INTERNACIONAL
UN MES DE GUERRA EN MEDIO ORIENTE

Estados Unidos e Irán escalan la guerra: despliegue de tropas en terreno y la "batalla informativa" en redes

Washington destina paracaidistas y marines al Golfo Pérsico mientras un Israel desgastado invade el sur del Líbano. Teherán amplió su ofensiva digital con videos virales que ridiculizan a Netanyahu y a un Trump muy golpeado en el plano interno.

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La guerra en Medio Oriente se extendió con los ataques en el Líbano. | AFP

A un mes del inicio de la guerra en Medio Oriente, una serie de movimientos de Estados Unidos, Israel e Irán indican que el conflicto regional no solo está lejos de una desescalada, sino que podría entrar en una nueva y desgastante fase.

La escalada comenzó con el "ataque preventivo" de Washington y Tel Aviv contra suelo iraní el 28 de febrero, que tuvo como punto álgido el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, en un intento de forzar un cambio de gobierno.

Con la posterior represalia de Teherán —que había advertido que respondería bombardeando bases estadounidenses en la península arábiga y contra Israel—, el conflicto se expandió rápidamente a escala regional, con represalias sobre objetivos en países como Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar, que marcaron el inicio de una guerra abierta entre las partes.

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Washington avanzó en las últimas horas con el despliegue de tropas hacia el Golfo Pérsico, en un movimiento que también impactó en los mercados de predicciones, donde se dispararon las apuestas sobre un interrogante concreto: si las fuerzas estadounidenses podrían ingresar en Irán por tierra antes del 30 de abril.

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En paralelo, su aliado occidental en la región, Israel, invadió el sur del Líbano en medio de los ataques cruzados con Hezbolá, bajo crecientes presiones internas por el desgaste económico y lo que el opositor Yair Lapid definió como una "falta de estrategia en una guerra de múltiples frentes". A esto se suman tensiones dentro de las Fuerzas de Defensa de Israel, entre ellas la controversia por la convocatoria a los sectores ultraortodoxos.

A un mes del comienzo de la segunda guerra en un año, Irán amplificó su ofensiva digital con videos generados con inteligencia artificial que ridiculizan a Donald Trump y al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Las piezas, que se volvieron virales en redes sociales, vinculan la ofensiva con temas sensibles como los archivos Epstein y el bombardeo de una escuela de niñas en el sur del país.

A nivel militar, medios iraníes reportaron que Teherán podría convocar a más de un millón de combatientes en los próximos días si Donald Trump avanza con la denominada "Operación infierno" , que implicaría un despliegue de tropas en tierra, en medio de la creciente desaprobación de los estadounidenses sobre su participación en la guerra, según datos de una reconocida encuesta.

Una nueva escalada en Medio Oriente: "Operación infierno"

Después de semanas de ofensiva aérea, la Casa Blanca empezó a preparar el escenario para desplegar tropas en el terreno, en caso de que Teherán no acepte negociar un acuerdo y se exponga a "un infierno" en Irán, según declaró el presidente de Estados Unidos en la red Truth Social.

La maniobra se conoció en paralelo a la prórroga del reciente ultimátum anunciado por Trump, que extendió hasta el 6 de abril el plazo para un cese al fuego con Teherán, en medio de presiones internas a raíz de dos motivos: las bajas estadounidenses en combate y la disparada del precio de combustible. Esto último ocurrió tras el cierre del estrecho de Ormuz, una de las últimas cartas que jugó Teherán para responder a lo que considera una "guerra de agresión" en contravención a la carta de la ONU y otros instrumentos de derecho internacional.

En tanto, Trump sostuvo que las negociaciones "avanzan muy bien", a pesar de que desde Irán negaron tal contacto. Más allá de las acusaciones cruzadas, el gesto convive con una dinámica que se viene consolidando desde el inicio del conflicto: la diplomacia y la escalada bélica avanzan simultáneamente.

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Tal como ocurrió durante la última semana de febrero, cuando el gigantesco portaaviones USS Gerald Ford arribó a la costa norte de Israel mientras las delegaciones celebraban "avances históricos" durante las negociaciones llevadas a cabo en Ginebra, Suiza, para limitar no solo el programa nuclear iraní sino su inversión en el desarrollo de misiles balísticos. En ese momento, la orden de ataque ocurrió días antes de que venciera otro ultimátum que Trump había dado a mediados de febrero a Teherán.

Las cifras de Estados Unidos

Del lado estadounidense, el reciente despliegue incluye unos 2.000 paracaidistas de la 82 División Aerotransportada —según reportes de medios como AP o Washington Post—, unidades capaces de intervenir en cualquier punto del mundo en menos de 18 horas, además de grupos anfibios con cazas F-35 a bordo y unos 5.000 infantes de Marina. A eso se suma el movimiento de nuevas unidades expedicionarias que llegarán en las próximas semanas, ampliando el rango de opciones militares disponibles para Washington.

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Misiles balísticos iraníes impactaron en ciudades del sur y centro de Israel, con daños en zonas urbanas.

No se trata de una fuerza suficiente para una invasión a gran escala, como la de Irak en 2003. Pero sí de un esquema diseñado para operaciones limitadas sobre objetivos estratégicos. Entre ellos, aparecen dos escenarios principales: asegurar puntos en el estrecho de Ormuz —clave para el comercio energético global— o avanzar sobre enclaves como la isla de Jarg, núcleo de la infraestructura petrolera iraní que, tras convertirse en un posible objetivo militar, Trump fue para atrás en función de las amenazas de represalia de Teherán.

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El tipo de fuerzas desplegadas (más que su volumen) empieza a marcar el sentido de la operación: presionar a Irán para que se siente a negociar tras una serie de negativas. No están pensadas para una ocupación prolongada, sino para intervenciones puntuales, de rápida ejecución, con objetivos acotados. Una lógica de larga data que no siempre fue efectiva pero que responde a una estrategia de presión: escalar lo suficiente para forzar concesiones sin quedar atrapado en un conflicto abierto de largo plazo.

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Por su lado, medios iraníes, como la agencia Tasnim, hablaron de la posibilidad de que el gobierno convoque a más de un millón de combatientes ante una eventual invasión terrestre estadounidense, citando fuentes militares. Si bien la cifra es difícil de verificar de manera independiente, funciona como un mensaje político en un contexto de creciente tensión y luego de que sufrió otra baja relevante tras el asesinato del jefe del brazo naval de la Guardia Revolucionaria.

La movilización incluye tanto fuerzas regulares como estructuras vinculadas a la Guardia Revolucionaria (el ejército "paralelo" que responde al líder supremo) y la fuerza policial Basij, el entramado que históricamente le permitió a Teherán tener el control del territorio. La advertencia, en tanto, es explícita: cualquier intento de intervención en Irán, un país de 90 millones de habitantes y rodeado de cordones montañosos, tendrá un costo alto.

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Un funeral en Teherán tras un bombardeo israelí.

En ese contexto, el estrecho de Ormuz se consolida como el principal punto de presión. Por allí circula cerca del 20% del petróleo global y su control se convirtió en una herramienta directa de negociación. Mientras Washington exige su apertura, Teherán avanzó con un esquema selectivo: permite el paso de buques considerados "no hostiles", es decir, de países que no participan ni respaldan la ofensiva en su contra, previa coordinación con sus autoridades.

Ese criterio derivó en acuerdos puntuales. Irán autorizó el tránsito de barcos vinculados a España y extendió excepciones a otras flotas que negociaron directamente su paso, como India o Malasia. Al mismo tiempo, el control se ejerce de forma activa: el tráfico sigue siendo reducido y condicionado, con ataques directos y restricciones sobre embarcaciones que no cuentan con autorización. La presión económica, en tanto, se convirtió en la carta maestra de Irán para sostener la contraofensiva militar.

La propaganda digital de Irán

En paralelo, el conflicto suma otra dimensión: la digital. En los últimos días se viralizaron nuevos videos generados con inteligencia artificial —incluidas piezas animadas con estética de juguetes tipo LEGO— que ridiculizan a Donald Trump y al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, con música, narrativa épica y códigos pensados para audiencias estadounidenses. El denominador común: la mención a los archivos Epstein y a la "venganza" por el ataque a la escuela del sur de Irán que dejó más de 160 personas muertas, en su mayoría niñas.

La lógica no es nueva, pero sí el alcance. Durante la Segunda Guerra Mundial, Corea o Vietnam, la propaganda buscaba erosionar la moral del enemigo a través de panfletos, radio o transmisiones dirigidas al frente. Esa circulación era limitada y rara vez impactaba en la sociedad de origen. Hoy, la producción de contenidos con inteligencia artificial permite intervenir directamente en el frente interno del adversario, con piezas pensadas para resonar en su cultura digital. En ese terreno, la disputa ya no es solo por el control del territorio o de los recursos, sino también por la capacidad de construir sentido en tiempo real.

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La salud de Mojtabá Jamenei, sucesor de Alí Jamenei, fue motivo de especulaciones desde el inicio de la guerra.

La guerra, así, se despliega en múltiples planos: militar, diplomático y comunicacional. La extensión del ultimátum abre una ventana, pero no altera la tendencia. El despliegue de tropas, la presión sobre Ormuz y la movilización del lado iraní configuran un escenario en el que la posibilidad de una intervención en tierra deja de ser marginal.

Trump, bajo presión según encuesta

De cara a lo que viene, el margen de maniobra de la Casa Blanca empieza a reducirse. Tras los ataques iniciales, que —según el propio Trump— debilitaron la capacidad militar iraní, escalar sin cambiar la naturaleza del conflicto resulta cada vez más difícil. Si la negociación fracasa, la alternativa es una intervención más directa, un escenario sensible para sectores del movimiento America First, que sostienen una línea aislacionista y rechazan la participación de EE.UU. en conflictos externos.

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Pero más allá de la lectura en el seno del trumpismo, el escenario ya genera resistencias en el plano interno. Legisladores republicanos advirtieron que no apoyarían el envío de tropas a Irán, incluso después de recibir informes clasificados sobre la situación, en un contexto donde el recuerdo de Irak sigue presente en la política estadounidense.

Ese costo ya empieza a reflejarse en la opinión pública. Una encuesta del Pew Research Center muestra que el 61% de los estadounidenses desaprueba la forma en que Donald Trump está manejando el conflicto, mientras que el 59% considera que la decisión de atacar Irán fue equivocada.

Más allá de la grieta partidaria —con republicanos y demócratas en posiciones opuestas—, el dato que empieza a consolidarse es otro: la percepción de que la guerra no será breve. El 54% cree que la operación se extenderá al menos seis meses, mientras que un 29% anticipa un conflicto de más de un año. En ese escenario, la escalada ya no se mide solo en términos militares, sino también en su sostenibilidad política dentro de Estados Unidos.