Estamos viendo a un presidente que detrás de altisonancias y agresividades parece querer ocultar las contradicciones entre su relato y los límites que le comienza a poner la realidad. La ruptura con Brasil es la crisis diplomática más grave entre los dos países desde el regreso de la democracia. Milei fue a bancar la candidatura de Flávio Bolsonaro y llamó “ladrón” y “presidiario” a Lula da Silva, y “basura calva” al juez de Moraes. Días después, redobló la apuesta: Dijo que “sacarse a los zurdos de encima siempre es bueno”, Brasil respondió como pocas veces retirando a su embajador, y bajó la relación bilateral al rango de encargado de negocios, En simultáneo, el Banco Central cerraba con China la renovación más favorable del swap de monedas en su historia reciente: US$ 19.000 millones, a cinco años en vez de tres. El presidente que insulta a Lula por comunista firma, en la misma semana un acuerdo financiero con el gobierno comunista Chino. Apenas unos días antes, el propio Xi Jinping había salido públicamente a respaldar a Lula, “en su oposición a las injerencias externas”. Parece que el temor a una corrida sobre las reservas le hace olvidar a Milei su odio a la hoz y el martillo. El gobierno justifica los agravios diciendo que Lula apoyó campañas políticas en otros países, y que no dejó a Milei visitar a Bolsonaro en la cárcel. Lula apoyó a aliados, pero no insultando a ningún presidente. El juez hacía tiempo le había prohibido al ex presidente a realizar actividades políticas hasta después de las elecciones.
Al conflicto con Brasil y al temor a quedarse sin reservas se le suma que el Senado comenzó a convertirse en un problema. El Gobierno quería avanzar con la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, y el capítulo más ambicioso de extranjerizacion de la tierra terminó cayendo antes de llegar al recinto. Mientras según nuestras mediciones al 85% de los argentinos les encantó que la Selección desplegara la bandera “las Malvinas son Argentinas” el canciller, consultado en A24 sobre si un extranjero podría comprarse una provincia entera, respondió sin dudar “Y, sí”. La Argentina profunda volvió a mostrar que la batalla cultural libertaria no es más que una pátina detrás de la que se oculta un proyecto que poco tiene que ver con el sistema de valores de gran parte de los argentinos. Hasta artistas no identificables como opositores hicieron oír su protesta. La derrota política en el Senado probablemente sea el inicio de mayores problemas. La relación entre Milei y Villarruel llegó a su punto de mayor conflicto: el Presidente la calificó de “opositora del Gobierno”, la acusó de “replicar argumentos kirchneristas” y de generar roces diplomáticos con Londres por sus posteos sobre Malvinas durante el Mundial. Villarruel, redobló la apuesta, cuestionó la salud mental del Presidente. La Vicepresidenta se diferencia y la sola amenaza de que pueda ser candidata pone a Mieli ante el abismo de una segunda vuelta. El episodio sobre la ley de tierras le mostró al gobierno que cuando se acercan los tiempos electorales gobernadores dialoguistas no están dispuestos a pagar un costo político y menos en un tema, la soberanía sobre el territorio, que en las provincias del interior pesa distinto que en los despachos porteños. La lectura sobre el futuro es incómoda para la Casa Rosada. Ese Milei, que en noviembre de 2025, con el nombramiento de Adorni ridiculizaba a un Macri que le proponía incorporar experiencia de gestión, al punto de que el propio Macri debió reconocer al otro día “no logramos ponernos de acuerdo”. Es el mismo que hoy –con Villarruel convertida en una opositora de facto– necesita recomponer con el PRO como sea. El límite esta vez, es la aritmética: ya no le sobra con quién romper.
*Consultor y analista político.