Lágrima viva
Presumo que ha de ser más que nada por escasez de recursos (verbales en este caso) que un solo verbo, el verbo llorar, ha suplido aplastantemente a una veintena de verbos posibles (reclamar, exigir, protestar, luchar, alegar, cuestionar, manifestar, criticar, etc.). Tal vez haya que detenerse un poco más, por ende, en el hecho de tener al frente de la Selección Nacional, durante dos ciclos completos por lo menos, a un hombre que llora (“la Llorona”, lo apodaron los jugadores del plantel, por afecto y no por voluntad de mofa).
Scaloni altera así los términos de una contraposición que se armó entre Menotti y Bilardo (sus antecesores como campeones del mundo): de un lado, el aplomo, la serenidad, el equilibrio; del otro, el manojo de nervios (más allá de que en Menotti la procesión fuera por dentro, o por dentro de los pulmones, en su intensidad de fumador; más allá de que Bilardo atinara a convertir la neurosis en obsesión y la obsesión en un factor de eficacia). Por fuera del talante reposado o de la vibración frenética, lo que define a Scaloni es que llora. Se emociona y llora. Es sensible (Bilardo en público ha llorado también: ante la sola presencia de una réplica de la copa del mundo, a sabiendas de que era una réplica, o abrazado con Maradona, después de un gol de Martín Palermo bajo la lluvia. Pero ese llanto no era sino una fuerte descarga de nervios).
Scaloni se emociona y llora: se nota que las cosas lo afectan, que es sencillamente un buen tipo. Y eso ocurre (ocurrió más de una vez) en tiempos como los actuales, en los que tiende a prevalecer otra cosa: el supuesto mérito de no dejarse afectar por nada, cultivando una recomendada piel gruesa, eventualmente hasta el grado de la indolencia implacable o bien del neto cinismo; el desprecio metódico hacia las buenas personas, sancionadas con el veredicto de estigma de la “superioridad moral” (aplicado con toda aspereza, no ya a los que se pretenden buenos, sino a aquellos que probablemente lo son de veras).
Incluso quienes discutan la línea de cinco o la elección del cuatro, tienen algo que apreciar en Scaloni.
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