Cincuenta años

La memoria no es un archivo

No olvidar. Las fotos en blanco y negro llenaron las redes. Foto: cedoc

Esta semana el feed se llenó de fotos en blanco y negro. El pañuelo blanco. La Plaza de Mayo. Fragmentos de testimonios de sobrevivientes. Un reel de Estela de Carlotto. Después del mediodía del martes ya había vuelto todo a lo de siempre. Publicidades de zapatillas. El cumpleaños de alguien que no veo hace años. Un video de un perro generado por IA cruzando la calle. El algoritmo procesó el 24 de marzo con la misma lógica con la que procesa cualquier otra cosa. Amplificó lo que generaba reacción y archivó el resto antes de que terminara el día. Cincuenta años del golpe. Y una parte de mí se quedó pensando no en el golpe en sí, sino en esa velocidad.

Las plataformas guardan todo. Fotos, tuits, documentos, audios, videos que nadie va a ver. Tenemos más capacidad de almacenamiento que cualquier generación anterior y, sin embargo, hay algo en la memoria colectiva que no funciona como un servidor. La memoria no es lo que guardamos. Es lo que elegimos volver a traer. Requiere decisión, repetición intencional, cierta fricción.

Los algoritmos no tienen política del olvido explícita. No necesitan tenerla. El olvido es el efecto secundario natural de un sistema diseñado para maximizar el presente. El feed no distingue entre una fecha de duelo y una fecha de cumpleaños. Todo entra a la misma lógica. Todo compite por el mismo segundo de atención.

Lo que pasó en Argentina en 1976 fue una ruptura. Treinta mil personas detenidas, torturadas, desaparecidas. Una generación borrada de la vida pública por decisión de un Estado que se tomó el poder por la fuerza. Si uno midiera la huella digital de esa memoria hoy, lo que encontraría es un pico de engagement el 24 de marzo y silencio casi absoluto los trescientos sesenta y cuatro días restantes. No porque a nadie le importe. Sino porque así está construido el sistema que organiza lo que vemos.

Acá aparece una ilusión que me resulta difícil de esquivar. Creemos que porque algo está guardado en algún servidor, está vivo. Que con que existan los archivos alcanza. Pero los archivos no recuerdan solos. El algoritmo no selecciona por importancia histórica ni por dolor colectivo ni por la necesidad de una comunidad de no olvidar algo que podría repetirse. Selecciona por relevancia inmediata. Por reacción emocional medible en segundos. Y lo que no genera reacción hoy desaparece mañana.

Los organismos de derechos humanos llevan décadas sosteniendo algo que la cultura digital volvió más urgente. La memoria requiere deliberación. No alcanza con que existan los testimonios. Hay que elegir volver, traer a la superficie lo que el tiempo naturalmente hundiría, sostener lo incómodo incluso cuando no está de moda y el algoritmo ya pasó a otra cosa. Eso siempre fue un acto contracultural. Hoy también es un acto contraalgorítmico.

No estoy diciendo que la tecnología sea el enemigo de la memoria. Hay archivos digitales de testimonios de sobrevivientes que de otra manera se habrían perdido. Hay mapas colaborativos de centros clandestinos que existen gracias a plataformas que hace cincuenta años no podíamos imaginar. La tecnología puede ser soporte de la memoria. El problema es cuando se convierte en su reemplazo.

Una generación entera creció creyendo que hacer clic en “me gusta” en una foto del 24 de marzo cuenta cómo recordar. Que compartir una historia de Instagram el día del aniversario es lo mismo que entender qué pasó y por qué importa que no vuelva a pasar. Y no es lo mismo. El engagement no es memoria. El algoritmo no tiene consciencia histórica y no va a tenerla. 

Cincuenta años. Una fecha que tendría que pesar más que cualquier trending topic.

*Autor y divulgador. Especialista en tecnología emergente.