El temperamento que mostró Manuel Adorni en la conferencia de prensa que ofreció este miércoles en la Casa Rosada es producto de la inconsistencia argumentativa frente a las dudas que despiertan su patrimonio y el tipo y nivel de gastos que, a la luz de las denuncias, registra desde que llegó a la función pública.
Se puede alegar que los anuncios que hizo en el primer tramo de su presentación mediante la lectura de un texto, e incluso la cerrada defensa de Adorni a su libertad de gastar su dinero como le dé la gana forman parte de una estrategia de los responsables de la comunicación del Gobierno (estrategia que las crónicas adjudican al asesor Santiago Caputo).
Sin embargo, la irritabilidad, el talante agresivo y agitación general mostradas durante el intercambio con los periodistas hablan más de las debilidades de los argumentos de Adorni que de sus fortalezas.
Adorni se negó a responder las preguntas en el ámbito de la sala de prensa no porque, como adujo, sea la Justicia el lugar donde corresponda que lo haga. El jefe de Gabinete, es verdad, está siendo investigado por un fiscal federal. Pero nada se interpone entre Adorni y el expediente si su voluntad fuera transparentar los hechos. No solo no está obligado a guardar silencio. Todo lo que Adorni aclare será en beneficio de su defensa.
Sin embargo, no fue capaz de explicar ninguno de los hechos en los que está enredado, como podría haber hecho, por ejemplo, valiéndose del comprobante de pago del vuelo privado a Punta de Este junto a su familia, el fin de semana de Carnaval, o dando una justificación al departamento que habita en Caballito que no aparece en su declaración jurada. En este último caso apenas dejó abierta la posibilidad de que esa propiedad se sume a su próxima declaración de bienes.
Pero no es tarea del periodismo sugerirles a los funcionarios qué hacer frente a una investigación de la prensa ni mucho menos cómo comportarse en la función pública. En el caso que nos ocupa, es la lectura de la ley 25.188 de ética pública la que podría dar una idea.
Después de un verano glorioso, en el que consiguió una serie de victorias parlamentarias sin precedentes, entre las que se cuenta la flexibilización laboral, el Gobierno enfrenta dificultades derivadas de su programa económico.
El ajuste fiscal entró en su tercer año y el objetivo de desacelerar la inflación por la vía de restringir la emisión monetaria está teniendo un alto costo en materia de actividad, empleo e ingresos. Lo muestran día a día los indicadores oficiales: ayer el Indec informó que en enero los salarios registrados se ubicaron por debajo de la inflación por quinto mes consecutivo. Las encuestas empiezan a mostrar un alto grado de desaprobación.
La respuesta frente a este escenario resulta insuficiente. Ante la aceleración de la inflación, el ministro Luis Caputo se declaró frustrado la semana pasada en un foro en Córdoba, donde dijo que no podía forzar a la gente a tener pesos en el bolsillo y espera poder generar las condiciones “para que vuelva la confianza”.

Junto a otros ministros, Caputo estuvo este miércoles en la primera fila escuchando a Adorni. Curioso experimento el de su sobrino Santiago de rodear con la primera línea del Gobierno a un funcionario que solo proyecta negatividad.
Tampoco ha estado a la altura la respuesta del Presidente a los problemas.
En un diálogo con el periodista Carlos Pagni, su colega Martín Rodríguez Yebra afirmó este lunes, como se suponía, que el Gobierno accedió a la información que compromete seriamente al Presidente en la trama de la estafa cripto $Libra antes de que esta se filtrara de la Justicia.
Todo indica que el Gobierno sabía que ese explosivo le estallaría en las manos y decidió, responder, como podría decir Giuliano da Empoli, con el manual de los ingenieros del caos.
Enarbolando la bandera moral, el Presidente ha vuelto su versión original. Milei se enredó desde finales de febrero en una batalla contra los dueños de dos de las principales empresas del país en defensa de su política de apertura indiscriminada de importaciones (empresarios que no le respondieron). Los cuestionó incluso en una iniciativa en el exterior en busca de inversiones. Su discurso de apertura de sesiones del Congreso el 1º de marzo fue un sinfín de descalificaciones a la oposición kirchnerista (a la que insufló algo de vida). Desde hace días es incesante su actividad en las redes, mezclado en debates infructuosos, en muchos casos con anónimos.
A la difícil situación que atraviesa la sociedad, con una economía que solo alienta a los sectores extractivos, aceleración de la inflación, pérdida de empleo y caída del salario, se suman sospechas de corrupción en el vértice del poder, y el Gobierno ha decidido hacerles frente mostrando los dientes.
Es una apuesta de riesgo: el Gobierno se expone a una nueva prueba a la tolerancia de la gente. La actuación de Manuel Adorni frente a la sala de periodistas de la Casa Rosada no parece la respuesta más adecuada a la situación en la que se encuentra. Los hechos, como se sabe, son obstinados.
ML