerra fría fue una batalla cognitiva de más de cuatro décadas. Pero ahora las ideologías son secundarias: se difunde el miedo, la indignación, el odio, la desesperanza.
Europa es el espacio central de esa guerra ante la hostilidad del gobierno ruso. Todos los años en Tallin, la capital de Estonia, la OTAN ejercita la guerra híbrida. Este año participaron más de cuarenta naciones.
Allí simulan la defensa de un país al que se inyectan noticias falsas, ciberataques, operaciones de prensa, respuesta a narrativas hostiles y manejo de pánicos sociales, todo super acelerado con inteligencia artificial en el ecosistema de redes sociales. Hacerlo en Estonia es simbólico porque el 2007 sufrió una ola masiva de ataques de denegación de servicio que colapsó instituciones públicas y privadas.
LA RESILIENCIA COGNITIVA DE EUROPA
Quienes quieren aprender a defenderse, también toman como referencia la Segunda Guerra de El Líbano del 2006 y, sobre todo, la invasión de Rusia a Crimea en el 2014. Se suman las operaciones de interferencia exterior, como el hackeo a los emails de la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton o, tras el crimen de George Floyd, en el 2020, se rastrearon huellas en facebook y la entonces twitter de las dictaduras rusa y china amplificando los extremos de la protesta.
Es lo que los militares llaman agresiones en la “zona gris”, que son acciones no atribuibles al atacante por lo que no pueden justificar una respuesta directa. Son ataques por debajo del umbral.
En sus doctrinas militares, los chinos hablan de la doctrina de las tres guerras y los rusos del control reflexivo. Ambas se enfocan en la batalla por la mente pero responden a tradiciones distintas, como el maskirovka (engaño militar) ruso, y la estrategia de “ganar sin luchar” de los chinos.
En junio pasado se realizó una reunión de la OTAN en Italia con el siguiente título: “La mente humana como campo de batalla”. Allí el gobierno ruso es el “adversario” y, el chino, el “competidor estratégico”. Pero, en la jerga, los dos son “actores malignos”. Irán también está en la lista. En Claude bajaron varias cuentas de oficinas públicas iraníes porque preparaban materiales para la guerra cognitiva.
Los líderes europeos ya pelean esta guerra. En su discurso reciente, la presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen alertó sobre cómo “la desinformación y las injerencias extranjeras tratan de dividirnos. Intentan erosionar la confianza en nuestro tejido democrático y en la libertad de nuestros medios de comunicación. Campañas electorales emponzoñadas por la propaganda extranjera. Teorías conspirativas basadas en vídeos de ultra falsificaciones que se viralizan. Esto es una guerra cognitiva”.
Y continúo Von der Leyen: “En Europa, formamos nuestras opiniones basándonos en el acceso a información fiable e independiente. Así es como debatimos, llegamos a acuerdos y encontramos soluciones, incluso sobre cuestiones controvertidas. Esta apertura es nuestra mayor fortaleza. Pero nuestros oponentes la están utilizando como arma para distorsionar el debate y la verdad. De modo que necesitamos una capacidad colectiva para anticipar, detectar y responder”.
Y definió el aspecto central: “el auge de lo extremo, la pérdida de matices”.
LA INFRAESTRUCTURA DE LA VERDAD
Las operaciones de injerencia internacional informativa promueven divisiones internas en las sociedades pluralistas, incentivan prejuicios, amplifican la inestabilidad para escalar hacia los extremos.
Una de las expertas de la OTAN, Priscella Nohle, dice que “la tendencia del cerebro a aceptar la desinformación expone un riesgo que afecta la defensa de una nación y su sociedad en general”. Y agrega: “La resiliencia cognitiva debe comenzar con la capacidad de discernir los hechos de las opiniones”.
El coronel Skobalski dice que “defender la libertad política implica proteger la infraestructura de la verdad compartida sin sacrificar la pluralidad”.
En la guerra cognitiva las democracias parecen más vulnerables porque el pluralismo interno puede incluir al enemigo, algo impensable en las dictaduras. Pero la libertad pide un esfuerzo mayor: la constante alfabetización mediática, el fortalecimiento del periodismo profesional, y la alerta temprana sobre narrativas divisivas y su relación con los algoritmos.
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