INTERNACIONAL
A 50 años del golpe militar

Luis Moreno Ocampo: "Argentina demostró que para protegerse del terrorismo se necesita justicia, no guerra"

El exfiscal reflexiona sobre el valor del "Nunca Más" argentino frente a la escalada bélica mundial. En una charla con PERFIL, advierte sobre el regreso de la guerra como herramienta para resolver conflictos frente a la falta de reglas efectivas.

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Luis Moreno Ocampo | CeDoc

Luis Moreno Ocampo piensa la Justicia internacional como un "wifi global" con señal intermitente: hay países que logran conectarse y otros que quedan fuera de línea. "El problema no es el teléfono, sino la conexión", resume. No es una cuestión de normas —las reglas existen— sino de quién está dispuesto a someterse a ellas. En ese mapa desigual, donde las grandes potencias resisten cualquier límite a su poder, la guerra volvió a imponerse en el siglo XXI como método para resolver conflictos.

En ese escenario —marcado por la fragmentación del orden internacional, guerras a gran escala y riesgo nuclear—, el método que Argentina desarrolló para enfrentar la violencia política de los años 70 vuelve a cobrar relevancia. A 50 años del golpe militar, el exfiscal del Juicio a las Juntas y primer fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI) ubica al país como un caso excepcional: logró enfrentar el terrorismo de Estado sin recurrir a la lógica del enemigo (que supone su "eliminación" sin garantías), sino a través de un consenso político que derivó en un método nuevo —el histórico juicio a la cúpula militar de 1985— y sentó las bases de la convivencia democrática.

"Argentina demostró que se puede enfrentar el pasado con justicia, no con venganza", reflexiona en una entrevista con PERFIL dividida en dos partes: una centrada en la experiencia argentina a 50 años del golpe militar y otra en su lectura del escenario global.

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En lugar de guerra interna, juicio. En lugar de venganza, justicia. Para Moreno Ocampo, esa experiencia no solo ordenó el pasado, sino que sentó un precedente que décadas más tarde daría forma al primer intento de construir ese "wifi mundial" de rendición de cuentas: la Corte Penal Internacional (CPI). Sin embargo, mientras ese modelo existe, el mundo parece moverse en dirección contraria.

De Afganistán e Irak a Ucrania, Gaza e Irán, Moreno Ocampo advierte que la guerra es el "crimen madre" que habilita todos los demás. Frente a una violencia que volvió a instalarse como respuesta al terrorismo y a las disputas entre actores globales, las potencias repiten un modelo inviable. La escalada entre Irán e Israel, con Estados Unidos como actor central, revive una lógica que no solo fracasa, sino que "multiplica" el problema.

"La forma de proteger a un país contra grupos terroristas", dice al analizar la coyuntura internacional, "no es la guerra —que genera más violencia—, sino la justicia. Y esa es la lección que deja la experiencia argentina". En un escenario atravesado por armas nucleares, conquista territorial y tecnología avanzada utilizada para la guerra, la advertencia es más profunda: seguir por ese camino puede empujar al sistema internacional hacia una nueva catástrofe y "devolvernos a las cavernas".

Entrevista a Luis Moreno Ocampo, a 50 años del golpe militar

—A 50 años del último golpe militar y pensando en las nuevas generaciones, ¿qué nos falta comprender de ese proceso?

—Los mismos argentinos que durante los 70 aceptaban la violencia política y el golpe de Estado aprendieron a vivir en democracia, en una comunidad con personas que piensan diferente y donde no hay enemigos.

Antes del golpe militar lo que hoy llamamos la brecha política se dirimía a balazos. Había grupos guerrilleros —peronistas y no peronistas— que querían imponer sus ideas a través de las armas, asesinaron al Secretario General de la CGT, y desde el Ministerio de Desarrollo Social, López Rega organizó la Triple A. Era una democracia con sectores muy violentos que no aceptaban convivir con otros y cuyo gobierno no sabía cómo enfrentar la violencia.

El gobierno democrático no tenía una estrategia ni herramientas para enfrentar la violencia de la época y le pidió a los militares que se hicieran cargo de la lucha contra la guerrilla. El golpe del 76 propone terminar con la "subversión" y también con la corrupción e inflación. Hoy hemos superado la violencia de la derecha, pero la inflación y la corrupción siguen siendo un problema. Hay temas que siguen sin resolverse.

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—Y de esa herencia, ¿qué seguimos arrastrando hoy? Más allá de la inflación: leyes o decisiones de la dictadura —como la desregulación del sistema financiero— que todavía pesan.

—Sí. La deuda externa se había disparado en los 70 y se multiplicó por casi tres durante la dictadura. Se usó en gran parte para financiar armas para la guerra de Malvinas y estuvo atravesada por hechos de corrupción que nunca se investigaron a fondo. El gobierno militar terminó con inflación, endeudamiento, corrupción y, además, una masacre secreta. Todo eso dentro de un modelo de censura absoluta y que requirió subordinación a las políticas del régimen.

Por eso fue tan importante lo que pasó en 1983. La gente apoyó la campaña presidencial de Alfonsín, que propuso algo épico: investigar el pasado. Ganó la elección y luego como presidente logró que todos los partidos políticos, incluyendo los libertarios de la época, dirigidos por Álvaro Alsogaray, apoyan la decisión de investigar el pasado. Esa es la gran enseñanza: cómo construir acuerdos en la diferencia. Y es algo que todavía hoy nos cuesta.

La Argentina de 1983 y 1985 es una enseñanza para el mundo. Demostró que se puede enfrentar el pasado con justicia, no con venganza", Luis Moreno Ocampo.

—Si miramos el mundo actual, en comparación con los años 70 y el rol de Estados Unidos, ¿qué paralelismos ves?

—En los 70, Argentina estaba dentro de la lógica de la Guerra Fría: Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban de forma indirecta. Los soviéticos usaban guerrilleros de Cuba, los Estados Unidos usaban ejércitos de América Latina. Ese esquema hoy ya no existe, pero hay riesgos de volver a dinámicas similares, por ejemplo con la política de Donald Trump de usar la guerra contra el narcotráfico.

El gran problema es cuando los militares deciden que los ciudadanos de su propio país pueden ser considerados enemigos a los que se puede encarcelar y matar sin juicio. Esa idea fue discutida en la Escuela de Guerra desde 1960: se habilitó la lógica de eliminar al otro. Desde su implementación en 1976 los argentinos no tuvieron más derechos ni garantías. Si era un enemigo, o si cuestionaba la política del régimen, se lo podía matar sin juicio.

Se trata de un problema de método: hay dos formas de enfrentar la violencia. Una es tratar al violento como enemigo y eliminarlo. La otra es investigarlo y juzgarlo, respetando sus derechos. En 1985, Argentina hizo esto último: les dio a los militares lo que ellos no habían dado a sus víctimas: un juicio justo.

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Los comandantes de la última dictadura militar fueron juzgados en un proceso inédito que reemplazó la lógica de la venganza por la justicia, un modelo que —según Moreno Ocampo— aún hoy el mundo no logra replicar

—¿Estamos hablando de individuos de unidades políticas (Estados-Nación)?

—Es muy claro que cuando el nacionalismo y el militarismo se combinan, generan guerras. Eso fue lo que llevó a la Segunda Guerra Mundial: el nacionalismo y el militarismo alemán provocaron respuestas de Gran Bretaña, Francia, Japón y Rusia, y terminaron desatando el conflicto.

A principios del siglo XXI eso había desaparecido: no había guerras entre Estados. Pero el 11 de septiembre marcó un quiebre. Ese mismo día, [el expresidente estadounidense, George W.] Bush decidió transformar a [Osama] Bin Laden, que hasta entonces era un criminal que debía ser juzgado, en un enemigo militar. En lugar de investigarlo, lanzó una guerra en Afganistán contra los talibanes.

El resultado fue que Bin Laden escapó y vivió muchos años más, y además Estados Unidos perdió la guerra. Lo mismo pasó antes en Vietnam y después en Irak, donde terminó fortaleciendo a sectores aliados de Irán. Entonces, cada vez que Estados Unidos entra en estas guerras, las pierde. Y, sin embargo, por distintas razones, no logra aprender de esa experiencia.

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—¿Estamos viendo algo de esas ideologías en la guerra en Medio Oriente?

—Sí. Cuando aparecen proyectos que buscan excluir o eliminar al otro, cuando se plantea la exterminación del enemigo como única forma, eso inevitablemente lleva a la guerra. Hamas propone que Palestina abarque desde el Mediterraneo al río Jordán e Israel lo contrario. Son lógicas de eliminación del otro, y esto es guerra. No funcionó en el pasado y tampoco va a funcionar ahora. Después de más de 60 mil muertos y dos millones de palestinos hambreados, bombardeados y desplazados, Hamas sigue en el poder en Gaza.

La forma de proteger a un país contra grupos terroristas no es la guerra, sino la justicia. Esa es la lección que deja la experiencia argentina. En Argentina lo entendimos. Incluso hoy, más allá de las diferencias políticas, la justicia para investigar crímenes masivos es el método apoyado por todos los partidos. Javier Milei utiliza la expresión de Strassera “Nunca Mas” [NdR: Julio Strassera fue el fiscal que lideró la acusación en el Juicio a las Juntas militares en Argentina] en su propuesta para investigar los crímenes cometidos por los grupos guerrilleros, basada en el Juicio a las Juntas y la CONADEP.

—El presidente Milei volvió a plantear la necesidad de juzgar a los exmiembros de organizaciones armadas tomando como referencia el Juicio a las Juntas. ¿Estás de acuerdo con esa lectura?

—A mí me parece que tratar a los violentos como personas a las que hay que investigar y juzgar está bien, es correcto. Si hay casos, hay que investigarlos y juzgarlos. Esa es justamente la idea: que a la violencia la enfrenta la justicia y no la guerra. Hay un tema técnico: la Corte Suprema argentina afirmó que los crímenes de lesa humanidad que impiden la prescripción sólo se puede cometer desde el Estado. La CPI afirma que también lo cometen las milicias y grupos terroristas.

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Luis Moreno Ocampo: "La guerra volvió como herramienta para resolver conflictos"

—¿Creés que la sociedad argentina realmente necesita ese debate, más allá de la lectura política que pueda haber?

—Cuando hay una masacre como la que vivimos en Argentina, hay mucha gente lastimada. Hay víctimas de la guerrilla, víctimas del terrorismo de Estado. Es normal que haya miradas distintas sobre eso. Por suerte, logramos terminar con la idea de la venganza y pasar a la justicia.

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—¿Fue un error el ataque de EE.UU. a Irán?

—Cualquier guerra es un error. Si querías controlar los crímenes de [Nicolás] Maduro, hay que dejar que la Corte Penal Internacional haga su trabajo. Ya lo estaba investigando. Si querías terminar con crímenes cometidos por el gobierno de Irán, hacía falta una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que envíe el caso a la CPI.

Lo que no estamos viendo es que, frente a regímenes que cometen crímenes masivos, el mecanismo de control es la CPI, que existe justamente para juzgar a individuos por crímenes graves como genocidio, crimenes de lesa humanidad o crímenes de guerra, cuando los Estados no actúan. Es el único organismo internacional que actúa con independencia y que no castigan a la gente, como las sanciones internacionales unilaterales, sino a los líderes. Pero Trump ataca a la Corte porque no quiere que se investiguen las guerras que él ordena.

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¿Cuál es el método para enfrentar a los violentos? ¿La guerra o la justicia? El problema es el modelo. La guerra como solución al conflicto no es algo de Donald Trump: viene de antes. Bush impulsó las guerras en Afganistán e Irak —la de Irak sin justificación y la de Afganistán muy errónea—, pero en realidad ninguna guerra se justifica.

Después, [Barack] Obama quiso cambiar el régimen de Bashar al Assad en Siria y terminó alimentando una guerra: apoyó milicias que, en algunos casos, estaban vinculadas a Al-Qaeda. Y, de hecho, el líder de Al-Qaeda en Siria es quien gobierna hoy, con apoyo de Estados Unidos y Europa. Entramos en una lógica de locura: no aprendemos y seguimos repitiendo el modelo de guerra que no funciona.

—¿Se trata de un caso de guerra subsidiaria, indirecta, como ocurre con Rusia?

—En parte sí. Yo viví el momento de mayor consenso global, que fue en 2011, cuando todos los miembros del Consejo de Seguridad —Estados Unidos, China, Rusia, entre otros— me pidieron que como Fiscal de la CPI investigara a Muamar Gaddafi [NdR: líder de Libia 1969-2011].

Rusia entendió que no era solo un tema humanitario, sino que también afectaba sus propios intereses —sus bases, su influencia—. Ahí se rompió ese consenso. Y ese fue el inicio de una nueva etapa de confrontación.

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Guerra en Medio Oriente: una lógica que, según Moreno Ocampo, agrava los conflictos en lugar de resolverlos

—¿Ese fue el punto en el que se rompió el consenso global?

—Sí. A partir de ahí entramos en una dinámica distinta. Desde ese momento Europa planifica una guerra con Rusia y Estados Unidos con China. Esa es la visión y se asignan enormes partidas presupuestarias para eso.

No aprendemos. Las guerras generan más violencia. Un general de los Estados Unidos desarrolló un concepto que lo explica muy bien, la “matemática de la insurgencia”. 10-2=20. Explicó: “Hay 10 terroristas, matamos a dos, ¿Cuántos quedan? Veinte, porque la familia y los amigos buscan venganza". Ese modelo no funciona, pero se sigue repitiendo.

—¿Cómo se conecta con el escenario actual?

—Desde el 11 de septiembre, la guerra volvió como herramienta para resolver conflictos. Primero contra Afganistán, Irak y después Siria, Ucrania, Israel, Gaza, Líbano, Venezuela e Irán marcan ese regreso. La Unión Europea, que había sido construida justamente para evitar guerras entre Estados y promovió la CPI, hoy planifica y presupuesta la guerra con Rusia.

Desde mi cargo de Fiscal de la CPI fui testigo del retorno a una dinámica global de confrontación: Rusia se sintió cercada por los planes de expandir la OTAN a Georgia y Ucrania. Estados Unidos empujó esa estrategia, y terminó en la invasión a Ucrania. Entonces hoy predominan lógicas de enfrentamiento y no de cooperación. Y ese problema es global, pero también influencia a países como Argentina, y nos puede retornar a nuestro pasado violento.

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—Volviendo a esta idea de la “matemática de la insurgencia” y la tensión entre justicia y venganza: ¿cómo analizás los crímenes de guerra en la actualidad, en Israel, Gaza y, recientemente, en una escuela de Irán?

—El punto es que si hay guerra, el crimen “madre”, siempre habrá crímenes de guerra. Las Convenciones de Ginebra son aspiraciones, nunca se cumplen perfectamente. Por eso, lo que hay que hacer es evitar las guerras, todas las guerras. No cumplen ningún objetivo razonable.

La guerra es un modelo que la humanidad utiliza desde hace miles de años. Pero antes se peleaba con espadas y flechas. En un mundo con bombas atómicas y ciberataques que pueden paralizar a un país entero, ya no es un mecanismo viable para resolver conflictos. [Albert] Einstein decía que no sabía cómo sería la tercera guerra mundial, pero que la cuarta sería con palos y piedras. Y eso es lo que estamos viendo: Europa preparándose para una guerra con Rusia y Estados Unidos con China. Es una lógica que nos puede llevar al colapso.

Por eso necesitamos que los países del sur no solo protesten, sino que lideren soluciones. Sudáfrica lo hizo cuando llevó el caso de Israel a la Corte Internacional. También necesitamos construir otros mecanismos. La CPI debe ser la primera gran reforma internacional, no la última.

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—Respecto al rol actual de Estados Unidos: con esta nueva doctrina de Seguridad Nacional que vuelve a poner el foco en América Latina, ¿qué cambia frente a la de la Guerra Fría?

—En Estados Unidos hay algo histórico: se pensaron siempre como un sistema que rechaza lo extranjero. No es un tema de republicanos o demócratas, es estructural. Hay una frase que lo resume: “Está el pueblo americano, el gobierno americano y Dios; nada entre Dios y el gobierno americano”.

Después del fin de la Guerra Fría, Estados Unidos pasó a verse como un poder unipolar, con la idea de ordenar el mundo como un imperio, casi como Roma. Lo que cambia con Trump es que lo lleva a un nivel más agresivo. Él entiende que Estados Unidos perdió la guerra comercial con China, pero mantiene su superioridad militar y se apoya en eso, junto con el desarrollo de la inteligencia artificial.

Esta es la crisis de fondo: una pelea entre un modelo imperial —donde Estados Unidos busca ser un poder único— y un sistema de cooperación en redes.

Frente a eso, a comienzos del siglo XXI, europeos, sudamericanos y africanos impulsaron la CPI como un límite a esa lógica. Hoy tenés un Estados Unidos muy lanzado a la guerra. ¿Cuánto va a durar? Hasta que haya muertes de estadounidenses o la bolsa caiga demasiado.

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—Pensando en escenarios como Gaza o Ucrania, ¿qué lección del Nunca Más puede servir?

—La violencia se enfrenta con justicia, no con la guerra. El 8 de octubre de 2023 todo el mundo estaba de acuerdo en la barbaridad que había hecho Hamas. Pero cuando la respuesta de Israel fue bombardear y hambrear a dos millones de personas en Gaza, se produjo una reacción contra Israel. Lo peor es que la masacre no ha cambiado la situación en Gaza, donde Hamas sigue gobernando.

Hamas es una forma de crimen organizado, para controlarlo hay que ahogarlo financieramente. Hay información sobre redes de financiamiento en Turquía que permiten a Hamas armarse que no son investigadas ni desarticuladas. Pero Estados Unidos levanta sanciones por la colaboración de Turquía en el acuerdo por la liberación de los rehenes. Para proteger a Israel hay que hacer buenas investigaciones financieras, no atacar indiscriminadamente a la gente.

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—¿Qué revela el funcionamiento del Consejo de Seguridad sobre los límites del orden internacional actual?

—Naciones Unidas fue pensada en 1945 para terminar con el colonialismo, respetar la soberanía de los Estados y para evitar nuevas guerras. Este tema de seguridad quedó en manos de cinco países —Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña— que tienen el poder de vetar las resoluciones que no les gustan. Cuando Rusia veta la orden de abandonar Ucrania o Estados Unidos la de que Israel debe cesar el fuego, están aplicando la Carta de las Naciones Unidas que les da esa autoridad. El fracaso del Consejo de Seguridad para terminar con la guerra es el fracaso de esos países que utilizan su poder de veto para hacer la guerra.

Ese límite muestra que hay que mejorar el modelo. Y una forma de hacerlo fue la CPI, el primer organismo independiente, que no recibe instrucciones del Consejo de Seguridad. Pero eso es relativamente reciente: es de 2003. Yo estaba dando una clase en Harvard cuando me nombraron fiscal de la CPI. Ese mismo año [Mark] Zuckerberg salió de Harvard y creó Facebook. Después vinieron Youtube, Instagram, TikTok, y todo lo podemos manejar desde los iPhone. La velocidad en la innovación en tecnología no es acompañada por innovación institucional. La CPI es la última gran innovación en materia de orden mundial.

Ataque israelí contra la ciudad de Gaza 30012026
Para Moreno Ocampo, la guerra como herramienta para resolver conflictos no solo fracasa, sino que habilita nuevas violencias

—¿La CPI entonces quedó desactualizada?

—El problema es que la CPI depende de los Estados que son parte para implementar sus decisiones en sus territorios, por eso Putin y Netanyahu no viajan a Europa o a la Argentina. Pero los que no son miembros, como Estados Unidos o Rusia, no solo no hacen nada sino que sancionan a los jueces. Es como si no existiera cobertura de wifi (NdR: metáfora de la Corte Penal como un “wifi mundial”) en ciertos países: el problema no es “el teléfono” sino la conexión.

—¿Y hubo algún conflicto reciente que haya roto ese “wifi mundial”?

—En realidad nunca existió del todo. La ONU creó un sistema basado en “wifi nacionales”, y el Tratado de Roma lo que hizo fue conectarlos a través de la Corte Penal Internacional, como un puente entre sistemas. En la práctica, quienes buscan protección se integran a ese “wifi mundial”, como los ucranianos o los palestinos. Las grandes potencias, en cambio, se resisten porque no quieren límites a su poder.

—¿Y qué nos dice eso del orden mundial? ¿Sigue en una lógica donde los países débiles necesitan las normas internacionales, pero los más poderosos las modifican según su conveniencia?

—Hay un modelo nuevo de justicia emergiendo, que coexiste con el viejo modelo de la guerra que también funciona. Hay avances, pero son muy complejos y lentos. La CPI existe, aunque muchos pensaban que no iba a sobrevivir. No les gusta, la atacan, pero no la pueden eliminar.

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—¿Qué salida hay de este nudo?

—Yo soy optimista. Tenemos que utilizar las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, para hacer más eficiente el orden global sin cambiar las leyes. Podemos ayudar a las policías nacionales a enfrentar el terrorismo o el crimen organizado. La solución no va a venir solo de la política y de la cooperación global, sino de las iniciativas privadas. No todo depende de los gobiernos o los políticos. Un ejemplo es la película Argentina 1985, que reforzó el impacto del Juicio a las Juntas y fue el esfuerzo de guionistas, productores y actores.

—Para cerrar, ¿qué enseñanza deja la experiencia de la dictadura argentina a un mundo atravesado por estos conflictos?

—Argentina tiene experiencia en cómo enfrentar la violencia. A nivel regional, Argentina tiene que apostar a la cooperación internacional. Hay que conservar América Latina como un santuario de la paz. Desde hace décadas no hay guerras en la región. Tenemos que enfrentar el crimen organizado, que es la principal forma de violencia en la región que impide el desarrollo y la justicia social. Y ahí hay mucho para hacer. Entonces, empecemos por ahí. Construyamos un modelo latinoamericano para enfrentar ese problema y después proyectarlo al mundo.

La Argentina logró acuerdos políticos y puso bajo la justicia a los violentos, fueran Firmenich, Lépez Rega, Massera o Videla. Esa es la enseñanza argentina que hay que exportar. Hoy el mundo está volviendo a la lógica de la guerra para resolver conflictos, y eso nos puede llevar a una catástrofe. Como alertó Einstein, podemos volver a las cavernas.

ML