COLUMNISTAS
desdén y política

La larga noche del desprecio

El destrato de Manuel Adorni a los periodistas reabre una larga tradición argentina de deslegitimar al otro.

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Actitud patética. Adorni instó a los periodistas a pedirle perdón. | captura de pantalla

Podría decirse, sin ánimo de minimizarlo, que el desprecio de Manuel Adorni a los periodistas constituye un progreso. Ocurre en democracia, con plena libertad de los medios para expresar sus críticas e investigar presuntas actividades reñidas con la moral pública, con trabajadores que no son amenazados sino apenas reconvenidos moralmente por un funcionario que, en una actitud patética, los insta a pedirle perdón por haber ejercido bien su profesión. Desprecios eran los de antes: ante una pregunta incómoda, Perón, enfurecido por la violencia de los Montoneros que se le escapaban de las manos, le pidió a una periodista su identificación, solicitando que se le iniciara una causa y dejándola librada a la ferocidad de la Triple A, que intentó secuestrarla. Y qué decir de la hipocresía de Videla ante la solicitud valiente de José Ignacio López para que hablara de los desaparecidos. Frente a eso, las explicaciones que oscurecen y las arrogancias de Adorni, apenas un jefe de Gabinete, parecen una incontinencia de carmelita descalza.

Sin embargo, y aun sublimado por la democracia, el desprecio de Adorni y, sobre todo, el de su jefe se inscriben en una lamentable saga, comenzada hace más de dos siglos, cuando este país aún no se llamaba Argentina. El vilipendio, que habilita el odio, puede rastrearse ya en lo que se ha llamado “el terrorismo de Mayo”, cuando la revolución despachó ejércitos al interior para imponer el nuevo régimen a sangre y fuego. No se destaca en los manuales escolares, pero fue así. Se trata de la cara más dura de la infravaloración del otro, la que lleva a la guerra, al exterminio. Y que los intelectuales a menudo legitimaron. Suena la voz de Sarmiento instigando a la matanza de gauchos; puede leerse la convicción de Juan Bautista Alberdi, que escribió: “En América todo lo que no es europeo es bárbaro: no hay más división que esta: 1°, el indígena, es decir, el salvaje; 2°, el europeo, es decir, nosotros, los que hemos nacido en América y hablamos español, los que creemos en Jesucristo y no en Pillán (dios de los indígenas)”.

A diferencia de Sarmiento y Mitre, convencidos de la eficacia de la guerra, Alberdi la abominaba, la creía enemiga del progreso. Pero no pudo, probablemente subyugado por los ideales del iluminismo, sustraerse al desprecio de lo incivilizado, dándoles así letra y justificación a los belicosos. Aunque no necesariamente las cosas debían ser así. La cultura no transitaba, por cierto, la época del reconocimiento de los derechos humanos que llegaría mucho después. Sin embargo, el coronel Lucio Mansilla, aproximó una alternativa al dilema civilización o barbarie. En Excursión a los indios ranqueles, extrajo lecciones de lo que se llamaba barbarie, llegó a pensar que muchos aspectos de ese mundo desvalorizado y amenazador podrían ser un ejemplo para mejorar la cultura dominante. Por momentos, con Mansilla, el método se invierte: la barbarie educa a la civilización, le enseña las verdades del mundo natural, los beneficios de la solidaridad espontánea de los aborígenes, anterior a las transacciones y contratos de la modernidad. No propuso extirpar; como si fuera un antropólogo, instó a entender al otro cultural, a dialogar con él, a integrarlo.

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El fracaso de Mansilla es paradigmático. Muestra la imposibilidad de la mediación que suprime la negación del otro. Sería exagerado decir que el país se construyó sobre el desprecio político, pero son tantos los episodios donde este decidió los hechos, que no se lo puede soslayar. Cuando Joaquín V. González, un asiduo invitado a esta columna, hizo su valoración del siglo XIX con motivo del Centenario, sostuvo que la dificultad, hasta entonces insalvable, que impedía a la Argentina un destino de grandeza a pesar de los grandes progresos, era lo que llamó “la ley de la discordia” y describió como “la pasión del partido, las querellas domésticas, los odios de facción, la ambición de gobierno o de predominio personal”. Ochenta años después Tulio Halperin Donghi consideró que el rasgo característico de la vida pública argentina era la recíproca negación de legitimidad entre las fuerzas políticas que, además, no se ponían de acuerdo ni siquiera sobre cuáles eran los criterios para reconocerla. Desde Joaquín V. González había transcurrido casi otro siglo de enfrentamientos, culminado con la guerrilla y el terrorismo de Estado.

La democracia recuperada en 1983 erradicó la muerte por razones políticas y logró desplazar en sus primeros años el desprecio. Alfonsín y Menem no cayeron en esa miseria. Durante el gobierno del radical hubo polémicas encarnizadas, huelgas generales y enojos, pero llegado el momento de defender el sistema frente a los militares, que aún no se daban por vencidos, el balcón de la Casa Rosada fue ocupado por representantes de los dos grandes partidos. Años después, el presidente en ejercicio y el expresidente firmaron un pacto que dio lugar a una reforma constitucional llevada a cabo de manera civilizada, con propuestas que se discutieron con respeto entre iguales. Hubo debates, pero no agravios. Visto retrospectivamente, el pacto de Olivos, que en su momento despertó tantas controversias, fue un acuerdo entre líderes y partidos que la democracia no volvería a experimentar.

Con el siglo XXI regresó el desprecio político. La descalificación de los rivales, devenidos en enemigos; la paranoia de las conspiraciones en lugar del reconocimiento de los propios errores, la ofensa a cualquier sector que se atreviera al disenso. Lo sabe el periodismo, que se curtió para llegar hasta Milei y sus esbirros. El kirchnerismo restableció las antinomias del pasado convenientemente actualizadas. La memoria de los años de violencia fue manipulada por el gobierno y sus adeptos, cuya narración sesgada pretendió ser la única verdadera. Una vez más se constató que el dogma es el motivo de la negación del otro. El que no está conmigo está contra mí. La división excedió a la política, metiéndose en las profesiones, los grupos de amigos y las familias, sin estropear la convivencia, pero volviéndola tóxica.

Milei significa el apogeo del desprecio en democracia. Lo perfeccionó. Maltrata a los que se le oponen, deseándoles el peor destino. No solo los coloca del lado del error, los asimila a la maldad. Odia Milei como nunca se había odiado en estos años. Aunque, felizmente, es un odio de palacio que la sociedad no suscribe. La grieta surca las redes, no los vínculos humanos. El libertario monta el espectáculo del ultraje, pero la gente no lo compra.

Podría preguntarse si los argentinos despertarán alguna vez de la larga noche del desprecio. Desde que existen los sondeos de opinión, sus principales preocupaciones fueron la economía y la inseguridad. A la luz de esas demandas permanentes e irresueltas, la solicitud de convivencia política parece una sofisticación. Sin embargo, según esos mismos sondeos, una amplia franja de votantes, con fuerte presencia femenina, la está demandando cada vez con mayor urgencia.

Solo falta quien los represente.