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Casa Rosada en llamas

Malas noticias en el peor momento

Forzada o no, es probable que el Presidente deba apelar todavía más a la táctica de intentar conectar con la franja de la población que se siente defraudada por sus promesas o las expectativas que les creó.

El presidente Javier Milei
El presidente Javier Milei | Luis Robayo - AFP

Puede parecer una anécdota menor. No lo fue, al menos al interior del Gobierno. La rectificación pública de Luis Majul respecto a que fue el aún jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en vez de Luis Caputo el que ordenó a los ministros recortar un 20% sus gastos del año desnudó las dificultades que atraviesa la administración libertaria.

¿Quién manda? Internamente, nadie lo duda: mandan Javier y Karina Milei. ¿Quién ejecuta? Toto Caputo, el súper ministro económico al que se le están quemando ciertos papeles.

Es comprensible el sobreactuado -y falso- empoderamiento mileísta de Adorni, en vista de sus limitaciones crecientes para explicar su renovado nivel de vida desde que es funcionario. Eso se vislumbra cada vez más complicado, además.

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También tiene lógica el rol de Caputo, que mantiene desde que se hizo cargo del Palacio de Hacienda en los albores de la gestión violeta. Acaso haya que entenderlo desde la obsesión presidencial por la economía y su compromiso electoral: bajar la inflación con equilibrio fiscal.

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Sucede que el nuevo dato del IPC de marzo ratificó el décimo escalón mensual consecutivo ascendente, que encima concentra ya en el primer trimestre casi toda la inflación proyectada por el Gobierno para 2026.

“El dato es malo”, se sinceró ayer el Presidente, que auguró igual mejores tiempos y la ratificación de que el programa económico se mantendrá.

Vale la admisión de Milei. Nos ha acostumbrado -como tantos de sus predecesores- a disociarse de la realidad. También lo hizo la semana pasada, cuando en una entrevista en la TV Pública le pidió paciencia a la sociedad y reconoció que había gente que la está pasando mal.

Acaso estos raptos de sincericidios presidenciales tengan más que ver con ideadas estrategias empáticas ante la caída de su imagen, según todas las encuestas que llegan a los despachos de la Casa Rosada, que con un giro genuinamente humanitario.

Ya ensayó esos rodeos el año pasado. Tras el cachetazo electoral bonaerense de septiembre, apareció un Milei más autocrítico y menos agresivo. Duró hasta el verano.

Forzada o no, es probable que el Presidente deba apelar todavía más a la táctica de intentar conectar con la franja de la población que se siente defraudada por sus promesas o las expectativas que les creó. Y hoy cada vez les cuesta más llegar a fin de mes. Si llegan.

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El crecimiento desigual de la economía augura mayores problemas. Se apalanca en áreas de escasa generación de empleo (agro, energía, minería) y retrae a la industria, construcción y comercio. El consumo masivo sigue sin reaccionar, a caballo de una inflación estancada con un dólar planchado.

Como si le faltaran internas, dentro del Gobierno vuelven a surgir intrigas en torno a si Milei tiene un Plan B a Caputo, lo que evita responder la cuestión de fondo: ¿El problema es el ministro de Economía o la política económica del Presidente?

LT