Elogio de Wikipedia
Hubo un tiempo no muy lejano en que el conocimiento era una fortaleza infranqueable. Tenía murallas, llaves, guardianes y horarios de visita. Se accedía a él con credenciales implícitas: títulos, bibliotecas privadas, pertenencias institucionales. Las enciclopedias de papel pesaban tanto como el prestigio: había que saber dónde buscar, a quién creerle, y sobre todo aceptar que el saber venía ya cerrado, embalado, listo para ser consumido sin discusión. No se lo interrogaba: se lo citaba. No se lo disputaba: se lo heredaba. El conocimiento era una forma de autoridad antes que una práctica viva.
Entonces apareció Wikipedia, como aparecen siempre las cosas verdaderamente disruptivas: sin previo aviso y con un nombre que parecía provisorio. El 15 de enero de 2001 no se inauguró una enciclopedia: se abrió una grieta. Una falla en la arquitectura del saber que hasta ese momento parecía sólida, vertical y jerárquica. La posibilidad de que cualquiera escribiera una entrada y de que cualquiera la corrigiera fue leída por muchos como una amenaza. Y lo era, pero no al conocimiento en sí, sino a su administración. Wikipedia no nació para garantizar verdades, sino para exponer el proceso de construcción de esas verdades. Su gesto radical no fue decir “esto es así”, sino “esto está en discusión y seguirá estándolo”. Allí donde antes había conclusiones, aparecieron versiones. Donde había autoridad, apareció negociación.
En sus primeros doce meses, más de veinte mil artículos brotaron como hongos después de la lluvia. No eran perfectos, no eran definitivos, no eran elegantes. Eran algo mucho más incómodo: eran corregibles. Larry Sanger se fue, Jimmy Wales quedó, y el proyecto siguió adelante con la testarudez de las ideas que ya no pueden ser devueltas a la botella, porque crecieron tanto que ya no entran. Porque una vez que el saber se vuelve editable, nadie vuelve a creer del todo en las autoridades incuestionables. La sospecha se vuelve hábito, y el hábito se vuelve método.
Wikipedia es, en esencia, una obra literaria colectiva que finge ser otra cosa. Tiene narradores implícitos, puntos de vista en disputa, silencios estratégicos, conflictos mínimos, lagunas evidentes, contradicciones indisimulables. Tiene incluso algo de novela rusa: discusiones interminables en las páginas de debate, editores obsesivos, guerras diminutas por una coma, una fecha o un adjetivo mal colocado. Su verdadera trama no está en los artículos, sino en las fricciones que los producen. Y, como toda gran novela, está llena de errores que la vuelven humana.
Se la acusa de superficial, pero en realidad es brutalmente honesta. Muestra no solo lo que sabemos, sino también lo que ignoramos. Cada “cita requerida” es una confesión pública de fragilidad epistemológica. Cada artículo incompleto es un recordatorio de que el conocimiento no es un monumento, sino un andamio mal acomodado, del que podemos caernos en cualquier momento. Wikipedia no oculta sus costuras: las exhibe, las deja a la vista, como si dijera que saber es, ante todo, aceptar la precariedad.
Por eso incomoda tanto a ciertos escritores, académicos y críticos. Porque democratiza no solo el acceso al saber, sino también su forma. Porque rompe la ilusión de que existe una voz única autorizada para contar el mundo. Porque desacraliza el tono, mezcla registros, iguala estilos y deja que el conocimiento se escriba con una prosa a veces torpe, a veces brillante, casi siempre provisional. Porque se parece demasiado a la literatura contemporánea cuando deja de obedecer géneros, jerarquías y cánones consagrados.
No es casual que algunos de los libros más inquietantes de los últimos años se lean como entradas de Wikipedia poseídas por un demonio narrativo: datos reales empujados hasta el borde de la ficción, ciencia contaminada de imaginación, historia narrada como pesadilla lúcida. En un ecosistema literario sin Wikipedia –es decir, sin esa gimnasia mental de saltar entre fuentes, versiones y contradicciones–, ese tipo de escritura sería directamente impensable.
Y además, sin Wikipedia no existirían escritores como Benjamín Labatut.
También te puede interesar
-
Milito, el silencio y la necesidad de conectar
-
Sobra la nueva propuesta de bajar la edad de imputabilidad en la niñez
-
Inflación invisible: el IPC subestima el ajuste
-
El acuerdo con Estados Unidos es una bomba de tiempo en la OMC
-
La sanación
-
Poesía y reír
-
Mano única
-
La carrera es por poder
-
Carta abierta al Ministro de Economía