COLUMNISTAS
Silencio

Putear alivia

Adorni se desloma en la explicación de por qué viajó, gastó. Enturbia al aclarar.

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I Swear. Es la historia de John Davidson, que comenzó a padecer síndrome de Tourette. | captura de pantalla

La película I Swear ( Lo juro), titulada Incontrolable en una plataforma, cuenta la historia real de John Davidson, un escocés que comenzó a padecer síndrome de Tourette cuando era adolescente. En el principio parecía una joda ensayada. Los compañeros se reían, otros le saltaban encima para pegarle cuando sospechaban que los estaba bardeando. Nadie creía que sus exabruptos eran un acto involuntario. Ligaba expulsiones, reglazos del director de la escuela, sopapos familiares, en cualquier lugar donde alguien suponía que puteaba, maldecía, insultaba a propósito. Pasó demasiado tiempo hasta que al fin dieron con el diagnóstico. Tal vez sea la forma en que el cerebro se alivia.

Davidson lleva un mordillo de bebé colgado al cuello. Muerde, aprieta los dientes para contener el sobresalto. La mente arde sin humo, no da señales. Un gruñido, un eructo, una arcada, dolor de huevos, saliva excesiva, náusea que provoca el recuerdo de años infames, la resaca diaria después de noches duras. Nada. ¿Será tal vez algo que el tipo ve, escucha, la causa que gatilla, dispara, levanta el pestillo, abre, da paso, lanza garganta abajo el vómito insolente?

El rugido intimida. No suena a reclamo amoroso. Agravia, agrede, ofende. Si acaso no vieron la comedia Toc Toc en el teatro, o la versión de la obra filmada en España, pueden imaginar ahora mismo una situación posible. Ponele que todavía van a misa. En el silencio, cuando el que oficia alza la hostia, un abusado del público grita: “¡Pedófilo!”. Murmullo, revuelo, vergüenza. “Yo no quería”, alcanza a decir el infiel. “Yo tampoco”, se arrodilla el cura.

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No confundir con la indignación de una tribuna que corea “Chiqui Tapia botón…”. Se parece más a la reacción de quien de pronto comprueba que Martín Insaurralde sigue en libertad. Es inevitable que señale, en alta voz, al “¡ladrón!” oculto, apuntando el irreverente dedo índice al exintendente de Lomas de Zamora, candidato a gobernador propuesto por Cristina Kirchner, asesor de Kicillof. Los choreos impunes impulsan expresiones instantáneas de pura bronca por las demoras de la Justicia.

Es imposible ignorar la evidencia. ¿Cuánto hay de intercambio, de contagio, de mímesis, entre los síntomas de la alteración neurológica individual y la que se manifiesta en la sociedad cuando alguien se salta el escáner, los cortafuegos, la seguridad, los controles, los límites naturales de respeto entre partes en una interacción pública, o privada? Veamos en acción una secuencia dramática de ficción protagonizada por un cronista, basada en hechos que estuvieron ahí de convertirse en un acto reivindicatorio.

Sucede en la Casa Rosada. Conferencia de prensa del jefe de Gabinete, Manuel Adorni. Se presenta para dar su versión de delitos revelados en medios de información confiables, sin contaminar todavía por fanáticos, ideólogos, militantes partidarios, ensobrados varios. Adorni se desloma en la explicación de por qué calló, compró, viajó, gastó. Enturbia al aclarar. Sus mejillas son dos bombitas infladas de sangre a punto de detonar. ¿Siente vergüenza, bochorno, furia, ira? “Fin”, dice. Alguien alza la mano. Adorni concede. Silencio. Aguarda la pregunta. El periodista levanta la mirada de su libreta. Abre la boca. “¡Imbécil!”, grita.

El guion de la escena describe la propagación del Tourette, de síndrome individual a fenómeno social. El irrefrenable deseo de putear se activa al amanecer. La información fluye en titulares a través de redes cloacales. Se intoxica al abrir el envase de los hechos, a la luz de los detalles el aire de los medios los contamina. El plazo de vencimiento se reduce. Pasados unos pocos minutos, los necesarios para pensar, dudar, actuar en consecuencia, se pudre, enferma. Hay que tirarla.

En el laboratorio donde investigan las sinapsis observan cómo los ratones se tapan las orejas con las patitas cuando suben el volumen de los canales de noticias, otros tratan de huir, trepan los barrotes de la jaulita, copulan con frenesí o se tiran tarascones entre sí. Los que más chillan lucen una remerita en la que se lee: “Putear alivia”.

*Periodista y escritor.