La agenda periodística es una lista de conflictos, aunque no suele verse así.
Un prestigioso periodista y académico uruguayo, Héctor Borrat, hablaba de los periodistas como “actores de conflictos”.
Una sociedad abierta es conflictiva. En ella, cada actor expresa necesidades y sensaciones en forma más o menos libre, por lo que es inevitable una escena pública agitada. Habrá ciclos de mayor o menor intensidad pero, si una democracia no es así, es dudosa.
También vivimos en sociedades complejas y nuestra forma de entender muchas veces es en base a los conflictos que creemos los principales. Por eso el conflicto tiene un valor cognitivo para nosotros: el conflicto simplifica.
El sociólogo Anthony Giddens describe al conflicto como la “lucha por la supremacía entre grupos sociales, que implica tensiones, divisiones e intereses antagónicos”. Y uno de los factores centrales del progreso social es cómo se gestionan los conflictos. Para eso hay que entender que el conflicto puede promover cambios que se transforman en mejoras concretas. De hecho, a veces los conflictos son microrrevoluciones.
En las sociedades autoritarias el escenario es más ordenado, los actores no pueden expresar sus intereses y divergencias y, en gran medida, la propia legitimidad de la dictadura se juega en mantener ese simulacro de consenso. Esa es una de las razones por las cuales las dictaduras silencian a la prensa: no quieren a periodistas interviniendo con autonomía en conflictos que quieren anular, ocultar o regular a su manera.
Cuando el conflicto entre dos partes es asimétrico el lado débil tiene el incentivo de acudir a la prensa. Pretende socializar el conflicto para sumar apoyos, y así revertir esa desventajosa situación de poder. Ahí los periodistas funcionan como un mecanismo de contagio del conflicto.
En la medida en que la prensa entra a un conflicto que desconoce es más fácilmente manipulable. Esto se produce, por ejemplo, con filtraciones que voltean funcionarios, facilitadas por otros funcionarios o actores privados interesados por haber visto afectados sus intereses. El tema revelado puede ser de interés público, pero queda renga la cobertura si no describe las motivaciones de los filtradores. A veces no se saben esas motivaciones pero otras sí y no se cuentan.
LAS CUATRO DECISIONES CLAVES
Los momentos centrales de la intervención periodística en un conflicto son cuatro:
1. INFORMAR O NO SOBRE ESE CONFLICTO. Los medios jerarquizan los conflictos de acuerdo a su línea editorial. Si la parte débil tuvo éxito en el contagio social del conflicto, es posible que ingresen más actores sociales y por lo tanto crece la resonancia pública de ese conflicto. Los conflictos pueden estar en un estado de latencia y una acción periodística puede activarlo. O, si ya empezó, puede contribuir a que escale o desescale, incidiendo en el ciclo de vida del conflicto.
2. DEFINIR QUÉ TIPO DE CONFLICTO ES. En gran parte de los conflictos, la discusión es precisamente sobre su naturaleza: si una protesta callejera se define como un problema de orden público no es lo mismo que si se define como un problema de desigualdad social.
3. DEFINIR LAS ALTERNATIVAS DEL CONFLICTO. En un conflicto hay causas primarias, que son las estructurales, y hay causas secundarias, que son las que disparan el conflicto o lo dinamizan en ese momento específico. Si en la cobertura del conflicto los periodistas ponen el foco en las causas primarias están explicando mejor a sus audiencias, pero es frecuente que queden enredados en las causas secundarias. De acuerdo a la etiqueta son las alternativas. Como dice el politólogo Elmer Schattschneider, en su libro clásico El pueblo semisoberano, “la definición de las alternativas es el instrumento supremo del poder”.
4. DEFINIR SU POSICIÓN. Los protagonistas del conflicto son los actores primarios, luego están los actores secundarios que son los afectados por los contendientes y, por último, están los terciarios. Entre estos hay tres opciones: los que apoyan a alguna de las partes, los que quieren incidir de alguna forma en el conflicto y los que se mantienen neutrales. El periodismo puede estar en cualquiera de estas cinco posiciones enunciadas. Si apoyan a una parte pueden reforzar la polarización generando giros demonizadores o giros angelicales según convenga. Otras veces, al adoptar el rol de terceros neutrales en determinados conflictos puede estar generando una falsa equivalencia moral entre partes muy diferentes, lo que se llama en inglés el bothsidesism. Lo mismo puede ocurrir con la falsa equivalencia cognitiva.
Cuando la prensa es equidistante pero es percibida por alguno de los actores como opuestos, eso puede impulsar agresiones callejeras y en redes contra los periodistas.
Las malas praxis en la cobertura del conflicto son evidentes. El periodismo de calidad refleja bien las posiciones de las partes y además entiende sus emociones, sugiriendo un cambio del modo “ataque” al modo “resolución de problemas”.
Una buena guía para entender un conflicto la dio un exsecretario general de las Naciones Unidas sueco, Dag Hammarskjold: “Solo puedes esperar encontrar una solución duradera a un conflicto si aprendes a ver al otro objetivamente, pero al mismo tiempo a experimentar sus dificultades subjetivamente”.
PERIODISTAS SOBREPARTIDIZADOS
En política todos los conflictos se instrumentalizan. En los últimos meses hemos visto conflictos sobre corrupción oficial, recortes en la ayuda a los discapacitados o el cuidado de los glaciares. Esos temas tienen esa visibilidad no por su importancia en sí, sino por ofrecer la posibilidad de daño político. Politizar un conflicto implica insertarlo en el eje gobierno-oposición. En ese caso, la honestidad, los discapacitados o los glaciares importan en la medida en que sirven para la batalla política. Eso es política, pero no periodismo. El periodismo, cuando no es partidario, pretende ofrecer una visión superadora de los conflictos políticos.
Pero el periodismo está sobrepartidizado. Se analizan los conflictos de acuerdo a cómo afecta a los actores políticos. Y eso es una dimensión relevante, pero no es la central para la ciudadanía. Ganó Karina, pierde Santiago Caputo, gana Milei, pierde Kiciloff, es la parte menos sustancial de la política, pero es la única que suele cubrir el periodismo. Eso es mirar la política con ojos de los políticos, pero los periodistas no son su espejo. Son otra cosa. Son espejo de las necesidades de la ciudadanía.
La mirada de muchos periodistas está paralelizada con la de los políticos. De hecho, muchos periodistas profesionales se han convertido en políticos con micrófono. Ese puede ser un factor de por qué el periodismo está tan desprestigiado como los políticos.