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Palabras de odio

Por trabajo, me veo obligada a buscar un dato que creo haber leído en un artículo sobre el que no atino a recordar medio, autor, tema central ni fecha. Solo tengo la certeza de que se trata de algo que versa sobre actualidad política, publicado durante los últimos cinco años. Seguramente pertenezca a una revista digital con pretensiones de verla más y mejor que las otras, aunque todas prometan algo parecido. Sin dar con el dato en cuestión, en un momento siento que el verdadero hallazgo está en la escasa trascendencia de lo que leo, nuevo si uno piensa en una escala histórica, pero al mismo tiempo viejo porque la mayor parte de los pronósticos y cuestiones planteadas caducaron. Me encanta que en su momento tanto los autores como yo –que los leía con entusiasmo– hayamos tenido la inocencia de creer que allí se cocinaba algo jugoso. El morbo de ver cómo alguien ha estado escribiendo una nota perecedera como un yogur, aunque presentada bajo el prestigiante sello “ensayo”, me impulsa a seguir por más de una hora. Pero voy perdiendo la fuerza al pensar en la energía que costó todo ese tipeo para caer en saco roto y en el tiempo que perdí leyéndolo para no sacar nada. Encima son textos innecesariamente largos.

Si algo tiene de bueno el papel, es condenarnos a una cantidad de caracteres acotados, a perseguir la síntesis, que es un don divino. En el espectro digital, en cambio, pareciera que la longitud va pegada al utilitarismo, como pasa con los lectores de best-sellers, quienes, según un librero amigo, adoran los volúmenes gruesos porque sienten que cada peso erogado se compensa con muchas páginas. Lo que leo no se priva de repetir la misma idea con palabras diferentes, ni en forzar comparaciones para rellenar. Vicios como apuntar sinónimos. (“es un vacío, una oquedad, un agujero”) estirando artificialmente las oraciones, se alardean como capacidades literarias. En la medida en que avanzo (voy en orden cronológico y, al final, en diagonal a causa de estas dilaciones), algunas palabras que odio se van apoderando del terreno. El adjetivo “roto”, por ejemplo, aplicado al tejido social, al sistema productivo, al sentido común, al cuerpo, al espectro congnitivo, a un nosotros que no se sabe bien por quiénes está compuesto. Y ni hablar del verbo “coagular”, cuyo único uso aceptable debería ser el relacionado al proceso fisiológico que transforma la sangre. Me apena que no figure “avivar” en sus diversas variantes, que está de moda ahora y que banco porque me recuerda a un simpatiquísimo corredor de apuestas amigo de papá que lo usaba todo el tiempo. Y me gusta que casi no aparezcan “otredad”, más propia de la era kirchnerista, y “masculinidades”, que se ve que no venía a cuento. Pero no es suficiente para calmar las ganas de desertar, después de todo el dato en cuestión no es tan importante. Además, tengo pendiente leer nuevos artículos interminables con viejas palabras que tienen nuevos usos sobre temas que no podré recordar mañana. ¡Arre, hermosa vida!