Gonzalo Maier es un escritor chileno que acaba de publicar un libro titulado Hong. Estaba ansioso por leerlo, ya que el Hong del título se refiere a Hong Sang-soo, uno de mis cineastas favoritos. Por otro lado, venía de leer otro libro de Maier, ¡Milagro!, un retrato de Violeta Quevedo, divertida semblanza de un personaje asombroso de la picaresca literaria.
Por eso la decepción fue grande. No diría que el libro es malo: es corto, se deja leer y tiene algunas reflexiones interesantes. Pero no parece que a Maier le gustara el cine de Hong. Aunque confiesa cierta adicción por ver sus películas, las razones que da son imprecisas, titubeantes. No esperaba de Maier grandes evaluaciones críticas de la filmografía del coreano pero sí, al menos, que no me dejara la impresión de que Hong le importa un pito y podría haber hablado de cualquier otro director con la misma falta de compromiso.
El libro tiene varios defectos. Por un lado, el de ser una vuelta más de la literatura del yo. Es como si Hong le viniera bien a Maier para hablar de su propia vida y de sus costumbres que, por otro lado, son más bien sosas. Por el otro, abusa un poco de la teoría del arte y compara a Hong con Cezanne (“el modelo de artista que de pronto quizo ser Hong”), pero también lo caracteriza como un vanguardista amante de los procedimientos y relacionado con Dadá. ¿En qué quedamos? Finalmente, le da por el moralismo (se queja de que Hong deja a la mujer por su actriz) y por la corrección política (critica el supuesto “ambiente burgués” de sus películas, aunque en ellas nunca se ve un rico y transcurren en el seno de la muy extensa clase media coreana). Maier parece ignorar que el cine en Corea atravesó una gran expansión desde que Hong empezó a filmar y que el juego de las jerarquías académicas y profesionales está tan presente en su cine como el soju y los amores frustrados entre los personajes. También dice Maier que Hong trabaja con actores no profesionales y parece enterarse más tarde de la presencia de una megaestrella como Isabelle Huppert en varias de sus películas.
Hay en la prosa de Maier cierto ingenio fofo emparentado con el de Enrique Vila-Matas, al que le dedicó un libro que debe ser mucho más afín con su estilo que con el de Hong. Pero hay algo más, un chiste al que no logro verle la gracia. Maier cuenta dos veces la misma anécdota. De cómo fue a ver un concierto –una vez en Amsterdam, la otra en Valparaíso– y se encontró con una compañera una vez y con una profesora la otra. A la salida, los dos perdieron el tren en un caso, el ómnibus en otro, y estuvieron deambulando por la fría noche holandesa o la chilena. Maier usa incluso las mismas palabras. “Improvisé con éxito dos o tres chistes mediocres”, escribe en ambos casos. “Tomando café en vasos de plástico para mantener los ojos abiertos y, de chiripa, luchar contra el frío” repite.
Parece una trampa para que el lector se queje de que el autor sea tan ostensiblemente desprolijo. Porque Maier invitar al lector a hacer esa crítica fácil para contestarle implícitamente por boca de Hong, al que recuerda diciendo que una vez le señalaron que repetía la misma frase en dos películas y contestó que daba lo mismo. Maier juega a ser Hong sin entenderlo (peor, sin quererlo) y a tratar su cine como una broma. ¿Qué necesidad hay?