Palabras

La neolengua oficial

Cuando se tergiversa el sentido de las palabras, se impide la posibilidad de diálogo.

George Orwell. Publicó “1984”, donde desnudaba el uso perverso del lenguaje en la política. Foto: cedoc

En Oceanía, lugar ficcional en el que transcurre 1984, la indestructible   e imprescindible distopía que George Orwell (1903-1950), seudónimo del ensayista, periodista y novelista inglés Eric Blair, escribió y publicó en 1948, se desnudaba como en ningún otro texto el uso perverso del lenguaje en la política. En aquella novela, entonces distópica y hoy realista, el gobierno totalitario del Gran Hermano (personaje enigmático y acaso irreal) constaba de varios ministerios. El de la Paz se dedicaba a la guerra, el del Amor encarcelaba, torturaba y eliminaba a opositores o sospechosos de serlo, el de la Verdad difundía mentiras y noticias falsas oficiales, el de la Abundancia administraba la hambruna de una sociedad devastada. Para imponer aquella brutal distorsión de significados, el régimen creó e instauró la neolengua, que debería ser obligatoriamente usada por todos los habitantes, a quienes además se les prohibía usar más de una palabra para cada cosa. Con lo cual morían la metáfora, la sinonimia y la simbolización, al tiempo que la lengua, y con ella el pensamiento, se empobrecían hasta la indigencia.

Aunque Orwell tenía entre ceja y ceja a los principales regímenes totalitarios de la época (el fascismo, el recién derrotado nazismo y, ante todo, el vigente estalinismo), 1984, como todos los grandes clásicos, trasciende su momento, y sus contenidos, significados, interrogantes y advertencias se extienden a tiempos posteriores y se mantienen siempre actuales. Es justamente la metáfora, son precisamente la alegoría y la simbología las que los proyectan. Nunca la literalidad. Y para comprenderlas son necesarias herramientas como el pensamiento autónomo y crítico, la capacidad de análisis de la realidad presente, y amor y respeto por el lenguaje. El espíritu de 1984 no necesita totalitarismos para manifestarse, mucho menos en un tiempo como el actual, en el que democracias fallidas son abiertamente despreciadas y sutilmente violadas por gobernantes intolerantes, fanáticos y con aspiraciones autoritarias, cuando no desquiciados.

Dos ejemplos recientes de cómo se puede vaciar y violentar el significado de las palabras en su uso político son la creación, semanas atrás, de la  Oficina de Respuesta Oficial (un equivalente del orwelliano Ministerio de la Verdad, copiado a su vez de la Oficina de Respuesta Rápida de Donald Trump) y la declaración de Javier Milei de que la moral es, en su gobierno, política de Estado (justamente el Gobierno, que debe explicaciones verificables sobre el caso $Libra, las andanzas de Manuel Adorni, las comisiones del 3%, las relaciones con personajes turbios y sus cada vez más frecuentes ligazones con la “casta”). Cuando se tergiversa el sentido de las palabras, se atenta contra el pensamiento del interlocutor y se impide la posibilidad de diálogo y de un debate serio (dos ítems que el régimen libertario evita y desprecia). ¿Para qué usar palabras si no dicen lo que dicen? ¿Cómo creer en un enunciado cuando aquello que describe es lo contrario de lo que se ve y se experimenta? Cuando el oxímoron se impone como lengua oficial, ocurre lo que señala el filósofo y ensayista cordobés Luis Ignacio García en su reciente libro titulado Fascismo cosplay: se rompen los lazos internos del pensamiento y de la razonabilidad. No hay reglas comunes de comunicación. Y es imposible responder al lenguaje que emite el poder porque, según explica García, “responder como si los disparates fueran argumentos es haber cedido a su plan de locura planificada”. Para más referencias sobre la malversación del lenguaje en política y su efecto patológico en la sociedad, acudir a LTI, La lengua del Tercer Reich, ineludible libro del filólogo alemán Victor Kemperer.

*Escritor y periodista.