Llovizna en Buenos Aires, noche tarde. Saco a dar una vuelta a mi perra. La vuelta ‘el perro. Hace días que está así, me han dicho, yo acabo de volver: humedad, sopor, garúas. Otoño. El aire denso está lleno de olores. La perra pasa el hocico por las veredas rotas, mojadas, llenas de hojas y de mierda de otros perros, como si fuera una aspiradora. ¿Era Berugo Carámbula el que le decía a una aspiradora que regalaba en su programa “el enano chupatierra”? Ahora no podría decir enano. Me gustaba Berugo, ese nombre rimbombante, esa uruguayidad.
Las viejas del Mercedes Dorrego duermen casi todas. Sólo en algunas de las ventanas que dan sobre Beltrán y sobre Granaderos titilan luces de televisor. Las plantas de las macetas que adornan los alféizares se han ido en vicio, debe ser por la humedad, la temperatura pegajosa.
Nadie en la calle. Ni autos. Un tipo viene por la vereda de enfrente, la de Edesur, esa casona que habrá sido hermosa, imponente, ahora encarcelada en tabiques que separan escritorios, donde los empleados se ponen verdes a la luz blanca de los leds. Nada. Un tipo va caminando, sin perro, con un cigarrillo en la mano, habla o canta. La perra se detiene de golpe y lo mira de este lado de la calle, tuerce la cabeza y levanta las orejas y mira al tipo que ni se entera. No sé qué le habrá llamado la atención, qué habrá visto en él que yo no, a quién le recordará, alguien de su breve vida pasada sin mí, esos cuatro o cinco meses desde que nació, cuando no nos conocíamos.
Hace unos días una lluvia lenta, parecida a esta, en Atenas. Estaba desde hacía unos días, plenos de sol y buen tiempo, pero también plena de trabajo, sin tiempo para ver de Atenas más que el Partenón desde la ventana de la habitación del hotel. De un blanco amarillento de día, encendido como una hoguera durante las noches. La imagen enmarcada por la ventana: la gigantografía de una postal.
Mi último día en la ciudad es el momento de subir hasta la Acrópolis. Llueve, pero es la que toca. Angeliki y Sotiris, mis traductores, pasan a buscarnos a Grillo y a mí, por el hotel, munidos de paraguas y pilotos, también un paraguas más para nosotros que ya compramos uno. Angeliki es pequeña y enérgica y cariñosa, al lado de Sotiris, su joven primo de veintiséis años, parece más menuda porque él es altísimo y tiene el pelo largo, con rulos. Sotiris se excusa diciendo que habla mal el español (aunque sospecho que es más bien callado, de poco hablar aun en su lengua). Sin embargo y, según me ha dicho Angeliki, es él quien encuentra “la voz” de mis personajes en griego. Subimos despacio, el suelo está resbaloso por la lluvia, en uno de los flancos el monte de olivos. Vamos conversando de esto y aquello. Sacamos las entradas y traspasamos las máquinas que leen los tickets, algo del futuro lejanísimo para este lugar. El mal tiempo y las alertas de una próxima lluvia terrible por la que cerraron las escuelas y que hacen sonar nuestros celulares cada 1 hora o 2, ahuyentaron a las masas de turistas. Somos pocos los que paseamos mirando con la boca abierta, transidos de tanta hermosura, obnubilados, por entre esas columnas viejísimas, esas piedras viejísimas, esas lajas, los restos de Occidente. Cuando voy a lugares así, que he visto desde pequeña en los manuales de la escuela, en las enciclopedias, no puedo no volver a ser esa gurisa y entonces una emoción extraña me toma el pecho. Pienso: estoy acá, yo, qué raro, quién hubiera dicho. Quién hubiera dicho.