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El retorno de la Guerra Fría

Empiezo aclarando que en 1976 yo tenía 25 años, trabajaba como docente en la Facultad de Ciencias Exactas.

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976 los medios se llenaron de artículos. Todo el mundo parece tener algo que decir al respecto, en general para desmarcarse, aunque sea en un matiz, de las visiones extremas: que el golpe, orientado desde los Estados Unidos, vino a implementar a sangre y fuego el neoliberalismo o que fue una reacción lógica frente al terrorismo marxista entrenado en Cuba. Algunos, por ejemplo, se acuerdan de la presidenta derrocada, despreciada por ambos bandos en aquel momento e ignorada durante su prisión posterior y su exilio.

Lamentablemente, creo que yo también tengo algo que decir sobre el tema. Empiezo por observar que la Historia como disciplina tiene dificultades serias para abordar el tema y presentar una versión imparcial y abarcadora del golpe y de la dictadura resultante como es hoy el caso. Eso no ocurre con el alzamiento militar español que llevó a la Guerra Civil. Claro que desde entonces transcurrieron noventa años y la dictadura del Proceso está mucho más cerca en el tiempo. Supongo que falta bastante para que los historiadores puedan discutir el fenómeno en términos menos cargados de partidismo e ideología.

Creo que hay una razón adicional para ello, además de la relativa proximidad en el tiempo. Voy a intentar un ejercicio de memoria, con el peligro (o, mejor dicho con la certeza) de que estará muy lejos de la verdad objetiva. Empiezo aclarando que en 1976 yo tenía 25 años, trabajaba como docente en la Facultad de Ciencias Exactas, que mis ideas políticas eran de centro izquierda y no estaban exentas de simpatía por el peronismo. No sé si el golpe tuvo consenso (¿cómo medirlo?) pero personalmente, lo recibí como previsible (era la tercera dictadura de mi vida) y con resignación, porque tenía una muy mala imagen del gobierno de Isabel Perón. Esperaba de los nuevos dictadores un grado de represión y de violencia comparable con el de los episodios militares anteriores, pero de ningún modo una ferocidad como la que finalmente demostró aquel gobierno y del que solo fui parcialmente consciente antes de 1983.

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Hasta aquí no dije nada que justifique esta nota. Intentaré hacerlo brevemente ahora. Creo que quienes no estábamos involucrados en las organizaciones armadas ni con los militares que las combatían no éramos del todo conscientes de que lo que estaba ocurriendo entonces en la Argentina (y en América Latina) era, con sus formas particulares, un episodio más de la Guerra Fría. Pero era además una batalla (es académico decidir si era o no una guerra) en la que la mayoría de la población no tomaba partido. Por otra parte, esa lucha obedecía a la colisión de dos planes secretos (el exterminio de los militantes, la toma del poder para instalar el comunismo) aunque hubiera evidencia de ambos.

Hoy la Guerra Fría, aunque sin ese nombre, ha reaparecido. Hay un bando que reivindica los objetivos, y las alianzas estratégicas de los guerrilleros de entonces. Hay otro que se identifica básicamente con sus enemigos. Y aunque los dos grupos pretenden actuar en nombre de las mayorías, la batalla (los asesinatos están por ahora excluidos) sigue siendo la misma. La diferencia con 1976 es que hoy, cuando se juega la suerte de Venezuela y de Cuba (y de la Argentina), es más difícil que entonces no tomar partido.