CULTURA
ENTREVISTA a luis Sagasti

La obstinación de mirar (y asombrarse)

Entre la tapa futurista de News of the World de Queen, las derivas de Jorge Luis Borges y una poética que desarma géneros, Luis Sagasti construye en La realidad absoluta (Eterna Cadencia) una constelación de historias que indagan lo indecible. En tiempos gobernados por algoritmos y percepciones formateadas, su escritura propone un regreso a la mirada asombrada –casi infantil– como última forma de resistencia frente a una realidad que se impone, indiferente y total. Entrevista en profundidad con el escritor bahiense.

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| SERGIO PIEMONTE

En una época de algoritmo único, un rostro inexpresivo. En ¡1977! la tapa de News of the World de Queen, ilustración de Frank Kelly Freas, presenta a un robot indolente machacando el mundo inerte pero de sangre fresca y fluida en lo profundo. Allí La realidad absoluta de Luis Sagasti teje miniaturas narrativas, en lo inesperado de hilar la tapa del grupo británico con una isla de caníbales en Rusia, convencido el escritor de encontrar los tonos de “de una totalidad que nos contiene. Lo que del Ser nos pertenece. El cauce seco de un río, los galeones que hemos dejado. La literatura es algo parecido: cuando todos los fragmentos terminan por encastrar quedan ocultos los hilos que los sostienen”. Freas fue también el creador de la mascota de la revista satírica Mad, Alfred E. Neuman, cuya frase distintiva, “What? Me worry?” se transformó en la contraseña de una generación norteamericana jaqueada por la crisis y la falta de futuro, varada e indiferente en una realidad que se vendió absoluta. No hay forma de negociar con la indiferencia.

Historias de torcido humor y concéntricas sería una posible definición de una máquina semiótica que se resiste a encasillarse, ni cuentos, ni novelas, ni ensayos, ni microhistorias, todo en verdad y al mismo tiempo, en falsa escuadra. Luego de las primeras novelas más convencionales, El canon de Leipzig (1999) y Los mares de la Luna (2005), con lectores de excepción como Alberto Laiseca y Luis Chitarroni, Bellas Artes (2011) marcaría el inicio de una tetratología desaforada y de prosa poética, en medio Una ofrenda musical (2017) y Lenguas vivas (2023), y que acabaría con el reciente La realidad absoluta de Eterna Cadencia. Que golpea las puertas del texto, que es pre-liminar, con el límite entendido en la raíz latina de algo fuera del orden, “trato de dilucidar esa clase de experiencias que están más allá del lenguaje por su radicalidad. Y básicamente porque no ofrecen ninguna clase de amparo afectivo, filosófico, metafísico, teológico, familiar o lo que fuera. El ejemplo más crudo de esa clase de realidad es un bebé que nace, se acomoda en la cuna, y nadie lo toca. Todos vivimos esas cosas. Otro ejemplo es lo de la isla de los caníbales de Nazino en 1933, capaz una gran mentira de los rusos, pero que me sirve para indagar si los caníbales existen en verdad y pensar por qué en vez de remarcar que Jeffrey Epstein es un violador serial y traficante de menores para ricos nos quedamos con que comía bebés en una isla”, señala el escritor que además publicó los ensayos Perdidos en el espacio (2011), Cybertlön (2018) y Por qué escuchamos a Led Zeppelin (2019)

Periodista: Estas nuevas realidades absolutas se mezclan con la ficción, narrada desde dos perspectivas, del escritor famoso que contrata a un escritor fantasma que se queda infiel con la trama del profesor que busca al Ser en un viejo molino, que solo pueden ver los ojos de un niño…

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Luis Sagasti: El viejo filósofo discípulo de Heiddeger. Así de rimbombante, uno que busca al Ser y tampoco lo encuentra. Me dicen que es una suerte esta historia de Aleph roto, algo inconsciente la influencia de Borges aunque para el narrador argentino es tan complicado alejarse completamente de él como para un inglés de Shakespeare. De todas maneras no me veo en mí una tradición nacional, digamos del ensayo ficcional o de las aguafuertes, y me reconozco más en mis contemporáneos como María Gainza, Benjamín Labatut o Olga Tokarczuk, en eso de ir contándose cuentos a uno mismo, como los niños antes de dormir.

Volviendo a la historia del escritor fantasma –que tiene parte de realidad ya que escuché esto hará unos diez años– se vincula con el tema de la percepción, el foco de La realidad absoluta. Es decir, de cómo no observamos ya el objeto o las cosas en sí.

En sí mismas, en el sentido de cuando mirás una nube, inmediatamente buscas forma. Lo realmente difícil es quedarte mirando nubes. Porque está la predisposición casi darwiniana de completar lo que aparece de manera elusiva. La naturaleza nunca se presenta de esta manera íntegra. Entonces los primitivos, los primates, tienen que adivinar en esa sombra al león completo para rajar. O para comer, si alguien se lo está ocultando. En cambio nosotros tenemos esa cosa de completar y acabar en esto se parece a esto. O ver formas geométricas puras detrás de algo.

Además estos cuentos intentan subrayar que hay una mirada infantil, indomable, que es la mirada del poeta también. Y no veo mucha diferencia entre la mirada de un poeta y la mirada del nene de asombro. Aunque existe la imposibilidad cada vez mayor de recuperarla.

P: “Y comenzará por primera vez la misma canción” cierra el inaugural Bellas Artes, ¿cómo arrancan esas melodías en Sagasti que puede hablar del aviador que derribó a Saint-Exupéry a los bombardeos en la Plaza de Mayo de 1955?

LS: Es una predisposición que uno tiene. Así como un músico, supongo, escuchará, ah, eso es fa, esto es re, aquello se escucha así. A mí me pasa con historias, con anécdotas, cosas que me cuentan, datos que me interesan. Mi último libro empieza con el epígrafe de “Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta” de Shirley Jackson. Y se tira la nota, un tono digamos latente en la frase, a todo el libro.

Había aparecido la cita en Página/12, no me acuerdo de quién, o sobre quién, y me encantó. A mí me gusta detenerme antes de lo decible. En la anécdota de Jorge Consiglio y la chica en la ventana me dio la sensación de, antes que pase a ser un relato más, un cuento más, una leyenda urbana, tratar de capturar el umbral y quedarme ahí.

Es solo Sagasti, pero me gusta. La lengua de Sagasti avanza a trompicones de preguntas que demoran las respuestas, a veces incluso, preguntas incompletas que destronan cualquier punto de partida y clausura. Como el Maesltrom, título de su novela de 2015 que arremolina la Vía Láctea con los reyes de las antípodas a partir de una curiosa placa en Santiago de Compostela, hay una trituradora de corrientes que desalambra los géneros y las arquitecturas textuales en ouroboros que se devoran a sí mismos. Y los títulos no son algo ilustrativos, al igual que los viejos albúmenes conceptuales de Pink Floyd o Beatles, en la batea de los haikus sobre nuestras cabezas que compone el escritor del sur bonaerense, sino casi claves amiméticas que se expanden al mundo, plastilinas de élan. “Hay algo de canción en mis títulos ¿Viste las canciones? Es algo raro, en caso de las mejores canciones son dos palabras, tres palabras, estaba pensando en Help!, súper corto. En algunos de mis libros salen inmediatamente. Lenguas vivas, en verdad, era un laburo previo del 2008 que se llamaba Lenguas muertas, más novela, y que de las 300 carillas quedaron cuatro, que es lo que aparece sobre el Turco. Una ofrenda musical salió rápido pero Bellas Artes iba a llamarse Luciérnagas -último capítulo de la publicación- y Maesltrom sería El Rey de las Antípodas, como una introducción que al que lea la novela se iba a dar cuenta.

P: Habiendo trabajado de curador en el Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca, y con los artistas de compañeros de rutas en sus pinceladas en molde como el desolador viaje de Pippa Bacca o el dripping tras la mosca de Jackson Pollock, calculo que no es indiferente el diseño de tapa.

LS: Parece una frivolidad, pero la tapa no es menor tampoco. Tiene que ser el libro un objeto íntegro. Por lo menos en las primeras ediciones. La mejor tapa de las mías es la de Bellas Artes de Ariana Jenik, es buenísima. Obviamente lo importante es lo que está dentro, como los discos, pero una buena tapa y un buen título ayudan a la experiencia lectora. Salvo que seas Borges y le pongas Ficciones, arréglate, jejejeje.

“En tiempos que declinan (como éstos), es la promesa de que ningún oprobio, ninguna calamidad, ningún dictador podrá empobrecernos”, comentaba Jorge Luis Borges en su primavera populista de 1936 de “Historia de la eternidad”, antes de los cuentos de Ficciones, mientras más de diez años antes Aby Warburg comenzaría en épocas de la decadencia de la civilización occidental –la influencia spengleriana tanto en el argentino como del alemán–, el ascenso del nazismo acota Sagasti, a “preservar la memoria iconográfica de una cultura que veía punto se desaparecer y comienza a confeccionar su atlas”. Dos proyectos de cartografías, en letras e imágenes, infinitas e imposibles pero necesarias.

Bahía Blanca, casa natal de la nueva poesía argentina. A fines de 1988, antesala del abismo neoliberal del menemismo, en Bahía Blanca unos avioncitos de papel sobrevuelan la ciudad para terminar en un hormigón, y en sus alas se lee “Fuerza aeropoética”. O arrancar porque contienen versos que llovían a los desprevenidos transeúntes con poetas locales coordinados por los Mateístas, el colectivo artístico nacido en 1985 en las paredes de su ciudad, y que con su “Matefletos” liberaban una voz contrahegemónica en “lo que no/tiene/fin.” Versos de Mario Ortiz, quien compartió micrófono radial en los noventa con Luis Sagasti y Miguel Martos, “soy íntimo de Ortiz y muy amigo de Sergio Raimondi y Omar Chauvié. Amigos que comemos asado. Y a mí, yo no soy poeta, creo que estos mateístas me han contagiado un cuidado sobre la forma y la reflexión sobre la cuestión de la percepción”.

P: ¿Cómo sería eso?

LS: En el cuaderno cinco de Mario Ortiz hay una entrada que es real y terminó en la tapa de la edición de Eterna Cadencia –Cuadernos de lengua y literatura V, VI y VII (2013)–. Mario me llama por teléfono y me dice, “Luisito, encontré una carcasa de televisor en Castelli, en el barrio Villanueva. Me la voy a llevar a casa para el patio, instalo una reposera, y me pongo a ver cómo crecen los yuyos por televisión”. Y ahí, más contado en un libro, es una genialidad. Pero es lo que pasa con Ortiz. Mario vive en estado poético, y es lo que esa gente me ha contagiado, más allá de su amistad. Además me han incitado a leer autores que no había leído nunca y que algunos son ya partes de mis libros y pensamientos.

P: ¿Existe algo así como la Escuela de Bahía Blanca, que además contribuyó con la editorial Vox en dar a conocer la poesía de los noventa cuando editan los primeros volúmenes de Fabián Casas y Washington Cucurto?

LS: Para mí ellos crearon una escuela, sin olvidarnos del fundacional con Chauvié, el Negro Díaz, Marcelo. Todos con un estilo muy diferente, aunque repito, atentos a las formas. También un tipo clave es Gustavo López, el editor de Vox, otro amigo, y que editó a varios mateístas pero también a más autores como Martín Gambarotta, Gabriela Bejerman y Laura Wittner. Roberta Iannamico, Fabián Alberdi, Sebastián Morfes y muchos otras poetas de Bahía Blanca son reconocidos en el país por esta generación de mi ciudad.

P: ¿Cómo es el pase entre los profesores Mario Ortiz y Luis Sagasti en la carrera de derecho?

LS: Tené en cuenta que damos para gente de leyes. Yo doy Antonio Gramsci y Thomas Kuhn y detrás de mí viene Mario dando marxismo. Tenemos doscientos futuros abogados, si le interesa a veinte, hecho. Yo para los alumnos de la universidad voy con un cuadrito pero a los dos cursos de mis escuelas secundarias, en el mismo día, puedo cambiar orbitando en el tronco curricular. Para mí es natural dar clases. Más que escribir. Y no hay diferencia entre cómo doy clase y cómo escribo.

Yo escribo. ¿Qué hay que escribir hoy?

LS: De este mundo tecnológico, de este mundo de mierda, ¿qué cosas hay que escribir? Hay que escribir sobre cómo está cambiando, cómo cambian la naturaleza, nuestras percepciones. Cómo los algoritmos decretan gustos, temores, deseos. Cómo nos formatean. Qué posibilidades hay de libertad en un mundo que está supervigilado, más que vigilado, condicionado precisamente por una realidad absoluta. Es como un Tlön chiquitito y opresor. El mundo virtual terminó copando todo y todo es “Casa tomada” de Julio Cortázar, no al pedo Borges publica ese cuento.

Escribir ahora no puede ser panfletario ante un capitalismo que ha tomado hoy un color que no es el originario. Todo se está reduciendo a diez megamillonarios y eso es un problema serio para la humanidad.

P: ¿En este desbocado capitalismo empobrecedor hay lugar para la poesía?

LS: La única fuerza que se confronta la mirada de capital es la mirada poética. La mirada de capital te sitúa en el tiempo, esto vale en tanto, o en tanto fue tal otra. La mirada poética lo celebra en sí mismo. Yo creo que hay que escribir en el retorno a una mirada que esté fuera del capital.

P: ¿Cómo?

LS: Todos estamos dentro del capitalismo…a ver... ¿Cómo tirar una piedra a un lago? Hay dos formas de tirarla: Vos podés hacer patito, sapito, y la cantidad de veces que rebota depende no solamente de tu pericia sino de que el agua esté calma, la piedra sea plana, el viento, etcétera. O sea vos podés ser un gran emprendedor, pero si no están ciertas condiciones, no progresás. Messi no juega bien en una cancha de hielo. Si vos ves la vida así, tendrás tus logros, tus rebotes, que dejan una estela, y después no queda nada.

Ahora bien, vos tirás la piedra para arriba, mientras más alto la tirás, más sobrevueles, más te eleves, podés llegar más a lo profundo. Y sobre la superficie queda un círculo que a medida que va creciendo es Uno con el Lago. Otra manera de ver la vida.

Yo creo que la mirada poética es arrojar una piedra para que vayas bien a lo profundo, desde las alturas, y tener una cosa común con todos. La otra es mi logro individual, cuántas veces reboto, pero sabés que una vez que llegaste abajo, no dejaste nada más. Es como en la literatura ¿Para qué escribís? Algunos arrojan unos troncos que arden, nomás, pero lo importante es que el fuego siga vivo. Es por ahí.

El tranco estoico de Luis Sagasti, que con La realidad absoluta parece cambiar en espiral en nuevas conflagraciones hacia el presente, que uno cree captar como actual pero que una parte pertenece al pasado y otra al futuro, se encuentra actualmente en plena producción de un texto dividido en tres partes, sin capítulos, menos subtítulos. Solamente citas iniciales de David Bowie. En una abertura de La realidad absoluta Sagasti enlaza las películas Werner Herzog, en “el contradictorio desplazamiento si se quiere alcanzar a los fragmentos del Ser”, más un encuentro del músico inglés y el legendario Moondog en 1971. El Duque Blanco sin darse cuenta que habló horas con éste compositor y poeta norteamericano ignorado en Estados Unidos, alguien fino observador del paisaje insondable de su país conectando las danzas nativas con los melodías urbanas, aunque “completamente ciego”. Tres años después lanzaría Bowie el distópico Diamond Dogs, basado en 1984 de George Orwell, William Burroughs, Ray Bradbury, Sun Ra y Joseph Beuys, habituales comensales en la carta sideral Sagasti, con la frase demoledora, “El año de los Diamond Dogs/Esto no es rock ‘n’ roll/¡Esto es genocidio!”