La escritura, el malentendido
El secreto de Manuel Puig opera en ocupar a la vez el centro y la periferia, todo en un único movimiento.
Siempre es buen momento para volver a Puig, el gran escritor argentino del malentendido. Es que el malentendido se abatió sobre su obra de un modo tan certero, tan poderoso, tan eficaz, que ya no es posible distinguir donde comienza y donde termina. El asunto es tan serio que, quizás, después de Puig literatura y malentendido se han vuelto sinónimos, términos intercambiables. Puig, tal vez el escritor más agudo, más radical, más original de su tiempo, es también el escritor de Hollywood, de Broadway, del éxito mundial. A esta altura es inútil querer separar la paja del trigo. El pensamiento del malentendido impide ese tipo de ejercicio, de búsqueda de un sentido último imposible de encontrar. Hasta su exilio tiene algo de border, de descentrado, no responde a los parámetros estándar del exiliado político latinoamericano (quizás por eso no merezca casi mención en el tan bien documentado Ráfagas de un exilio. Argentinos en México 1974-1983, de Pablo Yankelevich, siendo que en 1974 Puig residía en México). El secreto de Puig opera en ocupar a la vez el centro y la periferia, todo en un único movimiento, en una única jugada. El malentendido es todo eso, y algo más: una estrategia textual que coloca a la mala interpretación en el centro de la literatura. El malentendido marca, pero no deja huella.
En un artículo llamado El fantasma de la obra, incluido en Las sagradas escrituras, Héctor Libertella escribe una frase sugerente: “Alguien dice, por ejemplo, que sólo puede sentarse a escribir cuando empieza a leer con ganas a Manuel Puig”. Como de costumbre, Libertella acierta en su afirmación: la lectura de Puig ha generado muchas veces un efecto adictivo de escritura. Pero, ¿qué significa el estilo de Puig? Archiconocida es la sentencia de Onetti, aunque nunca está demás recordarla: “después de leer dos libros de Puig sé cómo hablan sus personajes, pero no sé cómo escribe Puig, no conozco su estilo”. Eso que en Onetti genera incomprensión (¡ah, el malentendido!) es en cambio decisivo en la lectura de Libertella: “pensemos ahora en algo no discutido después del psicoanálisis: el sujeto está escandido en lo que escribe; o un poco al revés: al sujeto todas las cosas lo escriben, en el caso de esa apropiación de voces ajenas que borran el estilo de autor para hacerse puro estilo de obra en los libros de Manuel Puig”. La frase de Libertella ameritaría una lectura profunda. Tan sólo por la oposición entre “estilo de autor” y “estilo de obra” se cuela la historia del estructuralismo y el postestructuralismo, el ascenso y la caída del pop, las políticas del nombre propio y, por supuesto, la tensión de la literatura en el mercado. Pero el momento crucial de la frase es: “sujeto escandido”. Quiero decir: si muchas de las literaturas influenciadas por Puig son poco interesantes es porque parecen estar centradas en un sujeto pleno, carente de pliegues, ajeno al malentendido, a lo escandido. Sucede que una parte de la literatura argentina lee a Puig en su aspecto más trivial: títulos levemente publicitarios, extrema velocidad en la narración, uso de un tono oral, coqueteo con lo kitsch, referencias al mundo de la industria del entretenimiento, a la diversidad sexual (¡Puig jamás usaría esas palabras!). Y eso da como resultado una literatura amable, aparentemente inteligente, pero por completo vacía.
También te puede interesar
-
Nuevo compromiso mundial por la igualdad de género
-
¿Demasiado mayor para ser presidente?
-
Qué hacer
-
Clarice Lispector en la cocina
-
La causa Cuadernos y el jefe de Gabinete, en jaque
-
Bullrich avanza
-
El culebrón y las esquirlas
-
¿Qué pasará en Colombia?
-
Burford lleva el caso YPF al Ciadi tras el revés en EE.UU. y reabre el frente judicial contra la Argentina