¿Qué une a Javier Milei con Viktor Orbán? Lo mismo que une a Milei con Donald Trump. Poco y mucho.
Orbán está en las antípodas económicas de Milei. Pregona una presencia fuerte del Estado, un nacionalismo militante, medidas pro consumo, incentivo público para la industria, tope a las tasas de interés, intervención sobre los precios y una relación con China de socio estratégico y ejemplo a seguir.
Nada de eso entra en la cabeza de un anarcocapitalista que brega por la desaparición del Estado y la apertura de importaciones, aceptando el costo que eso implica para la industria nacional, mientras contempla incentivos cero para regenerar el mercado interno.
La economía de Orbán se aproxima más a las de Trump, que son los modelos a los que Milei suele catalogar de “zurdos y estatistas”.
Mezcolanza ideológica. Lo que sí une a nuestro anarquista con un nacionalista duro son coincidencias culturales y metodológicas. De allí que se incluya a ambos (también a Trump) dentro de esa mezcolanza ideológica denominada “extrema derecha”.
Aunque por distintos caminos, el modelo que los acerca se llama “democracia iliberal”, un concepto de fines del siglo pasado del que Orbán se considera su principal ejecutor internacional. El húngaro lo explica así: “Es construir un Estado no liberal que no niega los valores del liberalismo, pero que no hace de esta ideología un elemento central, sino que aplica en su lugar un enfoque nacional, particular”.
En la práctica, significa privilegiar el orden y la eficacia política por sobre el pluralismo republicano. Que es lo que él hizo: reformas constitucionales para permanecer en el poder (hace 15 años que es primer ministro), control de la Justicia, cambios en las reglas electorales, presión sobre los medios y fomento de una prensa oficialista. Junto a una política antimigratoria, contraria al multiculturalismo, que impone restricciones legales contra las minorías sexuales y cuestiona a los organismos internacionales.
Milei aún no avanzó totalmente en esa dirección, aunque comparte el mismo desdén por el Congreso y los partidos políticos, las presiones sobre el Poder Judicial y los medios, y la pretensión de reformas electorales para mantenerse en el poder.
El informe anual sobre calidad democrática que acaba de dar a conocer el Varieties of Democracy (V-Dem), ubica a Hungría dentro de la calificación de “autocracias electorales”, muestra a la Argentina con una caída dentro de las denominadas “democracias electorales” y, por primera vez, ubica a los Estados Unidos de Trump también en esa nómina y por fuera de la lista de “democracias liberales”, que son las de mayor calidad institucional.
El concepto “iliberal” incluye a países que conservan mecanismos electorales tradicionales, pero cuyos gobiernos se manejan con distinto grado de autoritarismo.
Milei representa un iliberalismo filosófico producto de un anarquismo que choca de lleno con el republicanismo occidental que defiende al Estado como organizador básico de la vida colectiva, que contempla la división de poderes y un relacionamiento democrático exento de violencia real o simbólica.
En ese marasmo ideológico que une políticas contrapuestas y personajes extremos, esta semana se volvieron a abrazar el libertario argentino (un no católico, soltero y sin familia tradicional), con el nacionalista ultracatólico Santiago Abascal, defensor acérrimo del casamiento por Iglesia y de los hijos matrimoniales de origen humano.
El líder de Vox, al igual que Orbán y Trump (y a diferencia de Milei), es un crítico de una globalización que implique una debilidad de los Estados nacionales frente a acuerdos multilaterales como el de la Unión Europea.
Justicia iliberal. El control de la Justicia es una de las características del iliberalismo o de las llamadas autocracias electorales.
En la Argentina se trata de un control implícito, o autocontrol.
Es lo que la politóloga estadounidense Gretchen Helmke, tras estudiar en el país miles de expedientes a través de los años, definió como “defección estratégica” de la Justicia. Se refiere a que los tribunales absuelven o cajonean causas que complican a los gobernantes cuando conservan el poder, y actúan sobre ellos una vez que lo pierden.
Esta no es una particularidad de la gestión Milei, pero sí la aprovecha al máximo.
Hace un año, el Presidente promocionó una criptomoneda conocida como $Libra que resultó una estafa. Ahora, el periodismo difundió informaciones que apuntan directamente a los hermanos Milei, sin que la Justicia los haya llamado a declarar en todo este tiempo. Son audios y chats que hablan de fechas, dinero y personas, y que coinciden con otras pruebas ya conocidas.
La tesis de la defección estratégica de la Justicia permitiría anticipar que, en el corto plazo, ni el Presidente ni su hermana deberían preocuparse por la causa, más allá de que se sigan acumulando elementos que los comprometan. Quizá sí sus funcionarios, como Manuel Adorni. Para mantener la sensación de Justicia, a veces se necesita que alguien pague.
Lo mismo que ya sucedió con las coimas en la compra de medicamentos para discapacitados: por el momento, nadie avanza sobre el supuesto 3% para la secretaria de la Presidencia, pero sí sobre sus funcionarios.
Un histórico juez federal lo explica en la confianza del off the record: “En la Justicia, en general, un 95% son pruebas y un 5% eventuales influencias o contemplaciones circunstanciales. En la Justicia Federal no, ahí es un 50% pruebas y otro 50% mirada institucional”.
“Mirada institucional” es el eufemismo para referirse a la contemplación que un magistrado puede tener hacia quien ejerce la jefatura del Estado. Por lo menos, mientras conserve el poder.
Defección institucional. El problema de seguir haciendo de cuenta de que estamos ante un presidente liberal y republicano (apenas con algún nivel de excentricidad que lo distingue de los demás) es que tarde o temprano el hechizo va a desaparecer. Y cuando eso ocurra, van a quedar expuestos aquellos que brindaron algún tipo de protección.
No es un pronóstico arriesgado. Pasó siempre.
Desde la llamada “mayoría automática” de la Corte menemista y los jueces y fiscales que ignoraban las denuncias con el kirchnerismo, hasta los comunicadores de los gobiernos de turno, los empresarios aplaudidores y los políticos exrepublicanos. Son ellos los que luego sufrirán el escarnio y la degradación pública.
Es que el futuro es ingrato con los gobernantes y sus oficialismos, porque las expectativas sociales siempre son superiores a los resultados que se obtienen.
Quizá en los casi dos años que le restan de mandato, Milei pueda mostrar una economía en franco crecimiento, en que las empresas dejen de cerrar y se abran nuevas, en que el desempleo baje en lugar de subir, en que se regenere la confianza y el consumo se reactive. Con una inflación que definitivamente descienda hasta empezar con el prometido cero mensual y con niveles anuales similares a los del continente.
Si lo logra, tanto los jueces y fiscales como los empresarios, políticos y periodistas que hoy siguen mirando hacia otro lado podrán persistir tranquilos en su “defección institucional”.
En cualquier caso, ellos harán lo que antes otros hagan por ellos.
Los otros son los sectores sociales que hoy también resultan contemplativos con la crisis y la corrupción, porque aún conservan una dosis de genuina esperanza.
Pero el día en que esa esperanza desaparezca, si eso sucede, todo lo que ahora se tolera se convertirá en una hoguera a la que se arrojarán a quienes hagan falta para salvar de culpa al resto.
Que para eso sirven los chivos expiatorios de cada época.