La ignora
El insultador serial Javier Milei, se autopercibe objeto de un designio divino.
Escrita en el siglo XV por Luo Guanzhong (1315-1400), Romance de los Tres Reinos se considera como la obra clásica más importante de la literatura china. Su acción transcurre entre los años 184 y 280, desde la caída de la dinastía Han hasta la reunificación del territorio. A lo largo de 120 capítulos y con la presencia de alrededor de mil personajes, en esas páginas Guanzhong narra intrigas políticas, batallas, la lucha por la supremacía entre tres estados o reinos (Cao Wei, Shu Han y Wu Oriental), así como la vida de los señores feudales y de sus criados. Se dice de ella que es el equivalente de Shakespeare en la literatura oriental. En el inicio de Romance de los Tres Reinos se lee: “Los imperios crecen y los imperios desaparecen”. Algo que la historia de la humanidad confirma y que solo quienes se creen eternos en el poder (y son infinitos en su ignorancia) parecen desconocer. El domingo pasado uno de ellos, el autócrata húngaro Viktor Orbán, fue derrotado tras dieciséis años de reinado absoluto, en los que desplegó con ferocidad una batería de ideas y acciones ultraconservadoras, xenófobas, antieuropeas y antidemocráticas. La Hungría que él gobernó no es un imperio, pero la alusión al Romance de los Tres Reinos vale porque Orbán se creyó emperador.
Así en la historia como en el presente abundan casos como el del ahora ex primer ministro húngaro. Desde el pasado lejano hasta el reciente desfilan figuras como Calígula, Napoleón, Hitler, Mussolini, Stalin, Castro, Chávez, Maduro, Pinochet, Trujillo, Bolsonaro, Peron, por citar solo unos pocos ejemplos. No son equivalentes, pero en un punto los iguala su compulsión a la eternidad. Y en la lista de espera se cuentan Trump, Putin, Netanyahu, Ortega, los teócratas iraníes, entre otros. Si se presta atención a la lista de los vigentes se ve que todos estos aspirantes a emperadores tienen el dedo en el gatillo, dispuestos a imponer por la violencia lo que no pueden sostener con argumentos racionales. Todos ellos en las antípodas del Mahatma Gandhi, quien argumentó en su momento: “Ya se ha probado una y otra vez con la violencia y no funciona, ¿por qué no intentarlo de otro modo?”. Gracias a que lo intentó India alcanzó su independencia.
Hay quienes, aspirando también a la eternidad tras ignorar los ejemplos históricos no apelan al uso de las armas, pero fomentan la violencia guerreando con palabras, como los faraónicos Kirchner, o el insultador serial Javier Milei, quien se autopercibe objeto de un designio divino. Se trate de violencia física o simbólica hay una cuestión indesmentible, que el periodista italiano Terzano Terziani definió así: “Desde que el mundo es mundo no ha habido una guerra que termine con todas las guerras”. Algunas, cabría advertir, terminaron con los imperios que las promovieron. Y con sus emperadores.
Terziani (1938-2004) fue corresponsal del semanario alemán Der Spiegel en Asia durante más de treinta años y colaborador habitual de los diarios italianos Corriere della Sera y La Repubblica. Asqueado de lo que había visto a lo largo de su carrera como corresponsal de guerra, se retiró en los años noventa a vivir en una aldea del Himalaya. Allí concluyó lo que sería su canto del cisne. El conmovedor libro Cartas contra la guerra, un conjunto de misivas que reflejan su dolor y su indignación por la violencia de un mundo regido por líderes enloquecidos, irracionales, dispuestos siempre a crear campos de batalla antes que campos de comprensión, como proponía el intelectual árabe Edward Saíd (1935-2003). En una de esas cartas Terziani reflexiona: “Algún día la política deberá unirse a la ética si queremos vivir en un mundo mejor”. Hoy política y moral siguen divorciadas. Gana la guerra.
*Escritor y periodista.