arte y Obras

Fuera de cuadro

Serie Pluribus. Gira en torno a una catástrofe y la humanidad. Foto: cedoc

Si hubiera que dar una explicación de la serie Pluribus, una respuesta a su argumento sería como pedírsela a una narración de Philp K. Dick, tan ácidamente cercano al Silicon Valley. Es sugerente –no debe haber reseña donde no se haya mencionado– la aclaración, al final de los créditos, advirtiendo que no se recurrió a la inteligencia artificial para realizar la serie.

Lejos, muy lejos, de Pluribus se enmarca El agente secreto, del realizador brasileño Kleber Mendonça Filho, que llega, incluso, a improvisar un género, partiendo del thriller, sumergiéndose en el cine político y sacando a flote una fábula interminable para exponer un pasado que vibra en la actualidad. 

Hace poco aquí comentamos Mastermind, de la directora Kelly Reichardt, una película que se acerca a El agente secreto por razones similares, entre las que juega el pasado como escenario de la historia, los recursos estilísticos puestos al servicio de un sugerente vintage audiovisual pero con un eco de mucha intensidad sobre este momento, nuestro tiempo. 

En Pluribus ocurre una operación similar pero el salto es hacia adelante y la reflexión giran en torno a una distopía que no se despega tampoco de lo cotidiano. La trama, conocida, gira en torno a una catástrofe que involucra a toda la humanidad menos a trece personas entre los cuales se encuentra la protagonista, Carol, que interpreta Rhea Seehorn, conocida también por ser la abogada de la serie Better Call Saul. La humanidad, entonces, se convierte en una gran colmena interconectada en la que todos son uno; se pierde la individualidad pero no surge una comunidad ya que, como en El show de Truman hay una superestructura que controla. Es un mundo feliz. Carol no lo acepta y quiere enfrentarlo: un proyecto utópico ante una distopía. ¿Podríamos doblegar al algoritmo? 

En El agente secreto, en los años setenta de la dictadura brasileña, en un paisaje sórdido y con un tratamiento propio del cine de la época, al igual que en Mastermind, como si estuviéramos en la sala de un cine club viendo una copia restaurada –no digitalizada–, un docente universitario en la clandestinidad intenta recuperar a su hijo y una vida sosegada. Usa un pseudónimo, como un espía, un agente secreto avanzando en zona enemiga, así como la muerte de los caballos en Nadie nada nunca de Saer funcionaban como eco de las desapariciones, aquí los tiburones, uno real que escupe una pierna humana y otro, el de Spielberg, que da pie a múltiples juegos. La mayor elipsis, como ocurre en Mastermind, es la de la violencia del Estado que circula como una sombra ominosa. En El agente secreto, lo curioso es que el protagonista no es un militante político, es simplemente un docente y quien lo persigue no es al aparato parapolicial sino un par de sicarios enviados por un empresario: la vendetta tiene raíz económica, neoliberal. Qué curioso, ya en democracia son los que se han saltado penas y culpas. Incluso en algunos sitios están al mando. 

Pluribus es de Vince Gilligan, el responsable de Breaking Bad y la mencionada Better Call Saul. Es notable, también, que en estas dos obras de Gilligan, la preocupación sean las formas del capitalismo en un desierto, Alburquerque y con el narco de fondo. En la primera un profesor de química se inicia en la fabricación de metanfetamina después de ser diagnositicado de cáncer y con la intención de dejar una base económica a su familia. Es lo que el sistema llama un emprendedor. En la segunda, en el mismo escenario, aparece el mundo del derecho y la observación in extremis de una pareja en ese contexto violento. 

Estas tres obras recientes, Pluribus, Mastermind y El agente secreto, funcionan como una sinécdoque visual de la que podemos partir para situar, desde el arte, un lugar en el mundo, nuestro mundo. El fuera de cuadro en el que vivimos. 

*Escritor y periodista.