Asuntos internos

Los libros de arena

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Borges imaginó un libro monstruoso. Un volumen sin principio ni fin, cuyas páginas cambiaban de lugar cada vez que alguien intentaba encontrarlas. Un libro infinito y por eso mismo ilegible. El narrador del “Libro de arena” termina por comprender que la posesión de semejante objeto es una condena. Lo es porque el lector necesita límites. Necesita saber que existe una primera página, una última, un recorrido posible. Sin esas certezas, la lectura se vuelve una forma de extravío.

Pero la idea de Borges admite una variante menos fantástica y más inquietante. Existen muchos libros de arena. No son infinitos. Tienen un número preciso de páginas. Ocupan un lugar determinado en una biblioteca. Se pueden abrir siempre en la misma página. Sin embargo, producen un efecto semejante al del libro borgiano: cada vez que regresamos a ellos, encontramos algo que antes no estaba.

La explicación más simple consiste en decir que los libros no cambian; quienes cambiamos somos nosotros. Es verdad, pero la frase resulta insuficiente. Hay obras que parecen colaborar activamente en ese fenómeno, libros que guardan frases, escenas o relaciones secretas que permanecen invisibles durante años, libros que contienen más de lo que una lectura puede extraerles.

Uno, ninguno y cien mil, de Luigi Pirandello, pertenece a esa categoría. Una primera lectura suele concentrarse en la anécdota: un hombre descubre que los demás tienen de él una imagen distinta de la que él tiene de sí mismo. Más tarde aparece otra novela, más filosófica, más cruel. Después surge otra todavía: una reflexión sobre la identidad, sobre el desgaste de las máscaras sociales, sobre la imposibilidad de coincidir con uno mismo. Cada regreso al libro parece añadir páginas nuevas. En realidad siempre estuvieron allí, desde el comienzo, solo que esperaban que el lector adquiriera la experiencia necesaria para verlas.

Algo parecido ocurre con Mil extraordinarios objetos, publicado por la redacción de la revista Colors. A primera vista se presenta como un catálogo, una colección de curiosidades, una reunión de artefactos sorprendentes. Una lectura más lenta descubre otra cosa: una historia lateral de la imaginación humana. Luego aparece una tercera capa, hecha de obsesiones, de soluciones extravagantes a problemas inexistentes, de la capacidad que tiene el hombre para inventar objetos que parecen responder más a un sueño que a una necesidad. Cada vez que uno vuelve a recorrer sus páginas, encuentra una lógica nueva que organiza el conjunto.

La literatura está llena de esos libros. Algunos son novelas, otros ensayos, otros colecciones imposibles de clasificar. Los reconocemos porque sobreviven a la relectura. Más aún: porque la exigen. Un libro que se agota en la primera lectura puede ser excelente, pero difícilmente sea un libro de arena. El verdadero libro de arena es aquel que produce la ilusión de que siguió escribiéndose en nuestra ausencia.

Tal vez por eso ciertos volúmenes nos acompañan durante décadas. No buscamos en ellos confirmaciones sino descubrimientos. Abrimos una página que ya leímos tres o cuatro veces y encontramos una frase desconocida. No es que la memoria nos haya traicionado. La frase, en cierto sentido, era realmente nueva. Carecíamos de las herramientas para verla cuando teníamos veinte años. O cuando teníamos treinta. O incluso la semana pasada.

La biblioteca ideal no estaría formada por miles de títulos sino por unos pocos libros de arena. Libros capaces de renovarse sin modificarse. Libros que envejecen junto a nosotros. Borges imaginó uno solo y lo escondió en los sótanos de la Biblioteca Nacional de la calle México para librarse de él. Nosotros convivimos con muchos. Los guardamos en los estantes, los prestamos, los olvidamos durante años. Después los abrimos otra vez y comprobamos, con una mezcla de sorpresa y gratitud, que alguien agregó páginas nuevas mientras no mirábamos.