claridades

Hacerse valer

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

La historia del que va al sepelio de Eva Perón pero va con la sola intención de levantarse a alguna mujer la narró David Viñas en “La señora muerta”, un cuento de 1963. Viñas ponía así en tensión, o mejor, ponía en fricción (porque las dos líneas se tocan y se raspan) el cinismo indolente del pícaro y los rituales del dolor popular. En la fila inacabable de la tanta gente que sufre, hay uno que se entrevera con un puro afán de seducción erótica. Pero cuando se trata de Eva Perón, cuando se trata del cadáver de Evita, sexo y muerte pueden llegar a conjugarse (como cuando el coronel, en “Esa mujer” de Rodolfo Walsh, para indicar la desnudez del cuerpo de Evita, dice “con toda la muerte al aire”). Y algo de eso habrá hacia el final de “La señora muerta”: el deseo y la muerte se encuentran y se desencuentran, hasta el enojo final de la mujer que el tal Moure se había levantado. No toleró que él se refiriera a Eva como la “yegua”. Por algo se le volvió personal.

Fogwill retomó expresamente a Viñas en un cuento llamado “La cola”. De julio de 1952 a julio de 1974: el sepelio es ahora el de Perón. De nuevo el dolor, la congoja de las masas, y de nuevo el que va pero a otra cosa. El contraste se da ahora entre la pena general de la multitud que espera y la fría cerebralidad de quien acude a contemplar y a calcular: calcular gente, tiempo, plata (en “La cola” no falta por cierto la variable de la seducción, la conquista, el deseo sexual). El registro del cinismo es en Fogwill más agresivo y despiadado.

Entre “La señora muerta” de Viñas y “La cola” de Fogwill, hay otro relato de unos que van a otra cosa: lo cuenta Jorge Asís en su novela Los reventados, que es de 1974. Ahora no hay muerte ni duelo, ahora no se trata de un sepelio. Es junio de 1973, es la vuelta de Perón a la Argentina, es Ezeiza. Terminó, como sabemos, en violencia, refriega y muerte; pero transcurre inicialmente bajo el fervor alborozado de la fiesta popular. En el contexto de esa procesión feliz, Asís inserta a sus reventados: los que van a hacer rendir la jornada vendiendo pósters del general a todo color, no sin antes calcular inversiones y ganancias. Las cosas no salen como esperaban (tampoco Ezeiza saldrá como se esperaba).

Hay algo que no ocurre en los cuentos de Viñas y de Fogwill, y sí ocurre en la novela de Asís: la gente reacciona y rechaza a esos cínicos que han ido a otra cosa; los increpan, los repelen, les reprochan la especulación venal, reprueban la mezquindad del mero afán de lucro. El pueblo opaco y apagado de “La señora muerta” y “La cola” es un pueblo encendido en Los reventados. Y eso no necesariamente por el factor luctuoso y aflictivo. Hay momentos en que el pueblo se apacigua, se apoca, se aplaca. Pero hay momentos en los que recobra su más potente sentido de la dignidad; reacciona, se planta, finalmente se hace valer.

Puede que en la literatura esas líneas se tracen con algo más de nitidez. Pero en la realidad de la historia, si se la revisa atentamente, también resaltan con claridad.