SOCIEDAD
24 de marzo de 1976

El Messidor, la jaula de oro de Isabel Perón

El primer lugar de detención de María Estela Martínez de Perón es el spot turístico de lujo más famoso de Neuquén. Comprado con fondos de la Dirección Nacional de Turismo, es de uso exclusivo del gobernador y no puede visitarse. Cómo fue la estadía forzosa de la presidenta derrocada.

Residencia Messidor, en Neuquén
Residencia Messidor, en Neuquén | CeDoc

El punto turístico más famoso de Neuquén es un castillo que no es castillo ni tampoco está abierto al turismo, ya que desde que existe los viajeros jamás pudieron visitarlo, pese a que es uno de los spots más exquisitos del turismo patagónico.

El “castillo” Messidor es la exclusiva residencia de verano del gobernador de la provincia. Sólo él puede disponer quiénes serán sus invitados de lujo. Así fue como sólo el dictador paraguayo Alfredo Stoessner, el Rey Juan Carlos I de España, el emperador Hirohito de Japón, Raúl Alfonsín, la reina de Países Bajos —Máxima Zorreguieta— y algunos pocos más tuvieron el privilegio de ser sus huéspedes.

María Julia Alsogaray se moría de ganas de ir, pero Jorge Sobisch no la invitó. En octubre de 1997, alojar a Bill Clinton era una buena carta diplomática provincial, pero él y Hillary privilegiaron el Llao Llao, en Bariloche, Río Negro.

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Cuando Pedro Salvatori era gobernador y el menemismo transitaba la primera presidencia, Carlos Menem se recluyó ahí para “recuperarse” de “la picadura de la avispa” que le había hinchado la cara, en mayo de 1990. Amigos son los amigos.

Residencia Messidor, en Neuquén
Juan Domingo Perón e Isabel Martínez de Perón

Y desde luego, el 24 de marzo de 1976, hace 50 años, tras el golpe militar, el “castillo” Messidor volvió a los titulares.

¿Cómo se llegó a este estado de cosas? Es una larga historia, que nos lleva a los locos años 30.

El Messidor

Dispuesta a convertir las bellezas de la Patagonia argentina en destino turístico, la Administración de Parques Nacionales no dudó en lotear el territorio para fomentar la urbanización y acercar a ricos y extranjeros a lo mejor que el país tenía para ofrecerles: sus paisajes, pero sobre todo, aguas cristalinas, bosques vírgenes y suelos de oro.

Con ese propósito, el primer presidente de PN, Exequiel Bustillo, autorizó en 1936, la construcción del Hotel Llao Llao en Bariloche, obra que quedó en manos de su propio hermano, el arquitecto Alejandro Bustillo.

Envalentonado con el resultado alentador, el organismo ofertó varias parcelas más. Una en particular haría historia: la “pastoril n° 9”, de 32 hectáreas, también al borde de las aguas frías del Nahuel Huapi, pero esta vez en Neuquén (propietaria del 80% del lago), sobre la península Quetrihue, entre el murallón del acantilado y el muelle de la Bahía Mansa.

Isabelita iba cortando algunas flores a su paso y luego las arrojaba al lago, repitiendo —según el diario El País—: "Una por mí, otra por el pueblo argentino

Y esta vez también todo quedó en familia: la oferta ganadora fue la de la aristócrata Sara Madero Unzué de Demaría Sala, mujer de un envidiable superávit patrimonial, ya que era dueña de la estancia pampeana La Merced, en Trenque Lauquen, y prima hermana de los Bustillo.

Al principio, su esposo José Demaría Sala no la vio tanto como ella, pero al fin aceptó el compromiso contractual de edificar y urbanizar la lejana Villa La Angostura, en un plazo máximo de 5 años. Urgido por sacarse de encima el trámite, mandó a hacer una cabañita de troncos casi junto del agua y eligió como casero a un inmigrante húngaro, Alberto Bernas.

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La muerte de su suegro cambió todo y aceleró el nacimiento del Messidor, la residencia principal que hoy se conoce como la primera jaula de oro que cobijó a "Isabelita" la viuda de Juan Domingo Perón, la primera presidente mujer que tuvo Argentina, cuando fue destituida de su cargo por el golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Ironías del destino, si hay algo que revolvería los vapuleados restos de la segunda esposa de Perón era que un peronista tuviera que concederle algo a los oligarcas para no dormir sobre un camastro de campaña.

Residencia Messidor, en Neuquén
Castillo Messidor, en Villa La Angostura

Pero volvamos a donde estábamos antes de saltar 37 años en la historia: el Llao Llao.

La obra de Alejandro Bustillo se había inaugurado en febrero de 1938, apenas un año antes de que Sarita comprara el lote Pastoril 9. De la noche a la mañana, un incendio voraz había consumido buena parte del hotel más famoso de Río Negro. Aterrada de que sucediera lo mismo con su soñado manoir, la casa de campo de estilo francés en la que pasaría las vacaciones en el sur, durante tres años le taladró los oídos a su primo, prohibiéndole que usara las lengas, radales y ñires que el bosque patagónico les regalaba sin límites.

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Obediente, Alejandro Bustillo partió del diseño de la casa del Doctor Schutz en San Isidro, Buenos Aires, y teniendo en mente las típicas casas de campo francesas y la arquitectura suiza alpina, jugó con formas geométricas en dos plantas —la superior para los dormitorios en suite—, una biblioteca circular, torres cilíndricas coronadas por techos cónicos y un sótano, hasta finalizar una residencia imponente, con mucha menos madera de la que hubiera deseado.

Aunque las voces populares lo bauticen “castillo” no tiene nada de medieval, ni siquiera muralla fortificada, puente levadizo, ni fosa de agua.

Bustillo cimentó con piedra la estructura interna, forró de granito labrado las paredes, y reservó la lenga para el piso y el ciprés traído de Bariloche para algunos revestimientos internos. El pícaro hizo pasar por techo de pizarra gris el que hizo armar con tejas cortadas en madera de abeto.

Residencia Messidor, en Neuquén
Castillo Messidor: Máxima Zorreguieta también fue invitada por la Gobernación de Neuquén

Pedro Longaretti, el contructor, bajó la bandera de largada el 28 de febrero de 1940 y firmó el fin de obra en diciembre de 1942. Sarita estaba feliz con su Messidor, nombre que eligió para recordar el mes en que el trigo florece en Francia; es decir, sería una muy poco feliz traducción de “mois d’or”.

Lo único que alteraba su rutina de llanto cotidiano era la lectura de novelas de Morris West, los rezos interminables y algunos frecuentes rituales “espirituales”, como el de encender velas

En 1954, los políticos neuquinos cayeron en la cuenta de que necesitaban potenciar el turismo provincial, pero Elías y Felipe Sapag no coincidían en la oportunidad de sumar ese gasto a las arcas neuquinas.

Hasta que diez años después, el 10 de abril de 1964, el senador Francisco Capraro (Movimiento Popular Neuquino) presentó por escrito en la Dirección Nacional de Turismo (a cargo de José Grayzabal) la propuesta de comprar Messidor, con un préstamo para la adquisición de la propiedad.

Felipe Sapag era el gobernador y gestionó ante la Legislatura Provincial la aprobación de una partida del presupuesto anual para concretar la operación, respaldada por la promulgación de la Ley 338/64, de promoción turística. El 23 de diciembre, el Gobierno provincial firmó la escritura de compra a cambio de $17 millones.

Messidor, prisión de lujo

Cuando María Estela Martínez de Perón fue confinada allí durante siete largos meses, antes de ser trasladada a la Base Naval de Azul, durmió en una de las siete habitaciones principales (tres son matrimoniales, cuatro simples y algunas de ellas en suite), que aún conservaba la cama, el ropero y las mesitas de luz originales. En otra, su inseparable mucama, Rosario. Y por el resto de los dormitorios se turnaban los 300 efectivos militares que la vigilaban mañana, tarde y noche.

Su aislamiento era tan inmenso como crepuscular su estado de ánimo. Sus dos perros caniches, Rosario, algún médico o un agente de inteligencia militar que la sometía a interrogatorios vanos eran casi lo único que alteraba su rutina de llanto cotidiano, lectura de novelas policiales (El abogado del diablo y Las sandalias del pescador, de Morris West estaban entre su favoritas), los rezos interminables y algunos frecuentes rituales “espirituales”, como el de encender velas.

Iba poco a la inmensa terraza de la planta alta y los custodios militares casi no le dirigían la palabra. No había teléfono ni televisor. Los primeros meses tampoco le compraban diarios y, desde afuera, todo lo que sucedía allí era puro misterio; las cortinas cerradas aislaban cualquier esperanza de pispear por las ventanas.

Residencia Messidor, en Neuquén
En la planta baja, salón de estar, living y comedor; en la planta alta, 7 cuartos y terraza; además biblioteca, sótano y jardines

Se alimentaba de sopas, carne asada o hervida, té y café, dentro de las escasas opciones de la dieta militar que le imponían durante su “prisión de alta vigilancia encubierta”. La lucha cotidiana de Rosario era hacerla probar bocado.

Con el tiempo, le autorizaron hacer caminatas por la enorme alfombra verde del parque, siempre custodiada. Como la Ofelia de Hamlet, iba cortando algunas flores a su paso y luego las arrojaba al lago, repitiendo —según el diario El País—: “Una por mí, otra por el pueblo argentino”.

Con el mismo sigilo con el que llegó en avión militar se la llevaron a la provincia de Buenos Aires, a fines de 1976, para hacerle sentir ahí sí, más que nunca, que era una presa a disposición de la Marina y que se acababan los privilegios de exmandataria.

De la base de Azul fue trasladada a una residencia de San Vicente y luego a Madrid, en julio de 1981, en donde vive hasta hoy. Pasó 5 años, 3 meses y 11 días detenida; pero nunca se le inició una causa judicial que desembocara en un juicio esclarecedor.

ML