Desde hace más de una década, el tema recurrente de esta columna ha sido la necesidad de abordar con seriedad la Cuarta Revolución Industrial. Es urgente adoptar medidas para que esta transformación –la más profunda desde el origen de nuestra especie– se ayude a nuestro desarrollo y no nos destruya.
Hace 40 años, Ray Kurzweil (fundador de Singularity University) y otros autores anticiparon la llegada de la Singularidad, el momento en el que nuestra especie mutará de forma definitiva. Paralelamente, estudios de Oxford y el MIT señalaron que la velocidad del crecimiento del conocimiento se acelera de manera exponencial, advirtiendo que, en un horizonte de 10 a 15 años, hasta el 70% de los empleos actuales podrían desaparecer.
Lecciones de la historia
Históricamente, los grandes cambios tecnológicos crearon más puestos de trabajo de los que destruyeron. Durante la Revolución Industrial, los luditas intentaron detener el cambio destruyendo máquinas para regresar a los talleres artesanales, pero el avance resultó imparable. Hoy, sus descendientes ideológicos sobreviven en grupos marginales como los Amish o los menonitas, pero el mundo entero se mueve gracias a los inventos que intentaron frenar.
En el mes de febrero pasado circuló un informe del Citrini Research Center y un texto de Matt Schumer que coinciden en prever un colapso del empleo cualificado para 2028. El anuncio generó tal volatilidad que el Dow Jones se desplomó más de 800 puntos en una sola sesión.
La aceleración de la IA. Schumer, ejecutivo de Otherside AI, sostiene que, aunque las advertencias actuales parezcan exageradas, el cambio es inminente. Destaca que los nuevos modelos (como GPT-5.3 Codex) ya muestran indicios de “gusto” o “juicio” en la toma de decisiones, algo que se consideraba imposible.
Lo más disruptivo es que la IA se utiliza para escribir el código de sus propias versiones futuras, aprendiendo así a programarse a sí misma. Su capacidad para optimizar sus nuevas versiones se desarrolla a una velocidad que supera por completo la comprensión humana.
La crisis del “cuello blanco”
Hasta hace poco, algunos creían que solo los trabajos rutinarios estaban en riesgo, pero la realidad es distinta. El Informe Citrini plantea un “momento de ruptura” para 2028, año en que la automatización desmantelará empleos de “cuello blanco”, tales como analistas financieros y banqueros de inversión, auditores y ejecutivos de cuenta, desarrolladores de software de alto nivel.
Aunque se esperaba que esto ocurra en décadas, el horizonte se redujo a un margen de uno a tres años, porque todo el conocimiento tecnológico de la humanidad se está duplicando actualmente cada 12 días y cada vez los hará en menos tiempo. Las empresas podrán reducir sus plantillas altamente cualificadas en un 50% o más manteniendo la misma productividad.
Impacto económico y social. Este cambio amenaza con colapsar el valor de muchas compañías de software, ya que la IA puede crear código de forma casi gratuita, eliminando las barreras de entrada al mercado. Asimismo, el exceso de oferta de profesionales reemplazables provocará una caída drástica en los salarios.
La publicación de estas proyecciones ha causado estragos en Wall Street, donde los inversores dudan de la sostenibilidad de las grandes tecnológicas si el consumo se ve afectado por un desempleo masivo en sectores de alto poder adquisitivo. Fue una profecía autocumplida: al ser leídos por grandes fondos, estos retiran su capital, anticipando la crisis que los documentos predicen.
Redefiniendo el valor humano
El Informe Citrini advierte que los trabajos de alta complejidad (como analizar un balance o redactar un contrato) dejarán de ser activos valiosos. Esto nos obliga a redefinir cuál es nuestro espacio como seres humanos.
El cambio producido por la revolución del conocimiento será radical: la mayor parte de las ocupaciones actuales de los latinoamericanos habrán desaparecido en 5 años.
El ejemplo de los “Puertos Fantasma”
Los puertos de Qidong y la terminal de carga Yangshan en Shanghái –la más grande del mundo– son los máximos exponentes de los “ghost ports”. En estos espacios, el trabajo humano ha desaparecido: no hay estibadores ni choferes. Solo existe un movimiento coreográfico y silencioso de grúas y vehículos automatizados guiados por algoritmos que desplazan miles de contenedores con precisión milimétrica, en un silencio absoluto.
Cada contenedor y grúa funciona como un sensor de la internet de las Cosas (IoT). El puerto es una red de extracción de datos que no solo mueve carga, sino que recopila cada segundo la información necesaria para predecir problemas y hallar soluciones de forma autónoma.
La IA es solo la punta del iceberg de una revolución que incluye al IoT, la robótica y la impresión 4D entre otros. Resulta increíble que esta problemática no sea el eje de discusiones fundamentales como la reforma laboral. Se aproxima un tsunami con olas de cuarenta metros, mientras la mayoría de los políticos “sigue jugando a las canicas en la playa”.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.