La gran pregunta que debe responder el Gobierno es si está o no en riesgo la dinámica que sostuvo hasta ahora su capital político: una economía evaluada negativamente, pero con una parte de la sociedad que cree que “por este camino vamos a estar mejor”. Históricamente, cuando las expectativas negativas superan a las positivas, aparece el punto de quiebre: el momento en que se deja de creer que el sacrificio tiene sentido.
La visita de Javier Milei a Estados Unidos en busca de inversiones vuelve a abrir una comparación inevitable con los años noventa. Menem, en su primer ciclo, podía mostrar un menú de activos públicos en venta, privatizaciones masivas y un clima internacional que favorecía la llegada de capital extranjero. Entre 1991 y 1995, la convertibilidad y la apertura generaron un flujo de inversión que sostuvo expectativas positivas y, con ellas, la aprobación presidencial. Era un ciclo expansivo, con ingreso de capitales y un relato económico que encontraba respaldo en la realidad.
La situación actual es muy distinta. Mientras Milei busca inversiones en Estados Unidos, la economía local vive un proceso de “nacionalización por abandono”: el capital extranjero se retira y el capital doméstico sostiene lo que queda. Los ataques a la industria nacional resultan contradictorios con esa realidad y parecen un intento de garantizarle al inversor extranjero que no tendrá competidores locales fuertes.
A diferencia de lo que ocurre con la inversión, la inflación fue –hasta ahora– el principal sostén político del Gobierno. La fuerte desaceleración inicial le dio a Milei crédito social. Pero ese ciclo empieza a mostrar señales amarillas. Con una inflación que dejó de bajar y se estabiliza muy por encima de lo esperado, los salarios pierden terreno y la sensación de alivio se diluye. Esa combinación es letal para las expectativas. Estas son el verdadero corazón del humor social: no es solo cuánto suben los precios, sino si la gente cree que el futuro será mejor que el presente. Y esa creencia depende de dos cosas: confiar en la palabra presidencial y poder llegar a fin de mes.
Hoy, según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 85% de los trabajadores padece algún nivel de vulnerabilidad alimentaria: saltean comidas, reducen porciones o bajan la calidad de su dieta. Cuando la alimentación se convierte en un problema, el malestar pasa a ser existencial. Y cuando la vida cotidiana se vuelve más difícil, la esperanza se debilita. Y cuando la esperanza se debilita, cae la aprobación presidencial.
La serie de opinión pública 2024-2026 muestra que el humor social argentino sigue una lógica implacable: primero caen los ingresos, luego las expectativas y finalmente la aprobación presidencial. Ese ciclo solo se interrumpió una vez, entre octubre y diciembre del año pasado, cuando intervino Donald Trump en la campaña de medio término y generó un shock político que impulsó artificialmente la aprobación de gestión y las expectativas. Pero la economía real –la capacidad de cubrir gastos, la vulnerabilidad alimentaria, el deterioro del ingreso laboral– no acompaña. Apenas se disipó el efecto electoral, la aprobación volvió a caer. Si Trump no hubiera intervenido, la trayectoria natural del Gobierno habría sido de deterioro continuo desde septiembre.
La comparación con Menem ilumina el dilema actual. El ciclo 91-95 fue expansivo: estabilidad , ingresos en alza, expectativas positivas y aprobación elevada. El ciclo 95-99 fue lo contrario: ingresos estancados, expectativas en caída y erosión progresiva de la legitimidad presidencial. Milei debe preguntarse qué ciclo está por transitar.
La política exterior puede abrir puertas y generar fotos. Pero la economía doméstica –la de la mesa de los hogares– es la que define la estabilidad de un gobierno. Y esa economía, hoy, no está acompañando.
*Consultor y analista político.