MALVINAS

La soberanía no se recupera subordinándose

Más allá del reclamo histórico, la disputa se juega hoy en Antártida, IA y datos. Sin desarrollo nacional no hay independencia.

Javiera Thatcher. Foto: Pablo Temes

Malvinas no es solamente una deuda del pasado. Es también una disputa sobre el futuro. El reclamo argentino por la soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes es una causa permanente que debe atravesar gobiernos y generaciones. Pero en el siglo XXI significa además Atlántico Sur, proyección antártica, recursos estratégicos, rutas marítimas, ciencia y tecnología.

La Argentina necesita pensar Malvinas desde un mapa más amplio. El centro de gravedad económico mundial se desplaza hacia Asia mientras las regiones polares adquieren renovada importancia geopolítica. Las nuevas rutas del Ártico y la disputa por Groenlandia demuestran que la geografía vuelve al centro del poder mundial. La Antártida posee un régimen jurídico diferente, protegida como reserva de paz y ciencia, pero precisamente por eso la presencia científica, logística y diplomática que construyamos hoy será fundamental en las próximas décadas.

Tierra del Fuego no debe pensarse como el confín del país, sino como una plataforma estratégica. Ushuaia puede convertirse en un gran nodo antártico, portuario, científico, naval y tecnológico. Si el epicentro económico mundial sigue hacia Asia, la Patagonia puede dejar de ser periferia para articular Atlántico, Pacífico y Antártida.

En este escenario, China ocupa un lugar que Argentina no debería subestimar. Entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, Beijing ha sostenido uno de los respaldos más firmes al reclamo argentino, tanto bilateralmente como en Naciones Unidas.

Malvinas y Taiwán no son situaciones jurídicamente idénticas. Sin embargo, existe un principio político que explica la sensibilidad recíproca: la defensa de la integridad territorial y el rechazo a que cuestiones fundamentales para la unidad nacional queden subordinadas a conveniencias de terceros.

La experiencia china deja además una enseñanza. China recuperó Hong Kong en 1997 y Macao en 1999 después de transformar profundamente sus capacidades económicas, productivas y estatales. No se trata de trasladar mecánicamente esa experiencia a Malvinas, sino de comprender algo elemental: la capacidad diplomática de una nación depende del poder económico, tecnológico y político que haya construido.

Aquí aparece la paradoja de la política exterior de Javier Milei. Mientras Argentina necesita ampliar apoyos y márgenes de autonomía, el Gobierno sobreactúa su alineamiento con Washington, precisamente cuando la administración Trump recupera la Doctrina Monroe y reafirma su preeminencia en el hemisferio occidental.

Tampoco deberían confundirse las tensiones circunstanciales entre Trump y Londres con una ruptura estratégica. Estados Unidos y Reino Unido mantienen una profunda alianza militar, nuclear, de inteligencia y tecnológica, que el Technology Prosperity Deal firmado por Trump y Starmer profundiza en IA, computación cuántica, energía nuclear, chips y defensa.

Mientras algunos imaginan que una diferencia coyuntural entre Washington y Londres podría favorecer el reclamo argentino, ambas potencias integran las tecnologías que definirán el poder del siglo XXI. Y la historia obliga a ser prudentes: en 1982, ante la disyuntiva entre la solidaridad hemisférica y su alianza con el Reino Unido, Estados Unidos eligió Londres. Malvinas no puede depender del humor de Trump con Londres.

El caso Palantir introduce otra dimensión del problema. La vinculación con empresas de inteligencia artificial, análisis de datos, seguridad y defensa obliga a discutir quién controla los datos, dónde se almacenan y qué capacidades quedan en Argentina. El problema no es relacionarse con empresas estadounidenses, chinas o europeas, sino hacerlo sin estrategia nacional. Los datos y la inteligencia artificial son hoy dimensiones de la soberanía.

Esto vuelve estratégico al Sur argentino. La Patagonia posee bajas temperaturas, recursos eólicos, gas, potencial hidroeléctrico y energías renovables: condiciones atractivas para centros de datos e infraestructuras de cómputo. La IA no elimina la geografía: la vuelve nuevamente estratégica.

Argentina debe decidir si quiere convertir la Patagonia en una plataforma soberana de IA, energía y conocimiento o limitarse a ofrecer territorio, electricidad y frío para que otros procesen allí sus datos. Esa diferencia se llama desarrollo.

Malvinas requiere además acumular apoyos internacionales. América Latina es nuestro primer círculo estratégico, pero África y Asia serán cada vez más relevantes. Por eso resulta contradictorio que Argentina se haya colocado junto con Estados Unidos e Israel entre los únicos tres países que votaron contra una resolución impulsada por Ghana sobre la esclavitud, respaldada por 123 Estados.

Lo mismo ocurre con Brasil. Convertir las diferencias ideológicas con Lula en rivalidad estratégica contradice el interés nacional. Brasil es nuestro principal socio regional y resulta indispensable para cualquier estrategia sudamericana sobre el Atlántico Sur.

Pero existe una cuestión más profunda. Los respaldos diplomáticos, las resoluciones internacionales y nuestros sólidos derechos históricos y jurídicos son indispensables, pero ninguna nación puede sostener una estrategia soberana durante décadas si carece de capacidades materiales para respaldarla.

Por eso Malvinas debe ser también una política de desarrollo. Necesitamos una Tierra del Fuego poblada y productiva; puertos, industria naval, marina mercante, logística antártica, energía, telecomunicaciones, radares, satélites, centros de datos e inteligencia artificial.

Poseer territorio no alcanza. Poseer recursos tampoco. La soberanía consiste en disponer de las capacidades para decidir sobre ellos, transformarlos y defender el interés nacional. La mejor política de Malvinas es construir una Argentina desarrollada, porque un país dependiente puede reclamar soberanía, pero tendrá más dificultades para ejercerla.

La soberanía no se recupera subordinándose. Se construye desarrollando la Nación.

* Exembajador en China.