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Asuntos internos

Los deseos de los escritores

A nadie le importan los deseos de los escritores. Esto conviene recordarlo cada tanto, como quien se palpa un diente flojo para comprobar que sigue ahí. Los escritores, que suelen imaginarse a sí mismos como criaturas de voluntad poderosa, capaces de gobernar mundos con una frase o destruirlos con un adjetivo, descubren tarde que su autoridad se termina exactamente en el punto final.

Kafka, por ejemplo, le pidió a su editor que en la tapa de La metamorfosis no hubiese un insecto. No era un capricho menor. Kafka sabía o sospechaba que mostrar al insecto era cerrar la imaginación del lector. Prefería la ambigüedad, el rodeo, esa incomodidad de no saber exactamente qué cosa era Gregor Samsa después de despertar. El lector debía construir su propio monstruo. Pero Kafka murió y la maquinaria editorial, que tiene la delicadeza de una topadora, siguió su curso. Desde entonces, casi todas las ediciones de La metamorfosis exhiben en la tapa algún insecto más o menos grotesco: escarabajos, cucarachas, híbridos improbables, criaturas que parecen diseñadas por un entomólogo con vocación publicitaria.

Kafka pidió que no hubiera insecto. Hubo insecto.

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Borges, muchos años después, dejó caer en alguna entrevista una frase que ahora suena casi supersticiosa. Dijo que no quería que su nombre terminara nombrando una calle. Tal vez intuía que ese tipo de homenajes tienen algo de lápida municipal. Una calle no recuerda a nadie: simplemente se usa. La gente dice el nombre para indicar un cruce, para pedir un taxi, para anotar una dirección en un papel. Nadie, al doblar una esquina, piensa en la obra completa del escritor que da nombre a la calle. Lo máximo que ocurre es una breve duda ortográfica.

Pero las ciudades tienen sus propias formas de canonizar. La antigua calle Serrano pasó a llamarse Jorge Luis Borges. Hoy miles de personas viven en Borges, trabajan en Borges, se pierden en Borges, estacionan el auto en Borges. Borges se convirtió en un punto del mapa, en una referencia para repartidores, en una línea dentro de una aplicación de tránsito.

Borges pidió que no hubiera calle. Hubo calle.

La posteridad es una fuerza curiosa: escucha con atención lo que dicen los escritores, toma nota, y después hace exactamente lo contrario. Quizás porque la posteridad no es una persona sino una suma de pequeñas decisiones impersonales: un editor que necesita vender libros, un diseñador que cree que un insecto ayuda, un funcionario municipal que decide cambiar un cartel.

El escritor, mientras tanto, imagina que su obra le pertenece. Cree que podrá controlar al menos algunas de sus formas futuras: la tapa de un libro, el modo en que se pronuncia su nombre, la forma de recordarlo. Es una ilusión comprensible. Después de todo, escribir consiste en ordenar el mundo mediante palabras. ¿Por qué no habría de poder ordenarse también el destino de esas palabras?

Pero apenas el libro sale de la imprenta empieza la verdadera transformación. El texto deja de ser del autor y pasa a ser de los lectores, de los editores, de los traductores, de los diseñadores de tapa, de los funcionarios que nombran calles, de los profesores que subrayan frases en un programa escolar. Y los deseos del escritor son apenas una nota al pie en ese proceso.

Kafka quería ocultar al insecto y terminó condenado a convivir con él para siempre, como si Gregorio Samsa hubiera escapado del libro para instalarse definitivamente en la tapa. Borges quiso evitar la inmortalidad urbana y terminó convertido en una dirección postal.

Tal vez esa sea la forma más precisa de la literatura: uno escribe un libro y el mundo escribe después el resto de la historia. Y ese resto, inevitablemente, contradice al autor. Porque los libros, una vez publicados, dejan de obedecer. Como los insectos. Como las calles. Como casi todo lo que merece sobrevivir.