El poder de los lapachos
Lo primero fue una camioneta anaranjada y un plato volador. Al lado un cartel que daba cuenta de la abducción en 1981. Luego llegaron los aromas, el oleaje de la laguna, el mondongo, el dulce de aguay y las lenguas. Así ingresé en Caá Cati, un pueblo que abre sus puertas a la poesía, al desconcierto, a la música y al encuentro. Asistía a la 13 Feria del libro, bajo el lema “Hermandad guasú”. En guaraní “guasú”, grande.
¿Será que cuando se dejó de lado una lengua, la potencia de representación de sus historias reaparece en las nuevas generaciones? Qué frescura escuchar lo propio de distintas fuentes. Y se siente a lo grande: ediciones bilingües, canciones que combinan palabras, lecturas simultáneas y un silencio albergador.
Hermandad guasú
Borges dijo: “La patria queda en Corrientes”, como si hubiera captado un pasado vivo. La musicalidad de la convivencia, quizá sin saberlo, también la propia… En los años cincuenta su madre contrató a Fanny (Epifania Úveda), recién llegada de Colonia Romero, un pueblo próximo a Caa Catí. Trabajó en la casa familiar hasta que Borges y María Kodama se fueron a Ginebra, en 1985. Seguramente la voz de Fanny, impregnada del guaraní –era su lengua materna– alcanzó los oídos de Borges por donde ingresaban todas las palabras del mundo, ya estando ciego.
Desde hace varios años al pueblo lo denominan “Cuna de poetas”. Y hasta dispusieron cerca de la laguna Rincón un breve “Paseo de poetas”. Allí nacieron Francisco Madariaga, David Martínez, Cancho Gordiolla Niella y hoy sobrevuela Pájaros de Tinta, grupo literario fundado por José Alberto Alarcón, junto con Rodrigo Galarza y Fabián Brizuela.
La conjunción es poderosa: palabras y musicalidad, lenguas que se entrelazan, cada vez más hermanadas. Me gustó no entender, recibiendo el impacto de lo que se nombra distinto. Esta semana Carolina Gandulfo, docente investigadora de la UNNE, recibió el Premio Konex por sus 25 años de trayectoria dedicados al estudio del bilingüismo guaraní-castellano y a la revitalización de la lengua en Corrientes. En la Feria se proyectó el documental que ella misma dirigió “Regreso a Caá Catí, el viaje de las Hermanas Vera”. Una obra de arte y de amor; la trascendencia afectiva de una lengua y el ímpetu de hacerse escuchar, gozando al cantar. Sus protagonistas, las chamameceras Hermanas Vera, estaban allí, acompañando el estreno. Se dieron el gusto de entonar canciones, ya tardísimo, después del asado y “bien regados”.
Durante la Feria del Libro, almuerzo y cena eran comunitarios: todos juntos en el Centro de jubilados, repartidos en mesas de distintos tamaños. Grandes cacerolas y cucharones. No había mozos, servían los que tenían ganas de hacerlo. Una persona estaba atenta a todos, y se arrimaba cuando veía un plato vacío; era el primero que se ofrecía en reponer el mbaipy (polenta del Paraguay). Su atención me sorprendió. Era Jorge Meza, actual ministro de Obras Públicas de la provincia de Corrientes, durante diez años intendente de Caá Catí, muy cercano a la Feria.
Las jerarquías no tenían lugar a la hora de comer
Transversalidad sin protocolos, charla, brindis y ganas de seguir. A la mañana había visto la camioneta con el plato volador y ahora a un ministro sirviendo el almuerzo. Me sentía en otro planeta, o más bien, en la Tierra. Lejos de las xenofobias y las polarizaciones. Hermanados, sí.
Regresé a la ciudad de Corrientes con la mochila llena de libros de poesía y frascos de dulces (mamón, aguay, mango). El conductor, nuevamente Jorge Meza. El mismísimo ministro, ex intendente de Caá Catí. La conversación fue enriqueciendo el camino por donde andaban los búfalos. Historias del pueblo, políticas públicas, dificultades, anhelos. Las prevenciones por la llegada del super Niño, etc. Su bonhomía contrastaba con el semblante del ejercicio del poder.
¿O será que puede ser de otro modo?
Cuando estábamos por llegar a la ciudad aparecieron los lapachos. Floridos, frondosos. Casi todos púrpuras, o blancos. Árboles nativos, propios del lugar. Enraizados como las lenguas. Comentamos la belleza de sus ramas, y pensando en el impacto que nos produjeron, le dije: ¿No será que uno de los problemas de la política es la falta de contemplación? Su respuesta me dio esperanzas. “Casi todo puede esperar”.
En el “casi” planteaba las urgencias, en la “espera” la empatía.
Hoy, saboreando un exquisito dulce de mamón que me ofreció Estefanía Cutro –coautora con Gisela Medina de libro La cocina del Iberá– sentí la fuerza de un pueblo poético. Y la posibilidad de que todo (o casi), pueda ser de otro modo.
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