Veneno

El precio del odio

El odio es siempre ciego. Y es adictivo. Quien comienza a odiar necesita seguir odiando.

Herman Hesse. Autor alemán de El lobo estepario, Sidharta, El juego de los abalorios. Foto: cedoc

El odio es como el sol del mediodía en pleno verano. Quema los colores y los matices, los disuelve y unifica. Se pierde la riqueza cromática. Todo es blanco, uniforme, inflama los ojos, encandila. En el caso del odio, este se impone a las demás emociones, las desplaza, las anula. Aplasta al amor, a la compasión, a la empatía, a la paciencia, a la comprensión, a la aceptación, a la tolerancia, a la ternura. El odio es autoritario y absolutista. No comparte el espacio emocional, lo monopoliza.

El odio es siempre ciego, no ve, arremete. Y es adictivo. Quien comienza a odiar necesita seguir odiando. Aumentar la dosis. “El odio es un borracho sentado en el fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”, afirmaba Charles Baudelaire (1821–1867), poeta francés celebre por su vida turbulenta y por ser uno de los precursores de la poesía moderna. Quien odia busca todo el tiempo nuevos destinatarios para su emoción violenta y convierte esa búsqueda incesante en una espiral ascendente. Necesita odiar más y más. Nunca odia lo suficiente. Es un adicto al que cada vez le importa menos el motivo de su furor, hasta el momento en que ya no necesita tenerlo. No es necesaria una razón. Se trata simplemente de odiar.

Muchas veces, o casi siempre, el motivo del odio no es objetivo, no hay afuera del odiador un argumento que lo justifique, porque el odio es la forma más acabada de la proyección, ese mecanismo de la mente por el cual se pone afuera, en otro o en otros, como si fueran pantallas, aquellos aspectos de uno mismo que no se aceptan, que se rechazan, que se temen. O que se odian. Es insoportable aceptarlos como propios, por lo tanto, le son adjudicados a otro, al odiado. “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros”, pensaba al respecto el premio Nobel de literatura Herman Hesse (1877-1942), escritor y ensayista alemán autor de El lobo estepario, Sidharta, El juego de los abalorios y otros clásicos. Por supuesto, quien odia nunca acepta esto, porque reconocerlo obligaría a mirarse a sí mismo en profundidad y con una sinceridad de la que carece, o a la que teme. Lo que más se odia (o a quien más se odia) suele ser justamente lo que más se teme (o a quien más se teme).

Quien odia sueña con destruir al objeto de su odio, pero generalmente no se atreve a enfrentarlo en igualdad de condiciones. Necesita hacerlo por detrás, insertado en una turba, o como líder de esta, pero nunca solo ni a la luz del día. Por eso para los grandes odiadores de hoy las redes sociales se convirtieron en un arma providencial, y vomitan en ella su bilis emocional oscura sin cesar, de modo diarreico. “El odio es la venganza de un cobarde intimidado”, definió el siempre cáustico y brillante dramaturgo irlandés George Bernard Shaw ((1856-1950), autor de Pigmalion, La profesión de la señora Warren y Casa de viudas, entre más de sesenta obras que le valieron ser el primer Nobel de literatura, en 1925.

El odio emponzoña las relaciones humanas, es un veneno para la convivencia, lleva a la superficie las pasiones y las pulsiones más bajas, y, cuando encarna en líderes, gobernantes y personas con poder, sus efectos pueden dejar en las sociedades heridas y grietas profundas, dolorosas y con ondas expansivas que se extienden en el tiempo. Los ejemplos indelebles que provee la historia muestran que para las consecuencias de las acciones y las palabras de quienes sienten no odiar lo suficiente, la reparación del daño requiere una energía y una templanza que lamentablemente se sustraen de mejores destinos y propósitos. No hay odio gratis, ni para quien odia ni para sus víctimas.

*Escritor y periodista.