La publicación en España, ahora distribuido en Argentina, de La arquitectura del fantasma. Una autobiografía, de Héctor Libertella (Los Tres Editores, Madrid) es una gran noticia, porque la reedición de un libro de Libertella es siempre una gran noticia. Por supuesto, es una “autobiografía” a lo Libertella, hecha de fragmentos, de entradas y salidas, de digresiones, de frases agudas (“ahí donde hay un interlocutor, un solo interlocutor, ahí se constituye un mercado”), de un pensamiento sobre el gueto. Estallada, sin embargo la obra de Libertella hace sistema. Hace sistema con ella misma: no hay ninguna institución externa que legitime su escritura. La prosa de Libertella se habilita sola. De allí su condición extrema, la condición de ser la literatura más extrema de la narrativa y el ensayo argentino contemporáneo. A esta condición bien podríamos denominarla “metodología Libertella”. Ese precepto organiza el ensayo sobre lo nuevo (Nueva escritura en Latinoamérica), pero también La arquitectura… y buena parte de su ficción, como El árbol de Saussure, y Zettel, ambos escritos en el límite entre el ensayo y la ficción, o mejor dicho: forzando ambos límites, hasta desembocar en otro tipo de relato; el relato siempre amenazado por el doble vínculo, por el pasaje de un polo a otro, por la tensión entre vanguardia y memoria. En algún texto, Bergson dice algo que vale como introducción a este método: “Si existe una oscilación alrededor de una posición media, una suerte de movimiento pendular, el péndulo, en lo que atañe a la sociedad, está dotado de memoria y el fenómeno ya no es el mismo a la vuelta que a la ida”. El texto de Libertella pasa de la ruptura a la resistencia, pero cada uno de esos polos contiene la memoria de su antagonista, de su contrario. El método, el doble vínculo, la ausencia de síntesis consiste en eso; en la fricción entre hermetismo y comunicación, entre autonomía y mercado, entre vanguardia y posvanguardia. Esto no debe entenderse como una forma de convivencia (incluso en tensión) entre esos dos extremos, sino al contrario, como la imposibilidad de esa convivencia dentro del texto, la imposibilidad de esa simultaneidad, de esa doble existencia. Ninguna de las metáforas con las que nos tiene acostumbrados la sociología funciona en Libertella: estos dos polos no se articulan, no se estructuran, no se posicionan; no se aloja allí ninguna dialéctica. La escritura de Libertella lleva al extremo esa doble imposibilidad, la imposibilidad de la memoria y la de la vanguardia. La suya es la escritura de esa imposibilidad.
A lo largo de los años, he escuchado que Libertella es un autor “difícil”, que “vende poco”, que “es incomprensible”, que es “hermético”, que “no circula”. Lo he escuchado una y otra vez, y en esa tontería probablemente se esconda algo de razón, otro tipo de verdad. Quizá se oculte la intuición silvestre de que la escritura de Libertella efectivamente se pone a prueba en su imposibilidad: hace de la imposibilidad (de conciliar ambos polos) su modo de existencia, su testimonio negativo. Pero esa imposibilidad es llevada a un extremo sin retorno, a un camino radical del que no se vuelve; como si el texto se convirtiera en una olla a presión, siempre al borde de la ruptura final, del estallido, de la explosión definitiva, de la neurosis grave, de la violencia concentrada.