CULTURA
UN ESCRITOR REGRESA

Carlo Feltrinelli y Bob Dylan: dos tradiciones afines

Un encuentro con Carlo Feltrinelli dispara una pregunta: cómo escribir y fijar en libro la obra de Bob Dylan, un autor que parece resistirse a toda clasificación. Entre la edición de sus letras y el proyecto de una posible biografía, el texto explora esa tensión entre la forma y lo inasible, entre la literatura y la voz, allí donde la canción desborda cualquier categoría estable. A partir de ese punto, la reflexión se despliega sobre un problema más amplio: qué ocurre cuando una obra no puede centrarse sin perder algo esencial.

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Lyrics. Canciones y poesías se diferencian en propósito, estructura y forma de expresión. Pero no son lo mismo. A izq.: Carlo Feltrinelli. A der.: Bob Dylan. | cedoc

Hace un mes, durante la inauguración de la librería Feltrinelli en Montevideo, en un momento en que divisé a Carlo Feltrinelli solo, sin ningún séquito a su lado, me acerqué para preguntarle una sola cosa que me intrigaba: ¿por qué, después de esa verdadera obra maestra llamada Senior Service, publicada en 1999, ese retrato improbable de Giangiacomo Feltrinelli, su padre, donde lo que terminó retratado fue una época entera llamada “los años de plomo” italianos, no había vuelto a escribir nada? Carlo Feltrinelli respondió al comienzo con gestos indescriptibles, hasta que, dado que yo seguía alli esperando una respuesta, dijo: “Muchas ocupaciones...”. “Todos tenemos muchas ocupaciones”, le dije, a lo que él, consciente del carácter impropio de su respuesta, agregó: “Desde hace tiempo estoy trabajando en un libro sobre Bob Dylan”, declaracion imprecisa que, proviniendo de Carlo Feltrinelli, podría querer decir que va a tratarse de una biografía, lo que entonces podría ser también el retrato de un siglo norteamericano.

Y din embargo hay algo ligeramente sospechoso en el empeño de Carlo Feltrinelli por acercarse a Bob Dylan. No porque el objeto sea dudoso (Dylan es, a estas alturas, una evidencia) sino porque todo intento de fijarlo suele terminar mal. Dylan es de esos autores que castigan la interpretación excesiva: cuanto más se los explica, menos funcionan.

El propio Premio Nobel de Literatura, que se le concedió en 2016, nunca terminó de colmar las expectativas. ¿Una canción es un poema? No siempre. Alessandro Baricco se preguntaba entonces: si le concedían a Dylan el Nobel por sus letras, ¿qué impedía que en lo sucedivo le concedieran un Grammy a Javier Marías por la musicalidad de sus novelas?

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Y sin embargo, ahí está Feltrinelli, primero editándolo –64 Lyrics, junto a Alessandro Carrera, en el sello italiano Crocetti, publicado en noviembre del año pasado– y ahora dispuesto a escribir su biografía –si ers que es una biografía. Es decir: no contento con ordenar y tratar de explicar el material, ahora también quiere narrarlo. Una doble tentación: clasificar y contar. Dos operaciones que Dylan, con notable constancia, saboteó durante décadas.

¿Qué es exactamente lo que se edita cuando se editan las canciones de Dylan? No es una pregunta retórica. Porque sus textos, a diferencia de los poemas, no parecen querer quedarse quietos. Cambian. Se deforman. Se corrigen en vivo. Una canción de Dylan no es un objeto: es una hipótesis en circulación. De modo que fijarla en la página –convertirla en libro– tiene algo de gesto quirúrgico: se la separa de su medio natural, que es la voz, y se la obliga a comportarse como literatura.

Aquí aparece la primera incomodidad. La poesía moderna, con toda su retórica de la oralidad, fue en realidad una práctica de la página. Incluso cuando se declama, lo que se declama es escritura. En Dylan, en cambio, la voz no es una metáfora: es un hecho físico. Raspa, se quiebra, llega demasiado tarde o demasiado pronto. Antes de entender lo que dice, uno ya está lidiando con cómo suena. Y eso, para la poesía entendida como disciplina de la lectura, es un problema.

Feltrinelli parece haber decidido que ese problema no hay que resolverlo, sino ponerlo de manifiesto. Publicar letras de canciones en una colección de poesía no es una forma de legitimar a Dylan –no necesita ese favor, como tampoco necesitaba el favor del Nobel: gesto que, en palabras de Leonard Cohen, fue como ponerle una medalla al Everest–, sino de incomodar a la poesía. Decirle: esto también te pertenece, aunque no sepas muy bien qué hacer con ello.

Dylan, por su parte, hizo todo lo posible por no facilitar las cosas. No es un poeta en el sentido respetable del término, pero tampoco es un simple letrista. Sus textos pueden ser desprolijos, excesivos, a veces directamente torpes. Y sin embargo, de pronto, aparece una línea que justifica todo lo anterior. Una frase que no se explica, pero que se impone. No es raro: Dylan trabaja como alguien que no cree demasiado en el pulido final. Prefiere dejar grietas. Que algo no cierre del todo. Que el sentido quede, digamos, en suspenso.

Ese modo de proceder tiene consecuencias. Sus canciones no se organizan como poemas que buscan una forma definitiva, sino como estructuras abiertas, disponibles para nuevas versiones. Lo que hoy suena de un modo, mañana puede sonar de otro. Y no es que una versión sea mejor que la otra: simplemente son distintas. La obra no está en ninguna de ellas en particular, sino en la serie.

Ahí es donde la figura de Feltrinelli se vuelve interesante. Porque editar algo así implica aceptar una paradoja: dar forma a lo que se resiste a tenerla. El libro, 64 Lyrics, en este caso, no es un cierre, sino un recorte. Una manera de decir: aquí hay algo que vale la pena leer, aunque sepamos que no está completo, que no puede estarlo.

Se podría pensar que todo esto forma parte de una vieja discusión que mencionaba el principio –si las letras de canciones son o no poesía–, pero en realidad, según Feltrinellio, el problema es otro. No se trata de ampliar la poesía para que incluya a Dylan, sino de admitir que ciertas formas ya no encajan en las categorías disponibles. Que hay una zona –la de la voz, la de la canción, la de la performance– donde la distinción entre poesía y música pierde precisión.

Dylan habita esa zona con bastante comodidad. Nunca pareció preocupado por definir lo que hace. De hecho, cada vez que alguien intentó ubicarlo –cantante de protesta, poeta generacional, cronista de su época–, él se encargó de moverse un poco más allá. No por estrategia, sino por una especie de instinto: evitar convertirse en algo reconocible.

Feltrinelli, en cambio, trabaja del otro lado: el de las formas, el de los libros, el de las tradiciones. Su acercamiento a Dylan podría parecer, en ese sentido, un intento de domesticar lo indomesticable. Pero tal vez sea lo contrario. Tal vez lo que le interesa no es domesticar, sino poner en evidencia esa resistencia. Mostrar que hay obras que no terminan de entrar en ningún lugar, y que justamente por eso obligan a repensar los lugares.

La biografía que prepara (si es una biografía y si llega a existir como tal) tendrá que enfrentarse a ese mismo problema. Cómo contar una vida que fue, en gran parte, una serie de fugas. Cómo narrar a alguien que hizo de la evasión una forma de estilo. No es un desafío menor. Dylan no solo cambia sus canciones: cambia también la manera en que se deja ver.

Al final, lo que une a Feltrinelli y Dylan no es una relación de afinidad simple, sino una tensión productiva. Uno trabaja con formas que buscan fijar; el otro produce formas que se escapan. Entre ambos se abre un espacio interesante: el de una literatura que ya no se deja definir del todo. Una literatura que, para existir, necesita todavía de la voz.

Y la voz, como se sabe, nunca es del todo fiable. A lo mejor por eso mismo sigue siendo necesaria.