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Valiente para leer

El ministro, la poesía y los libros

La Ley de Defensa de la Actividad Librera y el poema de Sturzenegger.

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Poema de otros. “Donde uno diría ‘aquí hubo un intento de unir palabras’, en su poema son todos... Intentos de otros”, evaluó el escritor De Nápoli. | cedoc

Hace dos años y medio, cuando el llamado proyecto Ley Ómnibus se presentaba para desregular la legislación argentina, ya se incluía la derogación de la Ley de Defensa de la Actividad Librera. Como hoy, los ánimos en el denominado ecosistema del libro estaban alterados: esta ley ordenadora, que apacigua la voracidad comercial en un sector productivo cultural de alta volatilidad y muy sensible al consumo social, como son los libros, sigue siendo el único dique lógico en un mercado que, en los últimos 50 años, ha sufrido al ritmo de todo tipo de crisis económicas y financieras, incluso tecnológicas. Muchos oficios editoriales se han perdido o están en riesgo.

En ese momento, Cristian de Nápoli, escritor, traductor y librero en la librería Otras Orillas, publicó en Instagram un análisis de cierto poema escrito por el ministro Federico Sturzenegger, que difundió —hace 25 años— junto a sus antecedentes en una universidad privada donde daba clases. Con ironía y sin piedad, el análisis apunta a cómo, si el ministro muestra vocación literaria, gusto por la literatura latinoamericana y la cultura «under» (en un reportaje reconoce su participación juvenil haciendo pogo en un recital de Sumo en La Plata); cómo, si tiene esta voluntad de apreciación estética, se le ocurre intervenir en el mercado del libro para perjudicarlo (porque esa es la secuela al eliminar el precio fijo de un libro, en una economía agonizante de consumo, donde el libro no es un artículo de primera necesidad). Pero primero, el poema:

Hay que ser valiente para amar, despojado y desnudo te ofrendo mi tesoro abierto de brazos y me arrodillo como ante un pelotón de fusilamiento.

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Hoy no estás y sólo llanto, tantas lágrimas que llenarían el mar, tantos gritos que despertarían una ciudad, tanto cansancio para que no llegue el dolor.

En carne viva alzo mi brazo sangrante, no perdono a la vida, ya sin piel agito mi puño inútilmente. Quiero morir pero no puedo y pensarte parece ser consuelo, pero simplemente me sigue abriendo desde adentro.

Escribe De Nápoli: “El poema en cuestión tiene sintagmas de dos tipos: unos son hurtos al patrimonio colectivo, otros son robos específicos. Algunos son lugares comunes de la retórica amatoria, como “mis lágrimas llenarían el mar”; frases sin dueño, que pertenecen al tesoro de la lengua. En cuanto a los otros sintagmas, los que uno diría ‘aquí hubo un intento personal de unir palabras’, en el poema de Sturzenegger son todos… Intentos de otros. El comienzo, primer sintagma, ya es un robo. Es un verso de Carlos Alberto Leumann (poeta y amigo de Roberto Arlt; a él le debemos el título ‘Los lanzallamas’). El original es ‘Para amar hay que ser valiente’. Sturzenegger se esforzó: ‘Hay que ser valiente para amar’. Sigue, inmediatamente después: ‘Despojado y desnudo’. Lindo, pero es de la Biblia (Miqueas 1:8). Sigue ‘te ofrendo mi tesoro’: imagen común de la tradición grecorromana (las ciudades que compiten regalándose oro) y de la Biblia (por ej., María ‘ofrendó el tesoro de su virtud’). Ahora bien, yo creo que la gracia de Sturzenegger es que fusionó ‘desnudo’ y ‘te ofrendo mi tesoro’, y que no se percató de lo ridículo. Su única osadía, su línea más desagradable”.

“Sigue el poema con un lugar común (me arrodillo como ante un pelotón de fusilamiento) y luego, otro verso hermoso: ‘Tantos gritos que despertarían una ciudad’. Se trata de un nuevo robo bíblico, esta vez de Jeremías. Y así llegamos al último tramo, donde se imponen el ripio y los lugares comunes, pero en el medio hay una suerte de joyita, un sintagma que llama la atención: ‘No perdono a la vida’. ¿Cosecha propia? No, es de Miguel Hernández”.

“¿Por qué es peor que un poema malo? Porque un poema malo es un intento; en cambio Sturzenegger ni lo intentó”.

Esta interpretación del poema es tan válida como una opuesta, la que surge de otro tipo de lectura que propongo: qué dice Federico, no a quién, sino a la página del supuesto libro de poemas que componen un intento literario. Este libro imaginario, que tal vez está completo en un cajón de su escritorio, contiene expresiones donde un lector atento intenta la escritura con la paráfrasis, la cita, el homenaje, acaso formas amables de comunicar no sólo sentimientos, sino el estado del ser. Una manera sencilla de lectura sería expresar que el poema “interpela”. No, el poema reclama, sin implorar, por un misterio de la poesía. Algo que desgarra.

¿Y si lo que desgarra es un íntimo Aleph de Federico? ¿Por qué no? En un punto de sí todo el universo puja por adquirir significado, permanecer pese a la amenaza de la muerte a través del dolor. “Quiero morir pero no puedo, y pensarte parece ser consuelo”. Y el acto de pensar al otro, de hacerlo eterno pese a su ausencia, es por la expresión escrita. Una fórmula mágica que solo el verso hace posible. Un acto íntimo de sinceridad, de impotencia ante el tiempo y la realidad, donde escribir nos rescata del abismo.

Si el amor oculto en esta invocación leyera el verso, ¿se haría real en la existencia? Y si no, ¿qué hacer con el profundo pesar de tal frustración? Escribir. Eso es lo que hace Federico. Le dice a la página que lo ayude a soportar un dolor que va más allá de la piel, del cuerpo mismo del poeta. ¿Puede una simple hoja de papel soportar tal exigencia? Sí, existen cientos de miles de libros que acumulan sentimientos e ideas, que conforman la biblioteca humana, mucho más extensa e inconmensurable que la de Babel.

El libro argentino, Federico, necesita esa libertad condicional que una ley provisoria le permite la supervivencia. No escriba el epitafio del libro argentino. Sea generoso como lo soy al leer su poema, al darle otra trascendencia crítica. La cultura argentina ha sufrido demasiado, para qué más, con qué objeto.

Los libros no consumen energía, están siempre a mano, acuden a nuestro tiempo libre, iluminan los momentos oscuros, alivian las dudas, aclaran significados y propagan conocimientos. Los libros no muerden, ni se contaminan entre sí. Abandonados por años, los vuelve abrir y ahí están las mismas páginas, fieles a sí mismas. Son memorias incorruptibles, imprescindibles, inalterables. Los libros no mueren, pero acompañan nuestras agonías.

Federico, con todo respeto, haga caso al blanco de la página: o lo escribe o subraya lo impreso, pero no sea indiferente. Los lomos de los libros miran desde los estantes, aguardan, no tienen apuro, son pacientes. Hay que ser valiente para amar, también para leer y ser libre.