lecturas

Escribiviendo

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Todo arte es un recuerdo; aun las estéticas futuristas testimonian una producción del pasado respecto del presente fugaz, porque son constancia de la práctica ya realizada de su creador, y también lo es, desde luego, la memoria, que es un registro inmediato pero también falaz porque, transcurridos los años, ya no podemos saber si se corresponde con lo acontecido o ha sido transformado a lo largo de los años. Así, ya no sé si las imágenes de mi viejo, en el garaje, dándole vueltas a una manivela hasta encender el motor del auto responden a un hecho verdadero o a ese rompecabezas donde lo vivido se mezcla con lo adosado por las películas y los relatos. En todo caso, sí tengo un recuerdo más preciso de aquellos días de invierno, cuando la escarcha extendía su funda blanca sobre los techos de las casas suburbanas, esos días en los que, antes de poner el coche en marcha, había que oprimir un botón llamado cebador, que ponía a punto de encendido el motor.

Así también, mientras iba poniendo mi propio motor a la temperatura adecuada, perdí el tiempo viendo series medio pelo y películas atroces en Netflix, pero ya empezaba a arrancar mi año sabático, destinado a la lectura de los libros de mi biblioteca que no he leído y de los que no releí con la dedicación suficiente.

Comencé con una edición de La máquina del tiempo, de H.G. Wells, tapa dura, preciosos dibujitos infantoadolescentes y sin mención de traductor, proveniente de una colección de clásicos que compré en un kiosco a precio conveniente. Increíblemente, aunque la novela más gorda que escribí cierra con un viaje en el tiempo, en su momento no abrevé en esa fuente, y si bien la novela de Wells es débil argumentalmente, la información tecnocientífica y el progresivo incremento de la amenaza de catástrofe de la civilización futura funcionan a la perfección. En la búsqueda de nuevas lecturas y relecturas volví a pensar en La madriguera, el último cuento escrito por Kafka, y en los anaqueles descubrí ¡cuatro ediciones distintas de la Carta al padre!, e incluso una que se titula Cartas a los padres, lo que incluiría, suponemos, las que el joven Franz destinó a la lectura de la esposa de Hermann, casualmente su madre. Ya veremos. Y estaba a punto de kafkianizarme otra vez cuando me crucé con una preciosa pequeña edición que la editorial independiente Odelia dedicó a Las series de Uranio, la segunda novela de Soledad Olguin, que es una sutil, sosegada y estremecedora elaboración de la locura, con un manejo de los planos –invención, pesadilla, realidad– magistral. Uno aborda esa clase de libros secretos y se pregunta… no importa.

Una vez leído ese libro me acosté a dormir. No recuerdo nada del sueño, excepto que había alguien que abandonaba a un niño, lo dejaba solo y sentado frente a una mesa de bar, y cuando estaba a punto de irse, yo se lo señalo lleno de angustia, y el otro me contesta: “No importa. El enano sabe leer”. Entonces miro en dirección de la mesa. ¿Era un enano?