La finitud en estos días
A veces hay excesos de nombramientos. Me refiero a darle nombre a todo lo que sucede. Con palabras propias o ajenas, inventadas o extranjeras. Como si teniendo nombre se pudiera aceptar mejor lo que ocurre naturalmente. ¿Será el miedo a la muerte que vuelve tan profusa la lengua? El cerquito que otorga un nombre, más que protegernos, puede convertirnos en ganado etario. Se va a entender enseguida cuando me saque de encima la palabrita de moda en estos tiempos de crisis demográfica: Silver.
Estamos en una era de la longevidad, y de la llamada “generación Silver”. Pero, así como muchos matrimonios llegan a las bodas de plata estirando la convención, la exaltación de algunos que forman parte de la generación “silver” parece casi forzada. Hay incluso una subcategoría: silver teen. En la primera adolescencia se sufre, en la segunda se jode. Me pregunto cuánto se deberán estos nombres a una reconfiguración del mercado. En la actualidad, a los jóvenes les cuesta alcanzar un trabajo estable, mientras que los bolsillos longevos tienden al consumo, justamente porque la vida se acaba, pero un poco más adelante.
Quisiera referir una historia, y para ello me salgo un momento del rótulo. Un hombre de más de ochenta años, remando en el arroyo Espera. Corriente en contra, por supuesto, porque algo hay que vencer. Sentada en el muelle, como corresponde en el Delta, nos saludamos. Y entonces se produjo un remolino de tiempo. El hombre quería seguir conversando y eso implicaba un esfuerzo para quedarse en el lugar. No es fácil mantener un diálogo en el agua, y menos si el otro está en tierra. En el medio, el viento hace de las suyas, desmembrando las palabras. Y soplaba fuerte, haciendo valer la adversidad.
Cuelo una referencia preciosa acerca del viento que encontré recientemente en el libro Al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río, del último Premio Nobel húngaro, László Krasznahorkai. En el capítulo X da cuenta de lo inapresable de los vientos, solo se manifiestan, no se puede saber dónde están. Hacen temblar las hojas de los árboles, las ventanas se cierran de golpe, se los escucha susurrar, bramar, “son evidentes, pero inalcanzables, excluidos de la existencia son la existencia misma, o, dicho de otro modo, coinciden con la existencia hasta el punto de identificarse con ella”.
Vuelvo al hombrecito, aferrado a su remo. Durante varios minutos logró mantenerse frente al muelle y me contó todo lo que hacía para aprovechar el tiempo que le quedaba (¡que le quedaba para qué!): salía todas las semanas con su canoa, todavía manejaba y le gustaba andar largos trechos en la ruta, estaba muy solo pero le encantaba conversar –eso se notó desde el momento en que me saludó tan sonriente. Casi no nos dimos cuenta de que la corriente lo empezó a zarandear, ya no era posible sostenerse en el lugar. Como si no le importara, siguió contándome todo lo que hacía, sin que yo alcanzara a escucharlo. Lo vi alejarse lentamente, y me pregunté por la finitud en estos tiempos. Cuánto esfuerzo. Mejor que sea con viento y remando que haciendo pactos fáusticos con el mercado.
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